El tabú de Vox

Los informativos de las cadenas de televisión generalistas, tanto la pública como las privadas, muestran rutinariamente declaraciones del Partido Popular y de Ciudadanos, sobre el asunto que sea, mientras que omiten frecuentemente las de Vox, que es la tercera fuerza parlamentaria, con muchos más escaños en el Congreso que el partido naranja. Parece como si existiera un tabú que impide o dificulta nombrar a Vox, salvo que no haya otro remedio.

No he empleado al azar la palabra “tabú”, ampliamente (por no decir abusivamente) divulgada por la antropología y el psicoanálisis freudiano. Cuando, también de manera reiterada, políticos y periodistas claman por aislar a Vox mediante un “cordón sanitario”, como si se tratara de un ente impuro y contaminante, y hasta se le aplican calificativos de orden escatológico o patológico, es tentador recordar la gran variedad de prohibiciones mágicas y religiosas que encontramos en numerosas culturas.

Juan Soto Ivars, en su reciente libro La casa del ahorcado (Penguin, 2021), ha utilizado el concepto de tabú, así como el de herejía, para comprender el fenómeno de las identidades políticas y la cultura de la cancelación. En mi opinión, en nuestros días se detectan tabúes un tanto alegremente, con ánimo de cuestionar cualquier costumbre, por el mero hecho de serlo, y de liberarnos de cualquier sentimiento de vergüenza, de asco o de culpa, como si tales sentimientos en ningún caso tuvieran justificación. Sin embargo, es innegable que en la medida en que el concepto de tabú nos permite tomar distancia crítica frente a algo, a veces resulta iluminador.

Así sucede con el sonado caso de James Damore, explicado con detalle en el capítulo 5 del citado libro. Como muchos recordarán, Damore era un empleado de Google, con formación en biología, que en 2017 fue despedido fulminantemente por apuntar la hipótesis, en un escrito de uso interno, de que las diferencias de género dentro de la empresa no solo podían tener causas culturales (el machismo) sino también de carácter psicobiológico, las cuales explicarían que las mujeres se inclinaran menos por profesiones tecnológicas y absorbentes puestos directivos. Damore no trataba de justificar esta situación con un argumento naturalista; por el contrario, sugería medidas más eficaces para facilitar la igualdad, pero basadas en conocimientos empíricos, no en consignas ideológicas.

La reacción al sobrio escrito de Damore, filtrado por alguien a la prensa, fue tacharlo casi unánimemente como un cavernario “manifiesto machista”. Ivars recopila titulares de los principales medios españoles, reflejo mimético de los anglosajones, que transmitieron una idea completamente falsa del memorando y de las intenciones del empleado despedido por Google. “La mentira, el menosprecio y la difamación de aquella campaña mediática me dejaron estupefacto”, confiesa Ivars. Pues bien, mientras leía el relato del caso James Damore, no podía evitar encontrar un fuerte paralelismo con otra campaña mediática, aunque mucho más prolongada, como es la que viene sufriendo Vox prácticamente desde su existencia. ¡Bienvenido a la estupefacción que experimentamos los simpatizantes y afiliados de este partido desde hace años!

Por supuesto, las ideas de Vox se pueden compartir o no, pueden gustar más o menos, del mismo modo que el escrito de James Damore puede ser discutido y criticado. Pero afirmar que Vox es racista porque señala los problemas originados por la inmigración ilegal, o que es machista porque no admite la teoría de género sobre el patriarcado estructural, o que es homófobo porque defiende el derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones morales, es exactamente la misma clase de manipulación y caza de brujas que sufrió James Damore. No se escuchan los argumentos, mejores o peores: se condena sin siquiera juicio al que se ha atrevido a violar el tabú, con unos términos infamantes que por sí solos pretenden disuadir de cualquier debate, de cualquier contacto con la impureza.

Pero Ivars no solo es ciego ante el paralelismo entre los casos de Damore y de Vox, sino que incurre en la misma manipulación que con tanta razón critica, al acusar al partido presidido por Santiago Abascal de criminalizar en bloque a todos los inmigrantes, cosa radicalmente falsa. Ivars no niega que la inmigración masiva cause problemas, e incluso reprocha a la izquierda su insensibilidad hacia las clases sociales que más los sufren, que no son precisamente las más acomodadas. Pero no nos dice cómo habría que hacer las cosas, no propone soluciones a los problemas que vagamente admite. Todo lo contrario, al único partido que se enfrenta al lenguaje identitario de la izquierda, la cual ve por doquier una guerra de clases, de sexos y de razas, lo acusa del mismo error identitario, solo que en este caso con la patria como idea supuestamente conflictiva.

El truco es poco original. Se trata de equiparar los nacionalismos periféricos a un supuesto nacionalismo español. Se trata de igualar el islamismo a un supuesto integrismo católico. Es más: las mayores amenazas, para los progresistas, siempre acaban siendo el españolismo, el ultracatolicismo, la islamofobia, la ultraderecha, el populismo de derechas o lo que ellos consideran como tales. Como señala el filósofo polaco Ryszard Legutko:

“Los guerreros de la corrección política se ven a sí mismos en una lucha como la de David y Goliat. No pueden estar más alejados de la realidad. Pertenecen a la corriente mayoritaria y tienen todos los instrumentos de poder a su disposición. En sus filas están los tribunales nacionales e internacionales, la ONU y sus agencias, la Unión Europea con todas sus instituciones, incontables medios de comunicación, las universidades y la opinión pública.” (Los demonios de la democracia, Encuentro, 2021.)

Este complejo de David frente a Goliat viene de lejos, cuando desde Occidente se trataba con suicida indulgencia al totalitarismo socialista, y frecuentemente se desdeñaba al anticomunismo como una paranoia macartista. En contraposición, el fascismo, por fortuna derrotado en 1945, era percibido como un enemigo formidable, preparado para renacer en cualquier momento. Es difícil no ver en ello una hábil estrategia, promovida por el comunismo y sus tontos útiles, para neutralizar el instinto defensivo de las democracias parlamentarias. Preocupadas por el regreso de Hitler, desde hace ochenta años vienen ignorando las serias advertencias que, desde Tocqueville hasta Aldous Huxley y George Orwell, nos previenen contra el peligro de una evolución totalitaria a partir de ideas e instituciones aparentemente democráticas, progresistas y científicas.

En sociedades dominadas por el monocultivo del pensamiento progresista, y donde cualquier debate que cuestione la ortodoxia es sistemáticamente cancelado, no hay mayor tabú que denunciar esta situación. Como hacen Vox y pocos más, generalmente individuos aislados. Si no empezamos por reconocer esto, poco aporta a la reflexión política esa palabra de origen polinesio.

2 comentarios sobre “El tabú de Vox

  1. Un izquierdista le dice a un desconocido en la calle: “no vamos a permitir pensamientos o discursos que contradiga lo que creemos que es aceptable; vamos a destruir propiedades cuando determinemos que hacerlo avanza nuestra justa causa; y vamos a limpiar la historia de todo aquello que encontremos ofensivo”.
    El tío de la calle entonces le pregunta: “¿Y por qué querrían ustedes hacer todo eso?”
    El izquierdista le responde: “para acabar con el fascismo, claro está”.
    Sin más comentarios.

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  2. Muchísimas gracias, Carlos por tu labor: eres uno de los beneméritos cruzados contra el imperio de la dictadura progre. Tienes las cualidades que hacen falta para este servicio público y heroico: rigor, mesura, cultura, criterio y valor. No desfallezcas; te necesitamos.

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