No hay izquierda buena

No hay izquierda buena; eso no es más que un mito. La izquierda nace de una pretensión errónea: que el hombre puede salvarse a sí mismo. O dicho con crudeza, que no hay más dioses que el hombre. Esta es su esencia, que se mantiene inmutable por encima de sus variaciones y transformaciones. Ahora bien, esa pretensión entraña una contradicción insoluble. Si el hombre es un dios, ¿cómo podría adorarse a sí mismo? ¿Y dictarse preceptos? ¿Y condenarse? En resumen, ¿cómo puede un ser autosalvarse? La única solución, aunque sea una atroz huida hacia adelante, es dividir a la humanidad en humanos y subhumanos.

La izquierda desde su origen ha creído resolver su contradicción esencial mediante las identidades políticas. Puesto que niega el pecado original, pero por fuerza debe haber culpables, es preciso dividir la humanidad en grupos distintos ontológicamente (no sólo en cuanto a sus ideas o creencias) y antitéticos. Las primeras identidades que nacieron de esta aporía fueron las del proletario y el burgués. No se trataba de dos formas de pensar, sino de dos maneras de ser. En la revolución bolchevique, proceder de familia burguesa, noble o de propietarios rurales, entrañaba peligro de cárcel, de deportación, de muerte, fueran cuales fueran las ideas de uno y lo que hubiera hecho.

No es que la revolución favoreciera a los obreros; todo lo contrario, lo primero que hizo fue acabar con el derecho de huelga, con los sindicatos libres, con muchas mejoras de las condiciones laborales. Y tampoco es que los dirigentes de la revolución fueran proletarios: muchos de ellos procedían de las filas de la burguesía, empezando por el mismo Lenin. Pero es que la izquierda no es la representante de una clase: es la inventora de la clase como sujeto en la eterna lucha por la dominación, lo único que le importa. Su objetivo comprobable, a la luz de sus hecatombes, no es la justicia, sino la torpe deificación del hombre, lo que supone establecer un poder sin límites para los usufructuadores de esa deificación.

Debe reconocerse que los alumnos más aventajados de la izquierda fueron los nacionalsocialistas alemanes. Su ideología reventó las distinciones entre izquierda y derecha, porque supo conectar con la visión antimoderna que culpaba de la Revolución Francesa primero a los masones y muy pronto a los judíos. Pero su hábil construcción del mito ario y el mito de la conspiración judía mundial fue una aplicación de manual de las identidades del burgués y el proletario. De hecho, la propaganda contra los judíos los identificaba tanto con el capitalismo financiero como con el bolchevismo. Pero especialmente con el primero, lo que atrajo a tantos antiguos militantes comunistas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la izquierda basada en la identidad proletaria y su contrafigura burguesa, gracias a la victoria soviética junto a los aliados, llegó a su punto culminante, simbolizado con el lanzamiento del Sputnik. Pero con el paso de los años, el capitalismo demostró ser mucho más capaz de encarnar las aspiraciones de las masas, proporcionándoles ese simulacro de felicidad que llamamos bienestar material. La izquierda fue adaptándose poco a poco a esta realidad, no sin algunos episodios de desconcierto. La reacción de un Pasolini, que se sentía más próximo a los policías de origen obrero que a los estudiantes burgueses del Mayo Francés, es paradigmática. Pero la izquierda terminó reencontrándose en las nuevas identidades del colonizado, la mujer, el homosexual, el inmigrante. Todos frente al opresor, el hombre blanco heterosexual, el patriarcado.

En contra de lo que sostienen algunos, tanto desde cierta izquierda “clásica” como desde cierta derecha, la izquierda con esta adaptación no ha traicionado sus orígenes, no se ha vendido al neoliberalismo, y menos aún se ha convertido en la careta del gran capital y las Big Tech. La izquierda es la de siempre, y prueba de ello es que su antiliberalismo sigue tan vivo como antaño, aunque no siempre le convenga exteriorizar la teorización marxista en primer plano. La izquierda no ha dejado de movilizar impulsos tribales señalando un chivo expiatorio que justifique y embellezca su ansia de poder, y al que además pueda culpar de los desastres que genera su gestión, por naturaleza saqueadora. El mercado, pese a su apariencia de poder, es una institución de funcionamiento delicado, y fácil de destruir, que la izquierda solo respeta mientras no tenga el poder suficiente para salir indemne de su demolición, y considerablemente más rica.

La derecha y el capital, con su ceguera congénita a todo lo que no sea economía, han comprado el discurso de género, LGTB, multicultural y ecologista, creyendo ingenuamente que este era un precio irrisorio a pagar por que la izquierda fuera olvidándose de las monsergas anticapitalistas. Craso error, porque no se ha olvidado lo más mínimo de ellas (solo que vive bien, por ahora) y además se ha adueñado de toda la cultura occidental, gracias al caballo de Troya del victimismo y la diversidad. Ahora, si no aceptas cualquier disparate que diga una feminazi, un activista racial, un ecologista apocalíptico y sus loros mediáticos, eres un machista, un racista, un negacionista. ¿Cómo podrás hacerles frente cuando digan que hay que cambiar el modelo económico (ya lo vienen diciendo hace tiempo, para quien quiera escucharlos) a fin de acabar con el patriarcado y salvar el planeta? Los que creen que en el fondo todo es economía, siempre acabarán dominados por los que creen -al menos por sus actos, aunque reciten el catecismo marxista- que todo es política.

A la izquierda, y a esa derecha tontamente útil que lleva haciéndole el juego desde hace décadas, solo la podemos derrotar desde unas pocas pero firmes convicciones. Que el hombre no es un animal más, sino una aleación de materia y espíritu. Que el individuo abstracto no existe, sino que es hijo de sus padres, descendiente de unos antepasados, habitante de una patria, enraizada en el pasado y proyectada al futuro. Que el Estado es un instrumento, no un dios. Que el Occidente judeocristiano debe defenderse moralmente, pero también económica y militarmente, frente a la teocracia islámica, el bizantinismo ruso y el totalitarismo chino. Y por último: Que el sexo, la afectividad, la raza, la clase social, el origen geográfico, no te hacen mejor ni peor. Lo único que tiene valor es la verdad, no quien la pronuncia, ni lo oprimido que crea o diga estar. El que habla tanto en nombre del oprimido: este es probablemente el más peligroso, el que se cree con derecho de liberarnos, de salvarnos, sin pedirnos permiso. El que se cree un dios y odia todo lo que él no ha diseñado a su arbitrio.

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