Argumentos para creer en Dios

Según la Iglesia, “Dios… puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas”. (Catecismo, 36.) Sin embargo, algo más adelante en el mismo texto, citando a Santo Tomás de Aquino, se afirma que “la certeza que da la luz divina [la fe] es mayor que la que da la luz de la razón natural”. (C., 157.) Parece, por tanto, que la forma en que se utiliza aquí la palabra certeza no es la usual del lenguaje ordinario. Por ejemplo, yo sé con certeza cómo me llamo. Si tuviera que dar razón de ello, me bastaría con el testimonio de mis padres, que me han llamado igual desde que tengo memoria. Incluso si se me pidieran pruebas aún más concluyentes, sé que mi nombre consta en un registro civil, cuyo original nunca he visto, pero en el cual se basa el documento de identidad, verificado por un funcionario, que tengo siempre a mano.

También sé con total seguridad cosas mucho más inabarcables para mí; por ejemplo, que me hallo sobre la superficie de un cuerpo aproximadamente esférico, llamado la Tierra, de diámetro siete millones de veces mayor que mi estatura. De nuevo, puedo dar razones muy sólidas de este saber; aunque si lo analizo, todas se reducen a testimonios de un gran número de personas, vivas y muertas. Pero a nadie se le ocurre decir que la forma y dimensiones del astro que habitamos, o mi nombre, son meras creencias. Saber es una cosa, y creer es otra.

Sin embargo, la fe en Dios tampoco es una mera creencia. Uno no cree en Dios de la misma forma en que cree que dentro de un rato va a llover, porque está muy nublado y sopla un aire húmedo. Hablamos de otro tipo de creencia, en la cual, si bien formalmente podemos admitir el error, y subjetivamente experimentar episodios de duda, no nos estamos viendo con ningún pensamiento probabilístico, del tipo “puede que”, sino con algo en cuya firme verdad confiamos. Porque esta es la palabra, confianza. Creer en Dios, como se ha dicho tantas veces, es creer a Dios: un acto orientado hacia un ser personal. Pero por ello mismo la distinción entre saber y creer sigue siendo básica. Parecería arrogante que alguien dijera, salvo quizás en un sentido distinto del ordinario: “ que Dios existe.” ¿Qué ser humano puede afirmar algo con tal seguridad?

De lo anterior se desprende que la fe como confianza no nos permite, ni mucho menos nos obliga, a prescindir de nuestra capacidad racional. La gran mayoría de personas se sienten con razón amadas por sus padres, pero si los de alguno dieran constantemente pruebas inequívocas de lo contrario, para él ese sentimiento terminaría siendo tristemente anulado por los hechos. Lo mismo sucede con Dios. Hay argumentos a favor y en contra de su existencia, que es imposible desdeñar. Porque la verdad es única; no pueden coexistir dos verdades que fuesen contradictorias, ya proceda una de la fe y otra de la razón.

El problema del mal

Hay, pues, que enfrentarse a las pretendidas refutaciones de la existencia de un Ser personal, principio de todo. Porque si una sola de esas refutaciones fuera incontestablemente válida, sobraría cualquier otro razonamiento, ya fuese en contra y menos aún a favor. Por eso Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, al tratar la cuestión de la existencia de Dios, procede analizando en primer lugar los dos grandes argumentos en contra. (Suma, I q. 2 a. 3) El primero es el problema del mal: ¿Cómo conciliar la existencia de un bien infinito (Dios) con la existencia de tantos males? El segundo argumento ateo es el que podríamos llamar de economía de los principios, o brevemente problema económico: Si todo lo que ocurre se puede explicar en virtud de leyes naturales o decisiones humanas, “no hay necesidad de recurrir a que haya Dios.” Otra forma muy popularizada de este argumento, usada actualmente por Richard Dawkins, se formularía así: Si el universo ha sido creado por Dios, y Dios es increado, ¿por qué no ahorrarnos un paso y decir que el universo es increado? A fin de cuentas, Dios sería la explicación de algo que no necesita ser explicado, como es la mera existencia del universo. Por lo demás, el argumento positivista, tal como lo formulan Comte o Bertrand Russell, no deja de ser una variante de lo mismo. Según estos pensadores, argumentar que algo no existe es absurdamente superfluo. No necesito dar razones de que los dioses del Olimpo, o una tetera orbitando entre Marte y la Tierra, no existen. Lo mismo con un Ser infinito creador del universo.

La forma de solucionar estos dos problemas es distinta en cada caso. Santo Tomás, tras citar protocolariamente la autoridad de la Escritura (en concreto, el pasaje del Éxodo en que Dios le dice a Moisés “Yo soy el que soy”) pasa a exponer sus famosas cinco vías, o pruebas, de la existencia de Dios, que después comentaré. Tras esta parte, que es la principal del artículo o capítulo, el Aquinate ofrece sus soluciones a las objeciones contra la existencia de un Ser infinito. Sobre el problema del mal, se limita a repetir el dictamen de San Agustín, según el cual Dios “de ningún modo permitiría que hubiese en sus obras mal alguno si no fuese tan omnipotente y bueno que del mal sacase bien”. En cambio, como solución del problema económico, remite de hecho a las pruebas que acaba de exponer, especialmente a la quinta vía.

Hay que reconocerlo: la explicación teológica del problema del mal parece escasamente convincente, por no decir fríamente displicente. Ningún padre cuyo hijo estuviera aquejado de una enfermedad incurable se consolaría con ese argumento. Ello no obsta para que muchas personas, en circunstancias parecidas, hallen un firme asidero en la fe religiosa. Pero es obvio que este consuelo no nace del argumento agustiniano, sino de una fe que sobrepasa al razonamiento, de la confianza en el Dios que se hizo hombre, sufrió y murió por nosotros, y resucitó al tercer día. El error, tan común en los ateos que esgrimen el problema del mal como si su solo planteamiento ya zanjara la cuestión a su favor, es la confusión de ambos planos, el racional y el emocional. Una explicación no siempre aporta consuelo, pero eso no quiere decir que sea errónea. No deja de ser paradójico que los ateos acostumbren a acusar a la religión de anteponer la búsqueda de la consolación al frío análisis racional. Pues bien, cuando se les ofrece algo de lo último, como es la solución teológica clásica del problema del mal, entonces nos replican que nos paseemos por la sala de oncología infantil de un hospital, revelándonos su sensible corazón, del que al parecer los fanáticos teístas carecemos.

A mi modo de ver, la solución al problema del mal de San Agustín y Santo Tomás es impecablemente lógica. Pero para comprenderla rectamente, y aparte de lo que he dicho sobre los planos racional y emocional, hay que hacerse cargo de su carácter absolutamente sintético. Decir que Dios permite el mal para sacar el bien de él, vendría a ser como resumir el Quijote diciendo que Alonso Quijano se volvió loco, luego se curó y se murió. Nadie diría por este resumen que se trata de una de las obras maestras de la literatura universal; y nadie diría por la explicación teológica del mal, que Dios es un ser infinitamente bueno y misericordioso. Y aun así, tanto el uno como la otra son irreprochables.

El problema económico

Veamos ahora la solución de Santo Tomás al problema económico, que como hemos dicho se basa en sus célebres cinco vías. La primera argumenta que tiene que existir un primer motor inmóvil, que comunique el movimiento a todos los demás seres. La segunda, análogamente, que tiene que existir una primera causa, para evitar una cadena infinita de causas. En mi opinión, estas dos “pruebas” de la existencia de Dios son completamente insatisfactorias, porque aun concediendo que probaran la existencia de un primer motor y una primera causa, faltaría que esos entes fueran asimilables al Dios personal del judeocristianismo, lo que no se desprende de los razonamientos en sí.

Con las tres vías restantes sucede muy distintamente, pienso yo. La tercera vía parte del hecho de que existen seres contingentes, que podrían haber existido o no. De ahí deduce que esos seres no han existido siempre, lo cual plantea el problema de cómo han podido surgir de la nada. La respuesta es que debe haber un ser necesario, que exista por sí mismo y sea la explicación de la existencia de los demás seres. Lo fundamental de este argumento se halla más en lo que sugiere que en lo que el santo dice explícitamente. Aparentemente se le puede objetar que el ser necesario tampoco tiene por qué ser el Dios bíblico, tal como he señalado respecto a las dos primeras vías. Pero en este caso no es así. Porque nótese que una cosa es que haya un ser necesario, y otra que el acto de creación de los seres contingentes también lo sea. Si este fuera el caso, no habría ningún ser contingente, pues su existencia se seguiría necesariamente de la del Creador. Sin embargo, en ningún momento afirma eso Santo Tomás. De hecho, lo niega explícitamente en otra parte de su obra, al afirmar que Dios “es causa de las cosas por su voluntad, y no por necesidad de su naturaleza.” (Suma, I q. 19 a. 4) Aquí sostiene lo mismo, pero implícitamente, al partir de la existencia de seres contingentes (que podrían no haber sido) como un hecho evidente, que “hallamos en la naturaleza”. Ahora bien, que existan un ser necesario y unos seres contingentes sólo puede conciliarse mediante el concepto bíblico de creación, es decir, de la acción de un ser personal que libremente decide crear el mundo.

El argumento económico contra la existencia de Dios (“ahorrémonos un paso y digamos que todos los seres con necesarios”) contradice la experiencia humana de la contingencia, es decir, que algunas cosas, e incluso nosotros mismos, podrían no haber existido. El ateo puede seguir sosteniendo su idea, pero ya no puede simplemente trasladar la carga de la prueba al teísta: nos tendrá que convencer con argumentos de que no existen seres contingentes, sino que todo cuanto hay, ha tenido que existir necesariamente. O bien que ha surgido de la nada sin más, porque sí. Lo cual no es menos dogmático que sostener que tiene que haber una explicación. La pretensión de que no hay que argumentar una posición más que la otra es sencillamente arbitraria.

La cuarta vía es la de los grados de perfección. Señala Santo Tomás que unos seres son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, entre otras cualidades. Ahora bien, para poder decir de algo que es más o menos bueno, por ejemplo, debemos partir de una referencia absoluta del bien. De donde el Doctor Angelicus deduce que tiene que existir un ser “verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo.” Contra este argumento se opone el relativismo, para el cual no existirían el bien, la verdad, etc. en sí mismos, sino que se trataría de convenciones humanas. Esta doctrina, muy difundida entre las clases cultas ya desde Montaigne, se popularizó sobre todo a partir de principios del siglo XX, como ha mostrado el historiador Paul Johnson. Sin embargo, con toda su aura de cínica sabiduría, no resiste medio minuto de análisis. Pues si todo es relativo, también lo es esta misma afirmación, y por tanto no nos la podemos tomar en serio.

La quinta vía es el argumento del “gobierno del mundo” (ex gubernatione rerum), según la cual todo tiende hacia un fin, incluso los objetos inanimados; por tanto, debe existir “algo inteligente (aliquid intelligens) que dirige todas las cosas naturales a su fin, y a éste llamamos Dios.” El argumento finalista, pese a estar en nuestros días tan desacreditado, sobre todo después de Darwin, es mi preferido. Creo que, por mucho que la ciencia moderna (o la interpretación que hacen muchos de ella, para ser más exactos) pretenda haberlo desterrado, siempre reaparece de un modo u otro. Un buen ejemplo de ello es el llamado “ajuste fino” en cosmología: la evidencia de que las constantes físicas y numerosos parámetros astronómicos parecen haber sido cuidadosamente elegidos, algunos de ellos hasta grados de precisión enormemente improbables, para permitir la aparición del hombre en el universo. Bien es verdad que, aunque estas observaciones resultan de difícil explicación con los conocimientos actuales, sin la intervención de una mente superior, esto podría cambiar en el futuro. Hay que recelar por sistema de concebir a Dios como un “rellenador de huecos”, como un recurso al que acudimos simplemente cuando no logramos explicar algo. Pero lo decisivo no es lo que ignoramos, sino por el contrario lo que sabemos: el hecho mismo de que existan leyes de la naturaleza, es decir, de que el universo sea inteligible, nos lleva a plantear la pregunta de si la inteligencia surge de la materia inerte o al revés. Mi convicción es que quienes optan por la primera posibilidad, que algunos asocian impropiamente con la mentalidad científica (cuando la ciencia es un método que no prejuzga ninguna posición metafísica, o no debería hacerlo) no hacen más que presuponer inconscientemente aquello que pretenden explicar como un suceso espontáneo. Nos dicen que la inteligencia surge como un complejo proceso de evolución cósmica y selección natural, merced a leyes físicas, químicas y biológicas que ya estaban ahí, oportunamente, antes de la aparición de la inteligencia. Pero incluso para organizar semejante lotería cósmica, como la que en cierto modo ya postularon los atomistas griegos, o sostienen hoy las teorías del multiverso, se requieren leyes, unas reglas de juego que en algún momento tienen que ser previas al propio azar, si no queremos caer en una regresión al infinito. Más aún, la regularidad del universo conocido no parece compatible con semejantes explicaciones panaleatorias, salvo que nos haya tocado un improbable premio gordo cósmico.

La verdadera causa del ateísmo

En resumen, creo que las vías 3ª, 4ª y 5ª de Santo Tomás de Aquino siguen siendo argumentos potentes a favor de la existencia de Dios, sobre todo si los reformulamos fuera del corsé aristotélico. Pero ¿cuán potentes? ¿Son argumentos demostrativos, concluyentes? Probablemente lo son para un creyente; pero una persona que no quiera creer en Dios, siempre preferirá pensar cualquier otra cosa, ya sea que el mundo es absurdo, como sostenían Camus o Cioran, o bien -lo que es muy común- se acogerán a cualquier charlatanería con apariencia de ciencia, de la cual las librerías andan bien surtidas. Hay todo un subgénero de divulgación, en la estela de la popular Historia del tiempo, de Stephen Hawking, que abusando de metáforas y extrapolaciones sin verdadera base científica, anuncia periódicamente que el universo ha surgido de la nada de modo completamente “natural” y espontáneo, sin necesidad de invocar a ningún Creador. Todo ello servido con muchos términos de la física cuántica y la astrofísica, con los que algunos lectores se dejan deslumbrar fácilmente. Pero si analizamos estas elucubraciones con un mínimo rigor filosófico, quedan en lo mismo de siempre: el laplaciano “No he necesitado esa hipótesis”, es decir, el argumento económico que ya trató Santo Tomás, junto con el problema del mal. Desde entonces, nadie ha aportado un argumento verdaderamente nuevo contra la existencia de Dios.

Llegados a este punto, nos hallamos ante la cuestión de por qué alguien puede preferir que Dios no exista. Sostengo, en efecto, que el motivo más profundo del ateísmo se halla en el mismo que en el teísmo: en la voluntad, más que en la razón. El ateo descreería de Dios, no porque haya llegado a esa conclusión tras un desapasionado análisis racional, sino porque detesta la idea de que exista un juez de sus actos, un ojo escrutador del que es imposible esconderse, al que es imposible engañar. Los argumentos vendrían después. Quizás todos nuestros argumentos vienen siempre después.

En el Génesis hay dos momentos en que se retrata la psicología de la huida de Dios. El primero, cuando Adán y Eva, tras haber comido el fruto prohibido, torpemente “se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín”. (Gen. 3:8) El segundo, cuando Dios le pregunta a Caín por su hermano Abel, y el homicida responde, afectando ignorancia: “¿Soy yo el guardián de mi hermano?” (Gen. 4:9) Este arquetipo del hombre que trata vanamente de ocultarse a la mirada de Dios, o de eludir sus interrogaciones con excusas insinceras, es eterno. Un ateo recalcitrante como Jean-Paul Sartre lo reproduce en su relato autobiográfico Les mots. Allí nos narra cómo de niño, insensiblemente, se había alejado de la religión, cosa fácil en una familia burguesa que la practicaba más por discreción que por devoción. Pero el detonante fue una reacción que recuerda de manera impresionante los celos de Caín hacia su hermano, pese a tratarse de un asunto mucho más intrascendente. Habiendo recibido solo un segundo premio por una redacción religiosa de la que se sentía orgulloso, el pequeño Jean-Paul, despechado, rompe definitivamente con Dios. La ruptura, sin embargo, se formaliza poco después. Un día, tras cometer una pequeña travesura, experimenta la mirada de Dios por última vez. Vale la pena transcribir el pasaje entero:

“Estaba tratando de arreglar mi destrozo [había quemado una alfombrilla sin querer, jugando con unos fósforos] cuando, de pronto, Dios me vio, sentí Su mirada en el interior de mi cabeza y en las manos; estuve dando vueltas por el cuarto de baño, horriblemente visible, como un blanco vivo. Me salvó la indignación; me puse furioso contra tan grosera indiscreción, blasfemé, murmuré como mi abuelo: «Maldito Dios, maldito Dios, maldito Dios». No me volvió a mirar nunca más.”(Las palabras, Alianza Ed., 1982, p. 71.)

Que todo se origine en una chiquillada intrascendente no hace menos reveladora la confesión. ¿Acaso no fue también, aparentemente, una chiquillada comer el fruto de un árbol? En todo caso, aparte del paralelismo bíblico, es de señalar la idea que Sartre tiene de su ruptura con Dios: “Me salvó la indignación.” La elección del verbo no es accidental: el ateo cree salvarse librándose de Dios, como el creyente lo hace entregándose a Él.

La apuesta de Pascal

Reflexionemos ahora sobre lo que el creyente espera de Dios, en contraste con el ateo. La respuesta es simple: todo. Si Dios es un bien infinito, que nos ofrece una vida eterna junto a Él, todo sacrificio, toda renuncia, toda mortificación, en rigor es nada. La cuestión es cómo puede alguien elegir algo finito (una sensación de autonomía durante nuestra breve estancia en la tierra, unos placeres efímeros) frente al bien infinito que es Dios. Esta es la pregunta que nos invita a hacernos Pascal, y que da pie al argumento para creer en Dios quizás más fuertemente lógico de todos, dado a conocer cuatro siglos después de Santo Tomás.

El científico y pensador Blaise Pascal se había ocupado, entre otras muchas materias, de las matemáticas aplicadas a los juegos de azar, carteándose con el gran matemático Fermat. Sin duda fue ello lo que le inspiró su célebre argumento de la apuesta. Desgraciadamente, nunca llegó a redactarlo de manera clara, porque los fragmentos hoy conocidos como Pensées no eran más que un montón de papeles desordenados con anotaciones privadas, con caligrafía casi indescifrable, que pensaba utilizar en una obra que nunca llegó a escribir. Con todo, Pascal creía haber hallado una prueba demostrativa, no de la existencia de Dios, pero sí de que lo más racional es creer en ella. “Si los hombres son capaces de alguna verdad, ésta lo es”, dijo quien no tenía por costumbre envanecerse de nada.

El argumento de Pascal, con algunas reflexiones complementarias, ocupa cuatro páginas profusamente garabateadas de su manuscrito original, conservado en la Biblioteca Nacional de París. Corresponden al fragmento 418 de la edición canónica de Louis Lafuma. (Ed. du Seuil, 1962.) Se puede resumir en pocas líneas. Una apuesta es tanto más racional cuanta diferencia hay entre lo que se apuesta (pongamos una cantidad de dinero que nos arriesgamos a perder) y el premio que nos puede deparar el azar, siempre y cuando estemos obligados a jugar. Ahora bien, esto es lo que ocurre con la existencia de Dios. No hay posibilidad de eludir el juego, porque ya estamos en esta vida. Cela n’est pas volontaire, vous êtes embarqués. Y el juego consiste en acertar si Dios existe o no. Pongamos que lo decidimos lanzando una moneda. Cruz es Dios, es decir, un bien infinito. Y cara es que no existe, y por tanto perdemos los bienes finitos que arriesgamos. Pascal, tratándose de una nota privada, no pone ejemplos, pero podemos imaginar que se está refiriendo a una vida de placeres sin culpa, sin la mirada escrutadora de Dios, sin que haya que rendir cuentas ante ningún ser superior por nuestros actos. No importa; sean cuáles sean esos placeres, son un bien finito, y por tanto insignificante frente al bien infinito que supone une éternité de vie et de bonheur, una eternidad de vida y de felicidad. “Si ganáis, ganáis todo, y si perdéis no perdéis nada.” La conclusión lógica tiene por tanto une force infinie. No apostar por la cruz, nunca mejor dicho, sería completamente irracional. Hay que arriesgar cualquier bien finito sans hésiter, sin vacilar. “No hay nada que sopesar, hay que darlo todo.”

Se malentendería por completo a Pascal si se pensara que su apuesta por Dios es un cálculo mezquinamente pragmático. No se trata de creer en Dios porque es lo que más nos conviene (aunque esto sea indudablemente cierto) sino de demostrar que, aparte de motivaciones mucho más hondas, no creer en él es racionalmente insostenible, en completa contradicción con el mito ilustrado que acabaría triunfando en el siguiente siglo. Quienes, a pesar del argumento de la apuesta, sigan sin creer en un bien infinito, deberán reconocer que no es por motivos racionales, sino debido a su rebelde voluntad, a su vano intento de escapar a la mirada divina. Deberían, si quieren conducirse como seres de razón, trabajar contra las pasiones, siguiendo el ejemplo de los que creen, en faisant comme s’ils croyaeint, haciendo como si creyesen (acudiendo a misa, etc.); así acabarán creyendo de veras. Hay aquí mucho más que un apunte de perspicaz psicología: la comprensión de que podemos utilizar con inteligencia nuestra naturaleza animal a favor de la razón que la somete. Lo cual, por cierto, solo es posible si el hombre posee un principio espiritual subsistente, creado por Dios a su imagen y semejanza.

Hemos comentado cuatro argumentos fundamentales para creer en Dios. Tres de Santo Tomás de Aquino y el de Pascal. Insisto en que la quinta vía tomista es mi preferida: la inteligencia primordial creó la materia inerte y todo lo demás. Al revés no es posible: todas las concepciones que pretenden que lo superior procede de lo inferior, subrepticiamente están escondiendo lo primero en lo segundo, haciendo que aparezca a posteriori como por arte de magia. Pero el argumento pascaliano tiene el irresistible encanto de una fórmula matemática, y quizás el gran pensador francés lo hubiera llegado a expresar así de haber tenido tiempo y salud. Su fuerza nace de la irresistible idea de infinito. Quien se atreve a mirar este “abismo de la fe” (como lo llama San Juan de la Cruz), deja de necesitar argumentos; pero al mismo tiempo adquiere la iluminación imprescindible para comprenderlos plenamente.

2 comentarios sobre “Argumentos para creer en Dios

  1. Me gusta mucho este blog y le agradezco mucho que comente estos temas filosóficos de modo que podamos seguirlos, y así respaldar la Fe que muchas veces parece irracional, cuando no lo es.
    Yo no estudié a Santo Tomás, lo habían sacado del Plan, tampoco a San Agustín, y la verdad asomarse un poco resulta estupendo. Muchas gracias. Si en algo merece la pena emplear tiempo y esfuerzo es en la búsqueda de la verdad. Nada de esto que usted hace se perderá.

    Muchas gracias.

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    1. Magnífica y clara exposición tan valiosa como necesaria. Te felicito por tan completa y fecunda síntesis. Si esta obra del Espíritu Santo no sirve para quebrar la torpe voluntad de los impíos es porque el señor de este mundo los tiene muy bien agarrados. Gracias

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