Lo que faltaba

Desde que apareció Vox en 2014 hemos tenido que leer sobre él enormes tonterías. Y no crean que todas ellas proceden de maníacos anónimos de las redes sociales o de tertulianos baratos. Conspicuas firmas del liberalismo exquisito, con espacio reservado en las principales cabeceras de la prensa, como Mario Vargas Llosa, Cayetana Álvarez de Toledo, Francesc de Carreras, etc., marcaron el camino desde el principio. Vox era como Podemos, porque se salía del marco constitucional y de la ortodoxia liberal. Vox era incluso como los nacionalistas catalanes y vascos, solo que con la bandera de España en lugar de las regionales. Luego ya todo viene rodado. Vox es como los nazis: basta sustituir a los judíos por los inmigrantes; además ambos están contra los homosexuales. Y ahora, lo que faltaba: Vox es como los talibanes, basta cambiar islam por catolicismo; además ambos son machistas.

Todas estas imbecilidades (pues no se pueden calificar de modo más suave) son intentos tan desesperados como ridículos de desactivar el peligro que Vox representa para la izquierda y el centro centrado, pues bastan dos minutos para refutarlas.

Vox propone reformar la Constitución del 78 por los procedimientos que esta misma establece; no sugiere, como Podemos siguiendo a su referente Hugo Chávez, tirarla a la papelera para escribir una nueva, sin “candados” que limiten el poder del gobierno.

Vox no es antiliberal por el mero hecho de abogar por unas fronteras seguras y la protección de nuestra industria y agricultura, contra la deslealtad de China y Marruecos, que no es solo ni principalmente comercial. Vox no es nacionalista por defender la unidad y la soberanía de España, porque no necesita incitar al odio contra ningún opresor imaginario del que la nación deba independizarse.

Vox no pretende violar los derechos humanos por denunciar una inmigración ilegal que, ésta sí, erosiona los derechos humanos de los españoles, en especial los más humildes y las mujeres, exponiéndolos a mayor inseguridad y a la expansión del islam. Vox no está contra las mujeres ni contra los homosexuales por criticar ideologías identitarias, que dividen a la sociedad, engordan grupos de presión que viven de esa división y lesionan derechos de los varones, sin beneficiar lo más mínimo a una sola mujer u homosexual de carne y hueso.

Por último, Vox no es un partido confesional por oponerse al aborto y a la eutanasia, como no lo es ningún partido porque en algo coincida con las posiciones de la Iglesia o del cristianismo. Y aunque lo fuera, que no lo es, la concepción católica del hombre y la sociedad siempre ha distado un abismo de la islámica. Los que recetan una Ilustración al islam parecen creer, por un lado, que todo lo valioso de nuestra cultura procede de las luces y de la secularización; y por otro, que éstas surgieron por casualidad en la Europa cristiana, en lugar del Oriente Medio musulmán.

Vox no sólo no se ajusta a tales despropósitos, sino que es lo más opuesto a ellos que existe en la política española. Ningún partido defiende más con hechos la Constitución y las leyes. Ningún partido defiende más la libertad individual, por encima de identidades políticas y contra vacunaciones obligatorias y confinamientos inconstitucionales. Ningún partido defiende más efectivamente a las mujeres y a los homosexuales contra la mayor amenaza que pende sobre ellos, aquí y en Afganistán. Ningún partido defiende más, contra una de las raíces de la xenofobia, a los inmigrantes legales. Por otra parte, es cierto que ningún partido defiende más la vida humana y a España.

Que esto se pueda considerar un discurso de extrema derecha, sólo pone de manifiesto que estamos inmersos en una cultura de extrema izquierda. De ahí que todo lo que se salga del guión obligatorio sea tachado de antisistema, de contrario a la democracia y a los derechos humanos. Sin embargo, es el régimen actual el que conculca derechos, el que los vacía de sentido, casi siempre esquivando la democracia, obedeciendo al dictado de organismos como la ONU o la UE, e insultando a los ciudadanos cuando no votan lo que deberían. El abortismo es frontalmente contrario al derecho a la vida. La tipificación de “crímenes mentales” (llámense delitos de odio o negacionismos) es contraria a la libertad de pensamiento y al debate científico, incompatibles con el establecimiento de verdades oficiales. La “justicia” de género va contra la igualdad de sexos y contra la presunción de inocencia. El activismo LGTB atenta contra el derecho de los padres a elegir el modo de educar a sus hijos, y contra la inocencia de los niños.

Por si fuera poco, nada de todo ello beneficia a los colectivos victimizados a los que se asegura proteger. En nada contribuye a salvar la vida de una sola mujer, asesinada por su pareja o expareja, atribuir invariablemente su muerte a un especulativo machismo estructural, en lugar de tratar de prevenir algunas de las diversas causas que suelen estar detrás de este tipo de crímenes. Tampoco ayuda en nada a ninguna mujer privilegiar el aborto como “solución” a sus problemas, y no digamos a la criatura por nacer.

Frente a los que tanto hablan de democracia y del derecho a decidir, el único demócrata consecuente, el único que, tras la experiencia de cuarenta años de estado autonómico, está dispuesto a que todos los españoles decidan en referéndum, por el artículo 168 de la Constitución, sobre si mantener esta organización territorial o cambiarla, es Vox.

Los que sostienen que Vox es de ultraderecha, los que comparan a Vox con la ultraizquierda, con los separatistas, con los nazis y, desde hace dos días, con los talibanes, no hacen otra cosa que descalificarse intelectualmente. Tengan un Nobel, una cátedra, un escaño o una cuenta de Twitter. Las tonterías son tonterías, las diga quien las diga.

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