Ideología-ficción

Una vez, en un país muy lejano, un escritor publicó un libro en el cual sostenía la teoría de que la única causa de todos los tipos de cáncer es la contaminación ambiental, tanto en la atmósfera, como en el agua y los alimentos. Dicho autor proporcionaba un gran número de datos y ejemplos, brillantemente expuestos. No es de sorprender que, aunque su obra carecía de carácter científico, tuviera un gran éxito. Pronto surgieron otros escritores que aportaron nuevos datos y argumentos en apoyo de la teoría, y la extendieron a otro tipo de enfermedades. Finalmente, la Visión Crítica de la Enfermedad (VCE), como se la llamó, se convirtió en una doctrina radical que negaba validez a cualquier otra explicación causal de ninguna enfermedad que no fuera la contaminación. No sólo eso, sino que, irónicamente, rechazaba toda crítica. Pues la juzgaban como una vil intención de justificar la contaminación por intereses económicos, incluso aunque los discrepantes aceptaran que es perjudicial, sólo por osar poner en duda que fuera la única explicación de todas las enfermedades.

En un momento determinado, la VCE llegó a los políticos. Estos la incorporaron a sus discursos y a sus programas, inspiró las recomendaciones de la ONU, y de éstas pasó a las legislaciones nacionales y regionales. Los científicos fueron seducidos con generosas subvenciones para elaborar un consenso intelectual blindado contra el debate. También los medios de comunicación adoptaron la VCE como un marco ideológico indiscutible, que sólo irresponsables y peligrosos negacionistas podían cuestionar. Prácticamente se sugería, cuando no se afirmaba explícitamente, que los negacionistas eran responsables de las personas muertas por enfermedad. Las voces discrepantes fueron paulatinamente intimidadas, aisladas y reducidas a medios de difusión minoritarios, básicamente por internet. Titulares como “Las víctimas de la contaminación superan este año las…”, se convirtieron en la forma rutinaria de contabilizar los muertos por enfermedades cardiovasculares, por cáncer, infecciones y todo tipo de dolencia.

Como consecuencia de las leyes inspiradas en la VCE, aumentaron las inversiones en investigación de los efectos patógenos de la contaminación, e inevitablemente se descuidaron otras líneas de investigación. Al mismo tiempo, como casi cualquier sustancia producida por el hombre puede considerarse un contaminante, se llegó a extremos como reducir el cloro en el agua, u otros productos desinfectantes. En conjunto, todo ello no sirvió para reducir las enfermedades, sino más bien al contrario, resurgieron infecciones que ya estaban casi erradicadas. Sin embargo, en lugar de llevar a una revisión de la VCE, y dado que ya existía una tupida red de intereses burocráticos y académicos, creados alrededor de ella, la conclusión fue que había que intensificar aún más la lucha contra la contaminación, o todo lo que se entendía por tal. Se aplicaron normas draconianas a las empresas, se les exigía demostrar que no contaminaban, invirtiendo la carga de la prueba; y hasta el menor acto supuestamente contaminante, como no reciclar correctamente la basura doméstica, pasó a ser considerado un crimen vergonzoso, que las autoridades animaban a delatar. “La contaminación es un problema de todos”, “Tolerancia cero con la contaminación”, decían.

Por supuesto, la VCE no existe. Este relato no es más que una fantasía, aunque inspirada en hechos y actitudes reales. Pero las semejanzas con otras ortodoxias de nuestro tiempo no se le habrán escapado al lector. La teoría de género, o la teoría antropogénica del cambio climático, son formas de monopolio del pensamiento que causan muchos más perjuicios de los que pretenden combatir. Del mismo modo que la contaminación no está en el origen de todas las enfermedades, ni probablemente de la mayoría de ellas, el machismo no es, ni de lejos, la causa principal de las desigualdades entre los sexos, ni de la violencia contra las mujeres. Negar otras causas mucho más comunes no reduce el número de víctimas, e incluso tiende a mantenerlas, al desincentivar conocerlas mejor y desarrollar formas eficaces de prevención. Además, conduce a cometer injusticias, persiguiendo con celo inquisitorial a los miembros del sexo masculino, y tratando toda desigualdad sexual como injusta, cuando muchas son inocuas y hasta venerables. En cuanto al cambio climático, es evidente que ha existido en todos los tiempos, desde hace cientos o miles de millones de años, y que por tanto es absurdo atribuirle una única causa, juzgando por un periodo tan corto de tiempo como el último siglo o siglo y medio.

Quizás el mayor daño de estas neo-ortodoxias no provenga de las medidas equivocadas y contraproducentes a las que conducen, sino del clima de terror intelectual mediante el cual logran implantarse; probablemente la mayor prueba de su falsedad. Un empeño tan porfiado en convencernos de que el mundo se encamina a una catástrofe ecológica, o de que la mitad de la sociedad está oprimiendo a la otra mitad, y que para poner remedio a estos supuestos debemos aceptar medidas contrarias a las libertades individuales, e incluso radicalizarlas en la medida en que no producen los efectos deseados, solo demuestra una cosa: que se trata de gigantescas patrañas al servicio de unos pocos.

Un comentario sobre “Ideología-ficción

  1. Cada vez es mejor más claro y contundente tu discurso. Emplear las parábolas, como Dios nuestro Señor, todavía lo mejora. Ya estamos hartos de cuentos, pero sólo de los malos. Gracias

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