Por qué hay ahora tantos hombres negros en los anuncios

Como católico estoy en contra del racismo y de toda discriminación injusta. “No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas, 3:28) La raza me da igual, y por tanto no tengo nada en contra de parejas racialmente mixtas. Sin embargo, a los publicitarios parece que no les da igual. Vengo notando la sobrerrepresentación de personas negras, en especial hombres, en los anuncios comerciales. Y me consta que el mismo fenómeno se produce en otros países europeos. También ocurre algo análogo con la orientación sexual. En televisión aparece un porcentaje de homosexuales superior al de la sociedad en su conjunto. Por supuesto, los creadores y productores no tienen ninguna obligación de que sus anuncios y programas sean representativos de nada. Pero es obvio que hay un interés en alardear de “diverso”, que es como decir moderno y abierto; virtudes que, si compramos el producto tal o cual, se nos pegarán de algún modo o nos identificarán. Aunque el fenómeno en sí no reviste mayor importancia, sí me parece un síntoma de algo mucho más serio: el interés de gobiernos, organismos supranacionales y grandes corporaciones en predisponernos a favor de la sustitución demográfica.

No se trata meramente de que los anuncios sean racialmente diversos. Abunda, específicamente, el ejemplo de mujer blanca emparejada con hombre negro, no tanto el de hombre blanco con mujer negra. Si a esto sumamos los ejemplos de parejas homosexuales, se desprende lógicamente que el hombre blanco heterosexual recibe mediáticamente menos consideración, teniendo en cuenta su proporción numérica. Por supuesto, siguen haciéndose anuncios de familias convencionales, esa pareja de hombre y mujer altos y esbeltos, con dos pequeñas preciosidades rubias, que disfrutan de un maravilloso crucero o de un confortable vehículo de más de cinco plazas. Pero este tipo de spots van a la baja, no están a la moda. Cada vez más, el anunciante se dirige a un target de eterno adolescente, soltero, divorciado, gay o lesbiana, con cierto poder adquisitivo. Y la raza funciona como un código que refuerza el mensaje diverso y anticonvencional.

El desdén subrepticio hacia los hombres de raza blanca heterosexuales se ha ido filtrando desde esotéricos departamentos universitarios hacia la cultura popular. Según las teorías llamadas críticas, los europeos, y particularmente los españoles, somos culpables históricamente de los peores crímenes colonialistas, machistas y homófobos, estrechamente ligados a nuestra represora cultura judeocristiana. A fin de expiar los pecados de nuestros antepasados, y conjurar su repetición, ahora debemos compensar a las mujeres y a las minorías oprimidas, otorgándoles determinados privilegios, aunque no se los llame así y realmente beneficien solo a unos reducidos grupos de activistas y vividores del erario. De hecho, las mujeres durante milenios han gozado de tratos de favor, sin duda loables y razonables, como el de estar exentas de ir a la guerra, realizar trabajos especialmente duros, etc. Pero en sociedades donde los privilegios de nacimiento eran aceptados, ello no contradecía la mentalidad predominante. Hoy en día, en cambio, las contradicciones se imponen mediante una neolengua (discriminación positiva, empoderamiento, visibilización, etc., etc.) que inevitablemente fomenta la doblez y el servilismo.

Pero hay más. Como parte de esa expiación colectiva, cuya carga principal recae sobre las clases populares, a las que se amedrenta sin descanso con palabras-policía como machismo, racismo, etc., los europeos debemos aceptar sin rechistar la inmigración masiva procedente de África y Oriente Medio. También se aducen motivos económicos, postulando la inmigración como medio para combatir el envejecimiento demográfico. Cualquier cosa antes que siquiera debatir sobre la recuperación de la natalidad, ni cuestionarse los millones de abortos practicados anualmente. La única alternativa que se contempla es que los africanos cubran los puestos de trabajo de los hijos que no concebimos o que abortamos. Biológicamente, es perfectamente factible. Pero se olvida el pequeño detalle de que los seres humanos vivimos en el seno de culturas muy diferentes en cuanto a resultados materiales y espirituales. Y la experiencia multicultural del último medio siglo, más allá de la cháchara buenista sobre el “enriquecimiento” que supuestamente nos trae el hiyab, no invita al optimismo sobre la capacidad de supervivencia de la civilización europea. Es aquí donde las teorías del autoodio se dan cita con los anuncios de mujeres blancas felizmente emparejadas con hombres negros.

Todos los filósofos y profesores de medio pelo que despotrican contra Occidente, parecen no haber caído en la cuenta de que nuestras sociedades son las más prósperas y libres de la historia, incluyendo el respeto a la mujer, y con todas las excepciones que nadie niega, pero que en otras civilizaciones han sido más bien la norma.

En este contexto de autodesprecio, no sorprende que los medios apenas hablen del genocidio de los cristianos en Oriente Medio y en África. La principal consecuencia de esta tragedia colosal es que el subsahariano que llega a nuestro país sea, con tendencia creciente, más probablemente musulmán que cristiano. Si además tiene hijos con una mujer europea, casi con seguridad serán educados en el islam. También sucede al revés, que hombres europeos se emparejan con mujeres musulmanas, con el mismo resultado, casi siempre, de que sus descendientes sean educados en la religión del progenitor no cristiano. Sin embargo, el hombre está menos limitado por la biología (la edad y todos los inconvenientes de la gestación) para volver a ser padre, acaso con otra pareja, pongamos que cristiana. (Conviene señalar que no estamos hablando de la fe personal e íntima, sino de valores y costumbres que consciente o inconscientemente tienen sus fundamentos en el judeocristianismo.)

¿Comprenden por qué me parece no inocente, o al menos significativo, el favoritismo por estereotipos que no pasan por la paternidad del europeo nativo (o iberoamericano, es decir, culturalmente cristiano)? Este hecho responde, a todas luces, a una inconfesada voluntad nihilista de autodisolución cultural, aunque se exprese visualmente como una cuestión racial, lo que hábilmente dificulta cualquier crítica que no quiera exponerse al peligro de ser tachada como racista. Pero el problema, por supuesto, no es el color de la piel que tendrán nuestros nietos, sino si seguirán viviendo en una sociedad que tiene su fundamento en las palabras de San Pablo citadas al principio, o por el contrario en otra en que la mujer sea consideraba como inferior al hombre, entre otras muchas y dramáticas (perdón, enriquecedoras) diferencias.

Un comentario sobre “Por qué hay ahora tantos hombres negros en los anuncios

  1. Creo que la inmigración es una consecuencia de la globalización, y que ésta es una tendencia irresistible del capitalismo. El capitalismo, por su propia naturaleza, tiende a extenderse a todo el mundo, y su forma de extenderse es mediante la libre circulación de capitales y personas. Los capitales van allá donde la rentabilidad es mayor, y las personas allá donde los salarios son más altos.
    Sólo desde una mentalidad y una política proteccionista pueden ponerse barreras al movimiento de capitales y personas (es decir, a las migraciones), y a mi parecer, a la larga, el proteccionismo tiene todas las de perder frente a la globalización.

    Por otra parte, pienso que es la cultura occidental (y la anglosajona en particular) la que acabará dominando el mundo en el futuro, no por casualidad, sino precisamente porque es la portadora del capitalismo. Y en la medida en que la globalización capitalista se extienda, lo hará también su cultura (occidental y anglosajona). El capitalismo necesita de una sociedad consumista para sobrevivir, y sólo la cultura occidental es suficientemente consumista para las necesidades del capitalismo.

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