El sistema de la mentira

¿Qué es una ideología? Es una triple dispensa: dispensa intelectual, dispensa práctica y dispensa moral. La primera consiste en retener sólo los hechos favorables a la tesis que se sostiene, incluso en inventarlos totalmente, y en negar los otros, omitirlos, olvidarlos, impedir que sean conocidos.

Jean-François Revel, El conocimiento inútil.

Probablemente muchos piensan que el famoso Noticiero Documental (NO-DO) era un instrumento de propaganda solo concebible en una dictadura. Pero no seamos ingenuos. Hoy el equivalente del NO-DO (aunque con mucha menor calidad estética) son los informativos y programas de actualidad de todas las grandes cadenas, que penetran en los hogares, bares y cafeterías a todas horas, a fin de orientar a la opinión pública con una apariencia de pluralismo. Frases como “la polémica está servida” o la cobertura de las declaraciones de algunos líderes de la oposición sólo engañan a un público habitualmente desprevenido, ocupado en sus tareas cotidianas con el televisor como hilo musical de fondo. La “polémica” siempre está hábilmente presentada para que las posiciones “progresistas” parezcan audaces, desinteresadas y nobles; y las opuestas, como retrógradas, miedosas e ignorantes, incluso cuando no se ridiculizan manifiestamente. Las declaraciones de la oposición son hábilmente seleccionadas entre las que, aunque puedan parecer duras por su tono, sean las que menos daño hacen al gobierno, y apenas sirvan para presentar a quien las esgrime como una persona de talante malhumorado, que sólo sabe criticar sin proponer nada constructivo, con el único fin de disputarle el poder a un gobierno que se desvive por nuestro bien.

El objetivo fundamental del complejo mediático no es informar, sino exactamente lo contrario: ocultar lo que no le interesa al poder que se sepa, que se hable en la calle. Naturalmente, no basta con no mencionar las cosas: hay que hacer el ruido suficiente, y durante todo el tiempo, para que el silencio no se convierta en un clamor. Lo comprobamos a diario con la crisis sanitaria: nos bombardean con alarmistas cifras de incidencia, contagios, “puntos” de índices técnicos creados por la burocracia político-sanitaria, mientras nos hurtan casi siempre un dato en tiempo real, perfectamente comprensible, para que la gente pueda sacar sus conclusiones, y aceptar o rechazar razonadamente las medidas de la administración que limitan sus libertades: es decir, el porcentaje de camas de hospital y de UCI ocupadas por enfermos de covid.

Bien es cierto que los medios no renuncian a formas de propaganda más proactivas. Hay varios géneros de adoctrinamiento. Uno es el formato pedagógico o de servicio público, casi una extensión de la paternal administración. En lugar de informar objetivamente del incremento de la factura de la luz debido a la nueva normativa dictada por el gobierno, nos ilustran con consejos sobre las diferentes maneras de ahorrar energía. Otro género es el de los relatos de “interés humano”. ¿Se han dado cuenta de que para hacer pasar la ley de la eutanasia, invariablemente acompañan la información legislativa con un ejemplo conmovedor de un enfermo terminal o crónico, con nombres y apellidos, junto a algún familiar cercano, aguardando la legalización del asesinato clínico como una liberación de sus sufrimientos? No hace falta decirlo, las voces discrepantes, algunas sólidamente elaboradas en discursos parlamentarios de gran interés, han sido omitidas o reducidas a unos segundos.

Pero la principal herramienta propagandística es lo que en términos lakoffianos podemos llamar el framing, el enmarcado. Si consigues imponer tu lenguaje, es decir, tu manera de interpretar la realidad, los hechos ya no importan gran cosa. Se convierten sólo en motivos, en pretextos para remachar una y otra vez el marco, la ideología que pretendes imponer. Un ejemplo de manual lo estamos viendo estos días con el triste suceso del asesinato de un joven en Galicia cuyo nombre, que todos tenemos presente, no volveré a mencionar por respeto a sus familiares. Aún antes de que la policía hubiera ofrecido las primeras informaciones sobre la investigación, alguien divulgó que el motivo del crimen era de carácter homófobo, lo que permitió a la extrema izquierda iniciar su agitación callejera profesionalizada, por supuesto para culpar a la “ultraderecha” (Vox) y al gobierno regional de Madrid, pese a tratarse de un crimen perpetrado a seiscientos kilómetros.

Esta agitación le bastó a la televisión pública y a cadenas privadas para poder presentar el asesinato como un efecto del supuesto discurso de odio contra el movimiento LGTB, sin ninguna prueba de ello. (Para una información solvente sobre el suceso y su instrumentalización política, recomiendo el blog Contando estrelas.) La extrema izquierda, con sus escenificaciones callejeras, es siempre el mejor aliado de los medios; ambos se basan en el mecanismo psicológico que lleva a muchas personas a creer que si una muchedumbre protesta indignadamente en las calles, posiblemente tenga algo de razón.

Pero a medida que las informaciones policiales tienden a descartar el móvil homófobo, TVE no tiene problema en seguir utilizando la muerte de un joven con fines ideológicos. Sin afirmar tajantemente que fuera asesinado por homosexual, porque no puede, se “amplía” la crónica periodística con otros crímenes que sí han podido tener ese móvil, y por supuesto con entrevistas a activistas LGTB. El resultado es que ese espectador pasivo y desprevenido del que hablaba, que rara vez no sigue el desarrollo de una información en el tiempo (ya se encargan los medios de llevar su atención cada dos o tres días a un tema nuevo), se queda con la primera versión, y eso es lo que cuenta. El triunfo inmediato de la manipulación es el gastado comentario de sobremesa con televisor de fondo: “No hay derecho a matar a nadie porque sea gay”. En lo cual todas las personas civilizadas estamos de acuerdo, pero el problema es que una gran parte de la población no sabe distinguir tal obviedad de las reivindicaciones más radicales del movimiento LGTB, como si hubiera que comprar el paquete completo.

El mero empleo generalizado del término homofobia (etimológicamente bárbaro, porque significa “odio a lo igual”) ya es un triunfo del enmarcado sistémico. En primer lugar, porque es harto problemático que toda agresión contra una persona homosexual o transexual se deba “al simple hecho de serlo”. La existencia de una serie de organismos político-burocráticos cuya justificación depende de que prolifere el mal que combaten, no es la mejor garantía de que sus estadísticas no estén groseramente infladas. En segundo lugar, porque una manera evidente de evitar que ese tipo de delitos aumenten es combatir la inmigración ilegal desde países mucho menos tolerantes hacia las minorías sexuales que nuestra sociedad: precisamente lo que declina hacer un sistema que se presenta como abanderado de los derechos LGTB. Aquí hay algo mucho más siniestro que la hipocresía: una perversa estrategia de atizar el incendio para luego presentarse como el bombero salvador, previa demonización -no lo olvidemos- del chivo expiatorio al cual se carga con las culpas. Esto último no solo no puede faltar, sino que probablemente sea la clave de todo.

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