El Gran Cambiazo

La estrategia no es nueva, pero las señales de su intensificación y aceleración son obvias. Podríamos denominarla con algún término más o menos académico, pero cuando pienso en ello para mis adentros, la que primero me viene a la mente es la palabra cambiazo. Hay algo de trilerismo o de prestidigitación en el modo como el poder político-mediático (cada vez más es uno solo) trata de sustituir las libertades clásicas de pensamiento y de circulación por seudolibertades autodestructivas: aborto, eutanasia, promiscuidad, identidad sexual…

La libertad de pensamiento se erosiona de varias maneras:

  1. Hurtando a los padres el derecho a educar a sus hijos según sus convicciones, lo cual se plantea como una irreprochable intención de ofrecer educación supuestamente cívica y sexual, tras las cuales se amparan contenidos ideológicos radicales.
  2. Tipificando los llamados “delitos de odio”, o al menos denunciando supuestos estereotipos sexistas, racistas, etc., a fin de censurar manifestaciones imprecisamente ofensivas para grupos privilegiados, que se presentan como “vulnerables” y que son previamente determinados por gobiernos, grupos de presión y grandes empresas tecnológicas y de comunicación.
  3. Tipificando también delitos como la “apología del franquismo”, lo que en la práctica se traduce en la imposición de una historia oficial de la cual estaría prohibido desviarse.
  4. Poniendo trabas a la objeción de conciencia o la libertad religiosa de médicos, funcionarios o empresarios que no desean ser cómplices de abortos, practicar la eutanasia o ser obligados a participar en bodas homosexuales.
  5. Promocionando el acceso a contenidos culturales en línea, es decir, controlados por grandes empresas, y potencialmente por gobiernos y grupos de presión, que pueden decidir que determinadas obras o fragmentos de ellas sean discretamente retirados del espacio público, sin necesidad de prohibiciones formales, secuestros o quemas de libros.

Por su parte, la libertad de circulación se restringe con pretextos ecologistas, sanitarios, fiscales o de cualquier otro tipo que puedan surgir, mediante supresión de vuelos domésticos, restricciones a los vehículos privados con motores de combustión fósil, peajes, tasas, etc. También mediante las limitaciones al uso de dinero en efectivo, de modo que cada vez es más difícil, por no decir imposible, realizar cualquier desplazamiento o intercambio que no quede registrado y geolocalizado, en bases de datos potencialmente accesibles a la administración y las grandes corporaciones.

La otra cara de la moneda de estas claras restricciones de derechos son las llamadas “ampliaciones de derechos”. Tras la despenalización del aborto, en la mayoría de países desarrollados, ya el siglo pasado se inició una campaña global, promovida por la ONU, las multinacionales abortistas y un activismo generosamente financiado, para convertirlo en un “derecho a la salud reproductiva y sexual”. Esta campaña sigue a toda máquina, como se ha podido comprobar con la aprobación del parlamento europeo de un informe radicalmente proabortista, y en el empeño de medios públicos y privados en “denunciar” la objeción de conciencia de médicos provida en hospitales estatales.

Aquí se ve claramente la estrecha relación entre las seudolibertades y la pérdida de auténticas libertades. No se trata de que las primeras sean una mera cortina de humo, sino de que realmente no pueden sostenerse sin conculcar las segundas. Así, las denominadas educación sexual y la perspectiva de género, bajo el pretexto falaz de “empoderar” a los jóvenes y a las mujeres, no hacen más que promover unos patrones de conducta promiscua y experimentadora que, con lógica implacable, requieren del aborto o la opción por la homosexualidad para eliminar sus consecuencias “indeseadas”, que suelen darse en forma de bebés. También para terminar con los últimos restos de moralidad judeocristiana (lo que llaman eliminar el “sentimiento de culpa”), que todas las ideologías modernas ven como una rémora a la implantación de sus ambiciosas reformas y revoluciones.

Al mismo tiempo, las restricciones a la circulación, de manera indirecta, privilegian comportamientos individualistas, perfectamente simbolizados, aunque parezca anecdótico, por la difusión del patinete eléctrico, que inevitablemente marginalizan a las familias “patriarcales”, acostumbradas a desplazarse con vehículos privados relativamente grandes. Lo que desde luego no es anecdótica es la generalización del smartphone desde edades cada vez más tempranas, que favorece un modelo de toma de decisiones y formación de opinión cada vez más aislado de vínculos familiares o comunitarios de cualquier tipo, excepto los que nos unen a la administración y las grandes corporaciones proveedoras de servicios.

¿Qué ganan con este cambiazo los gobiernos y sus aliados mediáticos y financieros? La respuesta no es difícil. Basta comparar unas libertades con otras. Mientras que el aborto, la eutanasia, la promiscuidad y la homosexualidad son decisiones y conductas de resultados predeterminados, en gran medida dependientes del Estado como garantizador de su ejercicio, y que no afectan en lo más mínimo a sus prerrogativas, las libertades de pensamiento y de circulación son libertades abiertas, es decir, de resultados imprevisibles, y por tanto mucho más difíciles de controlar. Las ideas, creencias y opiniones, así como los lugares o los intercambios económicos, son casi ilimitados. El poder político no tiene ningún problema con que abortes o te cambies de sexo, eso no le afecta. Es más, promoverá tu “derecho” para tomar este tipo de decisiones en la medida en que esto le permita restringir tu libertad de pensamiento sin que tú protestes, o incluso se lo agradezcas, para protegerte frente a los “intolerantes” que no reconocen que haya un “derecho” al aborto, a la “muerte digna” o al “matrimonio igualitario”.

Inseparable de esta estrategia es la postulación de un enemigo amenazador, omnipresente e invisible (“estructural”), con denominaciones como “machismo”, “fascismo” o “ultraderecha”, que pretende hacer retroceder a la sociedad a tiempos oscuros, más o menos legendarios, donde las mujeres tendrían prohibida cualquier actividad fuera de las labores domésticas y reproductivas, y las personas homosexuales sufrirían persecuciones y humillaciones sin cuento. No debería sorprender lo más mínimo que quienes se erigen en defensores de las mujeres y el movimiento LGTB sean habitualmente los mismos que ven con buenos ojos la llegada masiva de inmigrantes musulmanes, cuyas sociedades de origen son, evidentemente, mucho menos respetuosas de la igualdad y la libertad sexual que la europea. En la medida en que esto conduce a un aumento de agresiones sexuales y conductas discriminatorias, y siempre con la entusiasta colaboración periodística, estos fenómenos, traducidos a estadísticas fácilmente manipulables, se cargan en las cuentas del neomachismo y el neofascismo rampantes. Lo cual, por supuesto, justifica nuevas vueltas de tuerca en la limitación de la libertad de pensamiento.

Así es como intentan darnos el Gran Cambiazo. En tiempos feudales era libertad a cambio de seguridad. Hoy es libertad a cambio de nuevos derechos y “empoderamiento”. La diferencia es que ahora el poder político, en las sociedades desarrolladas, recurre mucho menos a la coacción física, y prácticamente ha eliminado todas las formas de tratos crueles y degradantes. En esto hemos ganado, sin duda. En contrapartida (¡nada es gratis!), se pretende que renunciemos insensiblemente a la propia libertad interior, a la capacidad de pensar por nuestra cuenta, sin la cual no hay libertad de ninguna clase. No es una afirmación abstracta. Basta ver durante unos minutos cualquier informativo televisivo, en cualquier cadena, para comprobar que el objetivo de transmitir una información para que la audiencia saque sus conclusiones ha quedado totalmente desplazado por la oferta de unas conclusiones precocinadas, hábilmente vendidas con técnicas emocionales y listas para su consumo sin el menor esfuerzo intelectual. Este es el panorama, y no podemos endulzarlo sin autoengañarnos.

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