La realidad o el consenso

Hoy, como siempre, la auténtica disyuntiva es la realidad o el consenso. Lo real es lo que es, independientemente de que nos guste más o menos. A veces puede cambiarse, pero incluso en este caso, solo es posible desde las reglas de la propia realidad. Es decir, siempre hay algo dado, algo previo que tenemos que asumir, que debemos aceptar, sea para preservarlo tal cual o para intentar modificarlo. En cambio, el consenso es un acuerdo entre diferentes individuos, que puede partir de lo real o no. Lo segundo es más habitual de lo que se cree. Pues el consenso, al contrario que la realidad, se puede fabricar, puede ser creado por el hombre, hasta cierto punto, sin condiciones previas, sin atenerse a lo que realmente hay. Basta con influir en los demás para que piensen como yo quiero que piensen. Paradójicamente, esto con frecuencia pasa por hacerles creer que ya existe un consenso, y que si no lo aceptan quedarán marginados, señalados como los raros de la tribu, como el tonto del pueblo. El consenso nace en este caso, como digo muy habitual, de la ilusión del consenso. O dicho de otro modo, se convierte en verdadero consenso lo que antes era un falso consenso, lo que no significa que su contenido pase a ser verdad. Aunque mucha gente, incluso la mayoría, crea que la proposición P es cierta, eso no es una prueba de su certeza. De hecho la historia es una sucesión de proposiciones que, pese a contar durante siglos o milenios con la aprobación de casi todo el mundo, se han revelado erróneas.

Los partidarios del consenso poseen un arma nada secreta, pero no por ello menos poderosa: las dudas escépticas y relativistas sobre la verdad. Los escolásticos, siguiendo a Aristóteles, definían la verdad como la adaequatio rei et intellectus, la correspondencia entre la cosa y la mente. Esta definición siempre ha sido problemática, porque sólo la mente puede decidir si se ajusta a la realidad, lo que la convierte en juez y parte, o nos lleva a una regresión infinita. Por otra parte, la mente es cambiante, tanto en el tiempo (cambiamos de opinión, aprendemos, etc.) como en el espacio (no hay dos personas que piensen igual en todo). Los antiguos griegos identificaban la verdad con lo permanente y eterno, en contraposición a lo mudable y temporal, que reputaban por eso mismo ilusorio. Pero esto no es más que otra forma de plantear el problema en toda su radicalidad. La prueba es que proliferaron las concepciones filosóficas que diferían acerca de qué era lo realmente permanente, en qué consistía el principio primordial (arjé) en el cual se basa todo.

Occidente, dos mil quinientos años después, sigue debatiendo sobre las mismas cuestiones que nuestros antepasados griegos, a menudo con otros términos, que a veces oscurecen más que aclaran. Pero los amigos del consenso quieren hacernos creer que el debate sobre la verdad ya estaría superado. Que como es imposible alcanzar la certeza sobre nada, a lo único que podemos aspirar es a ponernos de acuerdo, a forjar consensos sobre cada tema. Sin embargo, esta es una falsa solución, o más propiamente un escaqueo del problema. ¿Cómo puede nacer el acuerdo si no es, al menos provisionalmente, desde la realidad, desde los hechos, desde lo objetivo? Quien trata de eludir esto, normalmente partiendo de la subjetividad, de los sentimientos, de las buenas intenciones, sencillamente está haciendo trampa, y además una trampa peligrosa. Porque implícitamente transmite el mensaje de que quien no sienta como yo es un ser malvado, malintencionado. El que piensa diferente es racista, machista, homófobo… Les sonará.

Nuestro tiempo sigue bajo el signo de Nietzsche, muerto en 1900, el último año del siglo XIX. Para el filósofo alemán, solo es verdadero lo que contribuye a fomentar la vida de la especie. Curiosamente, se trata de una de las ideas que más han contribuido a fomentar la muerte de millones de seres humanos, sea en su formulación historicista o más crudamente biologicista. Y tal concepción está en la base de la concepción de la verdad por consenso: en lugar de una verdad ontológica, que existe independientemente del hombre, se propugna una verdad utilitaria, al servicio del hombre. Pero para determinar que algo realmente nos beneficia, debemos en algún momento acceder a lo real: de lo contrario hay que elaborar un consenso acerca de lo que debe entenderse por consenso, y así en un bucle sin principio ni fin, que tarde o temprano se zanja con la ley del más fuerte, como decía Sócrates. O como se dice ahora, de quien controle los medios de comunicación y la enseñanza.

Sin embargo, Occidente no se fundó sólo en las concepciones griegas sobre la verdad. La otra raíz de nuestra civilización es el judeocristianismo. El concepto de verdad hebreo difería del griego, aunque en modo alguno sean antitéticos. Al contrario, lo mejor de nuestra cultura se erige sobre la fértil conjugación de ambos. Mientras para el griego la verdad (aletheia) se identifica con la realidad frente a lo aparente, para el judío la verdad (‘emunah) equivale a confianza, a fidelidad. Como explica Ferrater Mora: “Verdadero es, pues, para el hebreo lo que es fiel, lo que cumple o cumplirá su promesa, y por eso Dios es lo único verdadero, porque es lo único realmente fiel.” La única manera de escapar a las antinomias escépticas sobre la verdad, una y otra vez se termina descubriendo que es hacer un acto de fe, un voto de confianza. Ya Descartes, en los orígenes de la modernidad, encuentra en la idea de Dios la única escapatoria del solipsismo radical al que lo abocaba el “je pense doncs je suis” como la primera certeza evidente. O Dios o la subjetividad elevada a absoluto.

Todos los intentos de esquivar y desacreditar esta conclusión, que obviamente choca de frente contra el anticristianismo más menos descarnado de la posmodernidad que nos hemos dado, nos conducen a la falsa solución del consenso, es decir, a excluir a quienes no piensen igual que el grupo detentador del consenso. Bienvenidos sean quienes vengan a desenmascarar falsos consensos, a los excluyentes disfrazados de inclusivos, a los autoritarios disfrazados de rebeldes, a los odiadores disfrazados de solidarios, a los que se mofan de toda verdad metafísica para imponer sus mentiras. Bienvenidos, ya me entendéis, quienes han venido a arrancarles sus caretas progresistas y centristas.

Un comentario sobre “La realidad o el consenso

  1. Mark Levin uno de los conservadores constitucionalistas americanos mas relevantes de la actualidad le llama al “consenso” sudo-periodismo…..(Una noticia creada/manipulada por solo un medio/persona y difundida por todos los Medios de la MSM durante semanas volviéndose viral y creando un consenso en la opinión publica……(típica táctica propagandística de la Izquierda)

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