Las supersticiones ideológicas de hoy

Superstición. 1. Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón.

2. Fe desmedida o valoración excesiva respecto de algo. Superstición de la ciencia.

(Diccionario de la RAE)

Los hombres cambian menos de ideas que las ideas de disfraz.

En el decurso de los siglos las mismas voces dialogan.

(Nicolás Gómez Dávila)

La superstición, al contrario de como suele entenderse en esta época descreída, es algo completamente distinto de la religión, por no decir opuesto. La superstición es la creencia en la magia, es decir, en la posibilidad de controlar la realidad, en mayor o menor grado, mediante un conocimiento esotérico o gnóstico. La religión no pretende ejercer ningún dominio de la realidad, sino que nos pone en contacto con un ente superior, que propiamente nos exime o libera de cualquier necesidad o ilusión de control. La magia trata de hacernos señores del mundo, mientras que la religión nos reconcilia con él, al proporcionarnos un acceso a su fundamento último.

Por otro lado, la magia se distingue de la ciencia, no tanto porque sus métodos sean mucho menos eficaces (eso es una consecuencia de algo previo), sino porque la segunda busca la verdad por la verdad misma. La eficacia práctica de la ciencia, que se ha demostrado espectacularmente a partir de la revolución industrial, viene como si dijéramos por añadidura, porque hombres que, con frecuencia, en lo último que pensaban era en la aplicación de sus teoremas, indagaciones y experimentos, y precisamente debido a ese amor desinteresado por la verdad, llegaron a desentrañar muchos secretos de la naturaleza con mucho más acierto que cualesquiera magos, alquimistas, adivinadores y curanderos.

Estas distinciones no son óbice para reconocer que la superstición casi siempre se inspira en la religión o en la ciencia. O mejor dicho, en formas degradadas o vulgarizadas de ambas. Los límites entre cierta praxis religiosa desviada, que confunde ritos y plegarias con mecanismos mágicos para obtener cosas concretas, a veces resultan borrosos. Asimismo, ciertos discursos sobre el medio ambiente, sobre la salud o la nutrición, bajo su terminología científica o seudocientífica, con frecuencia no esconden más que un interés político y comercial, que se aprovecha de la innata tendencia supersticiosa del ser humano.

Esa tendencia innata es la que explica que la época moderna, ufanamente convencida de haber relegado el pensamiento mágico a una presencia residual, sea tan supersticiosa como cualquier tiempo pasado. Lo que quizás distingue a la modernidad es el predominio de un tipo particular de superstición, más comúnmente llamada ideología, especialmente interesada por obtener el control del ser humano y la sociedad. Las principales ideologías de los dos últimos siglos revelan su carácter profundamente supersticioso en una serie de rasgos, que enumero:

  1. Gnosticismo: Se creen en posesión de la clave que explica la historia humana y en particular el presente.
  2. Chivo expiatorio: Culpan de todos los males a un grupo humano concreto, al que acusan de dominar el mundo o aspirar a hacerlo.
  3. Paranoia: Ven en todas partes la acción de ese chivo expiatorio, y están ciegos a ejemplos en contra.
  4. Histeria colectiva: Tienden a escenificaciones y ritualizaciones de indignación, a veces violentas, que desempeñan una función de autoconvencimiento y de intimidación de quienes no comparten su fanatismo, para que como mínimo finjan adhesión.
  5. Milenarismo: creen que puede y debe librarse un combate final entre el Bien y el Mal, en que uno de los dos acabará derrotado definitivamente.
  6. Irrefutabilidad: Consideran cualquier crítica como proveniente de los propios agentes del Mal, o influida por ellos. Más aún: la existencia de las críticas prueba que la superstición es cierta, pues el mal se revuelve contra quienes lo combaten.

Basta considerar estos rasgos para pensar inevitablemente en el antisemitismo; no en vano se trata de la primera gran superstición política moderna. Como sucede con muchas supersticiones, su origen se encuentra en una religiosidad heterodoxa o deficitaria. Pero en su forma moderna, se basó en el racismo seudocientífico y sobre todo quedó indisolublemente ligada al mito de la conspiración judía mundial, como demuestra Norman Cohn en su obra ya clásica sobre el tema. Este mito nació como una reacción a la Revolución francesa, convirtiéndose luego en una plantilla que sirvió lo mismo para cuestionar el capitalismo y el liberalismo que el comunismo, a los que se acusaba de ser instrumentos de dominación del judaísmo. Aunque las supersticiones en general son inasequibles a la argumentación racional y la experiencia, puede decirse que el antisemitismo quedó herido de muerte a causa de su siniestro éxito, al desembocar en el Holocausto. Desde 1945, pese a que está lejos de desaparecer, en su forma más obvia se encuentra completamente desacreditado, y fuera de círculos de lunáticos y de neonazis nadie lo defiende hoy.

No es de extrañar que las supersticiones que han tomado el relevo sean hoy de carácter liberal y de izquierdas, y por tanto aparentemente antitéticas del antisemitismo, que en gran medida surgió como una reacción antimoderna. El comunismo aprovechó la derrota del nazismo y la victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial para, a través de su influencia en la intelectualidad y el periodismo, consolidar el mito antifascista, que consiste en restringir el totalitarismo a su variante fascista y asociar impúdicamente comunismo con democracia y progresismo. Esto permitió que la superstición anticapitalista, prima hermana del antisemitismo (no por casualidad la comparten la extrema izquierda y la extrema derecha), siguiera viva hasta finales del siglo XX. Pero tras la caída del Muro de Berlín, sin que el trasfondo anticapitalista haya desaparecido, el pensamiento mágico dominante gira en torno a las ideas de raza (sí, otra vez) y de género, ambas sintetizadas en el concepto de diversidad.

Lo que hoy se llama antirracismo no es más que una forma de racismo contra los blancos, término acientífico que designa a los europeos y los americanos descendientes de europeos. Todos los rasgos antes citados, que valen para el antisemitismo, se aplican también al antirracismo. En toda disparidad entre razas, real o imaginaria, así como en cualquier crítica razonable a la inmigración ilegal no se ve más que racismo de los blancos, en especial contra africanos y descendientes de africanos, como una expresión de su dominio mundial. Incluso a las pocas horas de un atentado islamista, la mayor preocupación de las autoridades parece ser la islamofobia (término fantasmagóricamente impreciso) que podría provocar, como si esa fuera la única y verdadera amenaza. Otro tanto podemos decir de la superstición del género. Esta sostiene que los hombres heterosexuales oprimen a las mujeres y a los llamados colectivos LGTB, y explica toda la historia, como mínimo de los últimos dos mil años, a partir de esta clave. El patriarcado tiene la culpa de casi todos los males, y en particular de que el sexo femenino no haya brillado tanto en determinadas actividades. El machismo está en todo, desde la menor presencia de mujeres en puestos directivos (aunque la mayoría de hombres tampoco sean jefes ni altos cargos) hasta la violencia de pareja, incluso la psicológica, como si ellas fueran seres angélicos, incapaces de cualquier ofensa. Por supuesto, no se tiene en cuenta la mayor mortalidad masculina, la mucho mayor tasa de suicidios, ni el número claramente superior de hombres sin techo o en la cárcel. Toda superstición es ciega ante los contraejemplos y desdeña las explicaciones alternativas. Y criticarla es la mayor prueba de que es cierta. Las críticas al feminismo radical no demuestran otra cosa sino que el machismo resurge, de que los hombres dominan el mundo y no están dispuestos a ceder su poder.

La diferencia principal entre el antisemitismo y la superstición de la diversidad es, por supuesto, que ésta no ha llevado a la persecución cruenta de los varones blancos heterosexuales, como culpables de casi todos los males, ni nada indica que algo semejante pueda llegar a producirse, por múltiples razones. Entre éstas, que los hombres blancos heterosexuales no son una minoría como lo eran los judíos europeos.

Sin embargo, la superstición de la diversidad tiene dos consecuencias sumamente graves. La primera es que, con una justificación feminista, el aborto ha sido legalizado en la mayoría de países. Esto significa millones de seres humanos asesinados durante su periodo de gestación, muchos de ellos cuando su corazón ya latía, los demás cuando faltaban pocas semanas o días para que lo hiciera. No sería adecuado llamarlo holocausto, porque no es un crimen deliberado y perpetrado por una sola organización o régimen, ni realizado contra un grupo humano determinado, pero guarda una semejanza, aparte del número: se justifica negando el carácter humano de las víctimas.

La segunda consecuencia de la superstición de la diversidad es que tiende a socavar el Estado de derecho, al provocar un clima de terror, que justifica juicios paralelos o adulterados y legislaciones inconstitucionales, en gran medida para adaptarse a decisiones supranacionales sin legitimidad democrática alguna, pero que los propios tribunales constitucionales no se atreven con frecuencia a objetar. Por no hablar de restricciones o desnaturalizaciones de derechos básicos como la libertad de educación, la religiosa o la de expresión. Parece que todo vale con tal de combatir los monstruos del machismo o del racismo que supuestamente rigen el mundo.

La superstición, no nos engañemos, acompañará siempre al ser humano. Su tendencia a la idolatría, particularmente a creer en entes malignos más o menos invisibles (estructurales, se llaman ahora) a los que se atribuyen todos los males, se muestra ahora igual que hace miles de años. E igual que entonces, será ineludible seguir defendiendo la verdad, lejos de todo pensamiento mágico.

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