Cambiar el mundo o yo

Hay dos clases de personas, las que quieren mejorar el mundo y las que quieren mejorarse a sí mismas. Tal vez mejorarse a uno mismo no pretenda otra cosa que mejorar el mundo: “Si todos hicieran como yo…” Pero en cualquier caso, hablemos de pequeños gestos o grandes gestas, sigue habiendo una diferencia radical entre quienes tratan, ante todo, de cambiar a los otros, y quienes piensan primordialmente en cambiar ellos mismos.

El caso paradigmático del primer tipo de personas, los mejoradores exteriores, es el progresista, lo que los anglosajones llaman últimamente woke. La persona concienciada, comprometida en la lucha contra los que, según ella, son los grandes males del mundo: el racismo, el machismo, la contaminación ambiental, etc. El paradigma del segundo tipo humano, los mejoradores interiores, sería el monje contemplativo que se retira del mundo para tratar de encontrar a Dios dentro de sí, desprendiéndose de todo lo superfluo.

Estos paradigmas aún no son las dos posiciones más extremas que cabe imaginar. La forma extrema de mejoramiento exterior es el terrorista, aunque suene paradójico. Porque sí, el que asesina o destruye por ideas políticas o religiosas, cree estar actuando para que el mundo se conforme con su idea de cómo debería ser; es decir, para hacerlo mejor, por lunática que nos parezca su visión de lo que más conviene al género humano. La antítesis del terrorista serían quizás esos monjes budistas que filtran incluso el agua que beben, para no matar las minúsculas formas de vida que pudiera haber en ella. Respetan a todo ser vivo, por insignificante que sea.

A primera vista, el cristiano, sea religioso o laico, no llega a tal extremo, e incluso parece encontrarse a medio camino entre las dos actitudes, la exterior y la interior. Aunque inicialmente su esfuerzo se encamine a mejorarse a sí mismo (a salvarse), es impropio de él que se desentienda del mundo. Más bien al contrario, Jesús encargó a sus discípulos la misión de predicar el evangelio por toda la tierra, de convertir a todas las naciones. La oración más importante del cristiano, el Padrenuestro, no se expresa en singular, como una plegaria individual, sino en plural. “Venga a nosotros tu reino.” Es un ruego colectivo, de toda la Iglesia, que significa asamblea, reunión.

Sin embargo, al mismo tiempo es innegable que en el cristianismo el cambio en sentido estricto es interior; es un estado del alma, aunque lleve necesariamente a determinados cambios en el exterior. El reino de Dios no es una organización política, sino la expresión de la comunión con Cristo y con todos los miembros de la Iglesia. Esto no significa que sólo exista en un más allá, al que accedemos tras la muerte, pero sí que su manifestación en el mundo visible es, por encima de cualquier otra cosa, de orden espiritual. Intentar establecer o cambiar estructuras sociopolíticas, incluso cuando pudiera parecer un empeño acorde con el evangelio, sobrepasa propiamente el marco cristiano, y raro es cuando el cristianismo y la política no chocan o se relacionan problemáticamente.

Bien es verdad que el hombre exterior, la persona comprometida con el cambio social, empieza siempre por promover un cambio de mentalidad. Hoy es un lugar común casi indiscutido que el secreto para conseguir una sociedad más justa, igualitaria y libre es una educación que enseñe a pensar sin prejuicios y sin tabúes, que más que transmitir unos contenidos doctrinales, permita a niños y jóvenes razonar por sí mismos, ser creativos y espontáneos. Pero el cristianismo, aunque otorgue un importante papel a la educación, inspirando la creación de escuelas y universidades, tiene sobre ella una idea completamente distinta de la ilustración. Los hombres no hacen ni padecen el mal por culpa de una sociedad patriarcal, racista o capitalista, que podamos reformar mediante la enseñanza u otros medios, sino porque se apartaron originalmente de Dios y precisan de su gracia para liberarse del pecado. El mal existente en el mundo no procede de una errónea organización sociopolítica y económica que fuera responsable de pervertir una naturaleza humana prístinamente buena. En todo caso, la relación causal sería a la inversa. El mal en estado puro, por así decir, no se debe a una inocente ignorancia, ni a unas estructuras que la preservan en su beneficio, sino que se origina en la voluntad humana. Más concretamente, en la voluntad que reniega de haber sido creada por Dios, y aspira a ser un dios para sí misma. Y esto significa que, en la medida que olvidamos nuestra filiación divina o la entendemos como una servidumbre, todos somos pecadores; no solo los ricos, los hombres, o los blancos, tal como proclama el actual identitarismo político.

El contraste entre la visión del hombre exterior y el interior se revela quizás de modo más claro en sus respectivas visiones del fin al que tiende la historia. Suele decirse que mientras el primero anhela un paraíso terrenal, una sociedad sin clases y sin conflictos donde el proceso humanizador alcanza su fase superior, el hombre interior, al menos en su variante cristiana, pone su esperanza en una consumación sobrenatural de la historia, que trasciende el mundo físico. Pero esta conceptualización es insuficiente e incluso, hasta cierto punto, desorientadora. En primer lugar, el cristianismo predica la resurrección de la carne y la renovación de la creación tras el Juicio Final: el paraíso que promete no es inmaterial, pues incluye la corporeidad dentro de su escatología. Esto contrasta con el sueño transhumanista, que confía en abolir la enfermedad, la vejez y la propia muerte, liberando al hombre de toda atadura material mediante la tecnología. Independientemente de que sean factibles o no, estas especulaciones no proceden de la literatura de ciencia-ficción, sino que se encuentran latentes en el utopismo socialista, y particularmente en la concepción marxista de las condiciones económicas, generalizables a toda condición material.

El transhumanismo prácticamente ve el mundo físico como una cárcel de la que hay que liberarse, y en este sentido es la enésima reedición del gnosticismo dualista, que abominaba de la materia, y que fue firmemente combatido por la Iglesia de los primeros siglos. Y es que la desmaterialización del mundo no es más que la pretensión de remodelarlo o, mejor dicho, recrearlo por completo a la medida del hombre, como si se le pudiera enmendar la plana al Creador, reduciéndolo a mero demiurgo. El progresismo y su última fase, el transhumanismo, son las ideologías propias de la voluntad autodeificadora, aquel pecado original relatado alegóricamente en el libro del Génesis.

Quienes pretenden ante todo cambiar el mundo, de hecho aspiran a plegarlo a sus despóticos deseos. Mientras que quienes parten del cambio interior no toman como referencia su subjetividad, sino que, muy al contrario, desean someterla a un principio superior. De otro modo no pensarían que deben cambiar, evidentemente. Ahora bien, tanto si a ese principio lo llamamos Dios como de otro modo, la crítica que suele hacérsele es que se trata de una norma o un ser imaginario, una proyección del propio ser humano. Ese trascender la propia subjetividad no sería más que una ficción. El hombre nunca sale de sí mismo, no se encuentra más que a sí mismo. Los exteriores ven al hombre como el único ser de referencia, como la medida de todas las cosas. Y por ello mismo lo imaginan y lo quieren liberado de todo prejuicio heterónomo, de todo condicionamiento y limitación. Es decir, como una pura libertad de ser lo que quiera ser. Sin embargo, tal cosa ¿qué es, sino la nada? En efecto, si no hay ningún contenido, ninguna condición siquiera corporal (piénsese en el transexualismo) que me constriña, que me defina, ¿qué soy yo, más que la mera posibilidad de ser algo? Si todo puedo y debo elegirlo, si no puedo asumir nada previamente dado, porque ya sería una imposición, en lugar de mi absoluta y pura elección, ¿qué soy yo, qué queda de mí?

En última instancia, el sueño de cambiar el mundo se revela quimérico por puramente contradictorio: un ser que se construye, que se crea a sí mismo. Frente a esto, plantear la existencia de un ser increado e infinito como origen de todo lo creado, y por tanto como su finalidad trascendente, lejos de ser una fantasía arbitraria, se aparece como la única forma intelectualmente radical de escapar al absurdo de un ser autocreador, cerrado en sí mismo. Se trataría no de cambiar la realidad para convertirla en nosotros, en un bucle vacío de sentido, sino de ser lo que somos, de aceptar la realidad en el sentido más profundo, que no tiene nada que ver con ninguna especie de conformismo, sino por el contrario con trascendernos hacia lo absoluto, hacia el Ser del que procede todo ser. Sólo saliendo de nosotros mismos podemos encontrarnos, podemos hallar el significado de lo que somos.

Si por un momento pudo parecer que quien desea mejorar el mundo es el altruista, frente al aparente egoísmo de quien quiere sólo mejorarse él, resulta que es al revés. Es el primero quien, al querer construir un mundo a su medida, no hace más que buscar su reflejo, como Narciso. Es él quien al reclutar sin descanso nuevas víctimas de quienes compadecerse, a las que salvar, no hace más que recrearse en sus propios sentimientos y gustarse a sí mismo. Mientras, quien quiere mejorarse no tiene de sí mismo, ni mucho menos, una idea tan halagadora, y por ello quiere precisamente salir de sí; lo que sólo puede alcanzar si deposita toda su confianza en el único Ser que está completamente libre de cualquier defecto o egoísmo. Mientras el hombre exterior trata de controlar y manipular, tanto a las cosas como a sus semejantes, el hombre interior intenta (lo que ya es mucho) regirse por el amor y el respeto. Es decir, acepta la realidad y a los otros como son y no trata de violentarlos para que sean como cree que deben ser, ni aún por su bien, o por la idea que pueda haberse hecho de lo que es su bien.

El hombre exterior y el hombre interior no se corresponden exactamente con ninguna ideología, por más que el primero tienda a adoptar ideas progresistas y de izquierdas, mientras que el segundo se incline hacia el conservadurismo. Pues todos caemos en un momento u otro en la tentación del hombre exterior; nadie se libra, en algún grado, de querer cambiar a los demás, o por lo menos de imponerles lo que cree que es mejor para ellos, frecuentemente en nombre del bien común o de la mayoría. Sin embargo, sí podemos ser conscientes de esta inclinación inherente a la condición humana: esa es la verdadera diferencia entre una clase de personas y la otra. Entre quienes se creen moralmente superiores y quienes no albergan tan elevado concepto de sí mismos.

Un comentario sobre “Cambiar el mundo o yo

  1. Hola Carlos. Me gusta mucho lo que escribes y cómo lo escribes. Aunque es difícil decir que es lo mejor que te he leído, en esta ocasión me vas a permitir que diga que este texto te lo inspiró directamente el Espíritu Santo. Comparto contigo cuanto dices y, aunque en mi juventud cometí el error ingenuo y estúpido de la progresía hoy a mis 64 años vuelvo al mas joven que leía a Fulcanelli y que empezó a estudiar Química para seguir la senda del Alquimista. En ese camino no existe contradicción entre el camino exterior y el interior, ya que al intentar transmutar la materia se verifica la transmutación del alma y viceversa simultáneamente. Que Dios te bendiga. Feliz Corpus Christi

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