Una sola lucha

Hace un tiempo, hablando con un familiar, que vota a Vox sobre todo por su combativa postura frente a la inmigración ilegal y a favor de la unidad de España, me confesó que no compartía, en cambio, la posición de este partido sobre el aborto. Su argumento fue el sobado topicazo de que no podemos obligar a la víctima de una violación a tener un hijo fruto de ese crimen. Lo fácil es replicar que Vox no sostiene tal cosa, pero yo aquí entro siempre al trapo y hablo como particular, no como afiliado que soy del partido presidido por Santiago Abascal. Matar a un inocente no borra el modo criminal en que ha sido concebido. En realidad, lo que oculta pérfidamente el sofisma emocional de la violación es que una mujer tiene derecho a abortar un hijo no deseado, venga por causa de una agresión o de sexo consentido, como es probablemente el caso del 99,9 % de los embarazos. Pero además hay una incongruencia enorme en estar contra la inmigración ilegal (o sea, masiva) y al mismo tiempo a favor del aborto. Involuntariamente ha contribuido a ponerla de relieve Pedro Sánchez, cuando el otro día presentó su Agenda 2050, una especie de plan quinquenal que reedita el objetivo del paraíso socialista pintándolo como el paraíso de la diversidad descarbonizada, o algo así. Allí propuso que para paliar el invierno demográfico, España acoja 250.000 inmigrantes al año, más de siete millones hasta mediados de siglo. Ni aún así saldrían los números; se necesitarían decenas de millones, dada la baja cualificación de la mano de obra procedente de África. Pero le salió una réplica inesperada, y más seria, en boca de la joven escritora Ana Iris Simón, la cual se puso sin complejos del lado de la natalidad, con medidas para incentivarla que ahora no es el momento de discutir. Lo importante de su discurso fue que se negó a aceptar como una fatalidad que los españoles ya no tengamos hijos. Ahora bien, remontar nuestra baja fecundidad es algo que requiere un cambio drástico de paradigma cultural: dejar de mitificar una “diversidad” estéril (nunca mejor dicho) y revalorizar el amor entre hombre y mujer, a despecho de la lucha de sexos que propugna la enfermiza ideología de género. E ineludiblemente, abrir los ojos ante el crimen horrendo que nunca dejará de ser el aborto, diga lo que diga el derecho positivo, la ONU y el Sursumcorda. No son sólo 100.000 cotizantes que eliminamos cada año antes de nacer (de todos modos, el déficit a cubrir es muy superior), sino cien mil sacrilegios contra la vida y contra la maternidad. Por tolerar esto merecemos bíblicamente, como mínimo, ser invadidos por una cultura bárbara que, entre otras lindezas, considera a la mujer como un ser sometido al hombre por ley divina, y que juzga a las que no cubren su cabeza como casquivanas accesibles. Si de verdad nos repugnan las violaciones y el maltrato de mujeres, impidamos que se produzcan, empezando por defender nuestras fronteras, entre otras medidas; no queramos reparar lo irreparable cuando ya es tarde, añadiendo un crimen a otro. Inmigración ilegal, natalidad, lucha contra el aborto, y contra los que desprecian España, tanto los que vienen de fuera sin el menor ánimo de integrarse, ni el mínimo respeto a nuestras leyes y autoridades, como los separatistas y filoterroristas que desean su desintegración. Todo encaja, nada sobra, todo tiene su sentido. La lucha es una sola.

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