Solo queda Vox

Hay distintos niveles de engaño en política. El fundamental es el que atañe a distinguir entre el bien y el mal. Cuando alguien dice que el aborto sin restricciones es un bien, está diciendo que el valor de la vida humana no es algo esencial, sino accidental, que depende del deseo de algunas personas. Claro que está engañándose en primer lugar a sí mismo, ya sea un político o un votante cualquiera. Luego están los niveles intermedios, cuando un político asegura que hará tal cosa y luego hace la contraria, o cuando dice representar los intereses de una determinada clase social, y en realidad defiende otros. Los ejemplos paradigmáticos los tenemos en Pedro Sánchez y en el PSC. El primero juró y perjuró de todas las maneras posibles, antes de las últimas elecciones legislativas, que no pactaría con la ultraizquierda ni con el separatismo. La hemeroteca resulta verdaderamente sangrante. ¡Llegó a decir que no podría dormir teniendo como ministro a Pablo Iglesias! Al día siguiente, casi literalmente, lo nombraba su vicepresidente segundo, disimulando apenas la traición tras la vicepresidencia primera de Carmen Calvo. Pero el pacto presupuestario lo teatralizaron Sánchez e Iglesias juntos, como si fueran los copríncipes de Andorra; con los impuestos de España, eso sí. El engaño del PSC viene de mucho más lejos, y hasta puede decirse que es una obra maestra de la suplantación continuada. Lleva toda la vida beneficiándose del voto obrero, del cinturón rojo de Barcelona, que es fundamentalmente españolista, para hacer la política del nacionalismo, convenciendo a sus votantes de que lo mejor para sus hijos es que reciban enseñanza en catalán, aunque su lengua sea la castellana, y que hay que regalar más y más concesiones a la oligarquía gobernante de la Plaza de Sant Jaume. De hecho, la historia reciente del separatismo se remonta al Estatut que se sacó de la manga Pascual Maragall, sin que nadie se lo hubiera demandado. Salvador Illa no tiene otra cosa en mente que reeditar este gran embeleco. Pronto veremos si el votante socialista sigue siendo como el cornudo del chiste, al que le preguntan si su mujer grita durante el orgasmo. “¡Ya lo creo, a veces la oigo desde la calle!” Pero para ser justos, esta mentira histórica del PSC está en el ADN de toda la izquierda occidental, más visible cuanto más extrema es su retórica. Una izquierda que, desde hace mucho tiempo, pero sobre todo tras el derribo del Muro de Berlín, y a despecho de su jerga foropaulista y neomarxista, ha dejado de defender a los trabajadores (mejor o peor; generalmente lo segundo, pero al menos era una seña de identidad que los poderes económicos debían respetar) para convertirse en la mansión, a lo Eyes Wide Shut, de una orgía permanente basada en la teoría de género, la deconstrucción del Occidente judeocristiano y la inmigración masiva, nigromancias con las que los poderes económicos y en especial las grandes multinacionales tecnológicas (Google, Apple, Microsoft, Facebook, Amazon, Twitter, etc.) se sienten ya no cómodas, sino cada vez más fuertes. Hasta el punto de que ven cerca el momento de sustituir al pueblo (trabajadores y clases medias tradicionales, basadas en la solidez familiar, el ahorro y el ascensor social educativo) por una masa de individuos desvinculados, eternos adolescentes sin otra posesión, material o espiritual, que un patinete eléctrico, suscripciones a ocio prefabricado y apps para ligar. Mucho más manejables, tanto laboral como políticamente; a dónde va usted a parar. Volviendo de nuevo a la pequeña escala, a Cataluña, en las elecciones de mañana sólo hay un partido que no basa su estrategia en el engaño. El único que denuncia en lenguaje llano lo que acabo de explicar sumariamente. Incluso ERC, que es el partido que históricamente menos ha engañado a su votante, un perfil de independentista republicano y anticlerical, muy años treinta, dice ahora que el PSC pertenece al bloque del 155, dando a entender que no apoyaría a Illa ni aunque obtuviera más votos. Esto es entendible en el contexto de su rivalidad con el fugado Puigdemont, pero Esquerra sabe perfectamente que la segunda cosa que más le conviene, después de ganar ella las elecciones, es que las ganen los socialistas. Ambos no desean otra cosa que entenderse, pero les conviene fingir que hay un cordón sanitario contra el PSC, cuando el único que lo sufre hoy, desde la manipulación mediática hasta la violencia de las hordas rojoseparatistas, es Vox. Casualmente, el único partido que no necesita mentir sobre sí mismo ni sobre los demás.

Un comentario sobre “Solo queda Vox

  1. Pues amarga la verdad, quiero echarla e mi boca, y si el alma su hiel toca, esconderla es necedad, sépase pues libertad ha engendrado en mí pereza…. Corto se me queda Box, la verdad.

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