Obstáculos a la fe

Graham Greene se convirtió al catolicismo para poder casarse con una mujer católica. La intención inicial del escritor inglés era meramente adquirir los conocimientos imprescindibles para cumplir con la formalidad sacramental. Pero en esto conoció a un sacerdote, el padre Trollope, que le convenció de la existencia de Dios. Como cuenta Greene en su relato autobiográfico A sort of Life, superado ese obstáculo, “ya nada sería imposible”, es decir, ya no encontraría dificultad en creer los dogmas específicamente católicos sobre el pecado original, la Encarnación y la Resurrección. Quizás sea esta la diferencia entre los que se acercan al catolicismo desde un deísmo más o menos vago y los que hemos llegado o regresado a él desde un franco agnosticismo o ateísmo. Para los segundos, una vez nos convencemos de la existencia de Dios, creer en la divinidad de Cristo se nos antoja pan comido. Nos resulta mucho más fácil que a esos judíos de tiempos de Jesús, fervientes monoteístas, que prefirieron indultar a Barrabás. A veces pienso que quizás ese período de incredulidad sea el inevitable éxodo o travesía del desierto que algunos necesitamos para encontrar o reencontrarnos con Dios. Pero más difícil lo tienen, como digo, los que se hallan cómodamente instalados en un deísmo sin exigencias, todas esas multitudes que creen que “tiene que haber algo”, pero que consideran absurdos la resurrección de Jesús, la virginidad de María o los milagros relatados en los evangelios. ¿Y todo ello por qué? No han llegado (la inmensa mayoría) a esas conclusiones por un estudio crítico de las escrituras en sus lenguas originales, no tienen conocimientos especialmente notables de fisiología ni de física, química ni bioquímica. Creen en la ciencia con una fe apenas distinguible de la fe religiosa del carbonero que tanto desprecian. Por supuesto que numerosos neurólogos sostienen que no existe un espíritu separado de la materia, que el yo desaparece irreversiblemente tras la muerte cerebral. Pero me atrevo a afirmar que estos científicos, en la gran mayoría de casos, pensaban ya así desde la adolescencia, y que sus estudios e investigaciones no han hecho más que dotar a sus prejuicios de vistosos detalles y pormenores técnicos. Porque no creer en la resurrección o en la multiplicación de los panes no requiere de ningún doctorado; está al alcance de la mente más simple, que juzga de todo por su limitada experiencia. Normalmente, la gente no vuelve a la vida después de muerta, ni las barras de pan aumentan por sí solas en la bolsa colgada tras la puerta de la cocina. Claro que podemos imaginar excepciones singularísimas a estas leyes generales, pero ahí está la diferencia entre los creyentes y los no creyentes: los segundos creen que la imaginación es una debilidad, o en todo caso una especie de vacaciones de la mente, mientras que los primeros nos tomamos la imaginación mucho más en serio: ¿Y sí… después de todo? Cabe decir que los grandes científicos, Newton, Einstein, Hawking, eran también personas enormemente imaginativas, que se hicieron preguntas como “¿Y si la caída de los cuerpos y la órbita de la luna respondieran a la misma fuerza?” “¿Y si el espacio y el tiempo no fueran absolutos, sino que dependieran de la velocidad?” Una vez imaginada la posibilidad (la fuerza de la gravedad, la relatividad especial, etc.) el científico adquiere una comprensión más profunda de lo real, con inesperadas y fructíferas interconexiones entre fenómenos aparentemente independientes: exactamente lo que le sucede al creyente, en especial al neocreyente o converso, que de pronto siente como si su visión se aclarase, como si ahora todo encajara de manera mucho más lógica, como si por vez primera pudiera pensar, no dar vueltas interminables en torno a los mismos problemas. De hecho, sin el pecado original es imposible entender la aparente paradoja de un Dios omnipotente y bueno que permite el mal. Y por supuesto, sin el pecado original, la figura de Jesús queda reducida a la de uno de tantos sabios o maestros morales que registra la historia. A los conversos nos queda entonces un último obstáculo: no dejar que nos afecten las homilías de esos sacerdotes septuagenarios que ahora “descubren” que Jesús vino a hablarnos de la felicidad, no del pecado. (Basado en hechos reales, concretamente en la misa del pasado domingo en la catedral de Tarragona.) Luego pronunciarán el “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo” sin aparentemente ser conscientes de la incongruencia de sus anteriores palabras. ¿Para qué necesitamos escépticos religiosos, si tenemos ya a los sacerdotes que descubren hoy (quizás por una pérdida de memoria, debida a la edad) los tópicos irreligiosos que ya eran viejos cuando Graham Greene y el padre Trollope conversaban en la catedral del Nottingham, hace casi un siglo?

Un comentario sobre “Obstáculos a la fe

  1. Ese creo que es el origen de los males de nuestro tiempo. A los que nacimos antes de la eclosión del Concilio Vaticano II se nos educó con la misa en latín y cantos gregorianos. Pero no solo pudimos conocer la belleza de la liturgia tridentina, supimos de la existencia del Mal, del Pecado Original y del Infierno. A los curas comunistas, jóvenes bárbaros de entonces, se les hizo muy fácil arrumbar todos esos esos signos del Oscurantismo de épocas anteriores. Los jóvenes curas no venían a reformar la liturgia, venían a revolucionar, y aún a dinamitar cuanto se opusiera a su paso, Doctrina incluida, hasta que Juan Pablo II los espantó. Gracias a Dios. Pero el Mal ya estaba hecho y todavía no está reparado. Para muchos curas de hoy Dios sólo es misericordioso, nunca se quieren acordar de que también es justo, aunque luego en el Credo reciten: “…Y ha de de venir a juzgar a vivos y muertos…”

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