Los otros virus

Lo primero que supimos de la epidemia de Covid-19 es que se originó muy cerca del laboratorio de alta seguridad del Instituto de Virología de Wuhan. Ignoro cuál es la probabilidad de que se trate de una mera coincidencia, pero sospecho que debe ser muy baja. En segundo lugar, tenemos las incógnitas que permanecen sin desvelar sobre el origen del virus por evolución natural. Así lo han señalado los científicos españoles de la Universidad Rovira i Virgili (Tarragona), Antoni Romeu y Enric Ollé, en su estudio “COVID-19: descifrando el origen”, donde afirman: “La duda puede hacer pensar que el SARS-CoV-2 sea un producto de laboratorio o un virus manipulado a propósito. La tecnología necesaria para ello está disponible.” Y en tercer lugar, el modo en que el virus consigue colapsar los sistemas sanitarios, saturando las UCI, coincide con lo que cabría esperar de un arma biológica expresamente diseñada con el fin de provocar un elevado número de bajas, que comprometan la entera organización socioeconómica. Esto no significa que la pandemia sea un ataque chino deliberado: basta con que el arma exista en alguna fase de perfeccionamiento y que se produzca una fuga accidental. Además, existe otro tipo de armamento que actúa de modo comparable, por su bajo coste relativo de producción y su facilidad de propagación: son los virus ideológicos. Infinitamente más peligrosos que las tan pregonadas fake news, porque se apoderan de casi todas las instituciones, en cierto sentido son incluso más efectivos que un virus biológico, al no ser percibidos como un arma contra un enemigo concreto, ni siquiera como un mal. Quizás el más evidente sea el virus ecologista, que utiliza la loable preocupación por el medio ambiente como vía de entrada para comprometer a los países occidentales con dispendios astronómicos, encarecimiento de la energía, cierre de sectores productivos, etc., mientras que China o Rusia se ríen fronteras adentro de los acuerdos internacionales. Pero otros virus ideológicos tienen a la larga efectos más devastadores. Uno es la ideología de género. Esta actúa de tres modos para destruir las sociedades. Primero ataca la ancestral alianza entre hombre y mujer para reproducir la especie y proteger su descendencia, convirtiéndolos en enemigos. Segundo, antepone un igualitarismo quimérico a cualquier criterio de excelencia y eficacia, seleccionando a los individuos en razón del sexo en lugar del mérito. Y tercero, socava la autoestima de las sociedades occidentales, condenándolas sin apelación como opresivamente patriarcales, mientras que aquellas donde realmente las mujeres son tratadas como una casta inferior, son juzgadas con sorprendente indulgencia. De nuevo -¡oh casualidad!- los chinos no parecen demasiado afectados por el virus del feminismo radical, pese a que la conferencia de la ONU de 1995, que consolidó la ideología de género como principio legislativo, se celebró precisamente en Pekín. Lo cual nos lleva a un tercer virus ideológico: el globalismo. Este propugna una total libertad de circulación de las mercancías y de las personas, ideales abstractos difíciles de objetar. En una Arcadia feliz, donde todos los Estados fueran limitados y pacíficos, valdría sin restricciones la verdad de que para un país es más ventajoso comprar en el extranjero los productos que le resultaría más costoso fabricar él mismo. Pero el propio Adam Smith reconoció que esta lógica tenía sus límites en la defensa nacional. Estados como el chino comunista, aparte de no jugar limpio en las reglas de libre comercio, se benefician de ellas para adquirir un poder que puede acabar amenazando las libertades en todo el mundo. En cuanto a la inmigración, tampoco podemos hacer abstracción de las culturas a las que pertenecen los individuos, como si fueran átomos aislados, y fingir que en su forma masiva y descontrolada no es una fuente de problemas. Sin embargo, el Pacto Mundial sobre Migración de la ONU propone censurar y perseguir las opiniones contrarias a la inmigración masiva, tratándolas como “discursos de odio”. No es de extrañar, como señala Axel Kaiser en su libro La neoinquisición, que algunos de los países que más gustosamente han firmado el pacto sean China, Rusia, Venezuela o Cuba, que obtienen así un pretexto adicional para perseguir la disidencia ideológica. Tampoco es casual que el gran perjudicado por la inmigración masiva sea Occidente, y dentro de él, las clases populares, que sufren en primera línea la inseguridad, la presión sobre los servicios públicos y, en zonas cada vez más numerosas de Europa, la implantación de la ley islámica. Los virus ideológicos nos debilitan y desarman frente a enemigos externos e internos, y lo hacen con el respaldo abrumador de los gobiernos, la Unión Europea, la ONU y grandes corporaciones. Los mismos que pretenden salvarnos de la pandemia del Covid-19. Ni hecho ex profeso.

2 comentarios sobre “Los otros virus

  1. Me quito el sombrero ante tan lúcida, completa y breve (dos veces buena) descripción del panorama. No se puede mejorar lo dicho, solo felicitar a quien así lo pensó y tan bien lo expone. Solo unas preguntas: ¿Cúal es de todos el virus mas peligroso y mortal? ¿Cómo han hecho para combinarlos todos y así provocar una de las mayores crisis de la humanidad? ¿Cuánto tiempo ha de pasar para que recuperemos el valor y la fuerza para parar esto de una vez? ¿Cómo… que no se ha hecho exprofeso?…Perdón por este abuso. Siempre ha sido mucho mas fácil preguntar que encontrar buenas respuestas

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