El dogma de Laplace

La modernidad se erige sobre tres grandes dogmas. El más paradójico es que los dogmas son los grandes enemigos de la racionalidad, cuando lo único que ha logrado la edad moderna es sustituir unos por otros, pero sin la honestidad de reconocer que tan indemostrables son los nuevos como los antiguos. Otro dogma fundacional es que el ser humano carece de una naturaleza fija. De este se desprenden casi todos los sofismas contemporáneos, desde la negación feminista y transexualista de la mera biología hasta los totalitarismos que tratan de modelar un hombre nuevo, pasando por la beatería pedagógica, que cifra en la educación la solución de todos los males. Pero el dogma supremo, del que acaso deriven los anteriores, es el que llamaré dogma de Laplace, en honor del protagonista de la conocida anécdota. Cuentan que cuando Napoleón le preguntó al astrónomo y matemático Pierre-Simon Laplace cuál era el papel de Dios en su exposición del sistema newtoniano, este le respondió: “No he necesitado esta hipótesis”. Yo entiendo por el dogma de Laplace algo que va mucho más allá del mecanicismo. El progresista está imbuido de la convicción de que si Dios no existiera, no cambiaría nada: no sólo podría funcionar perfectamente la máquina del universo, sino que seguirían existiendo el bien y el mal, y la racionalidad seguiría siendo el revés de la trama de lo real. Incluso los creyentes han interiorizado este dogma, como se deja ver cuando conceden que para defender la vida, comprender la naturaleza o venerar a Johann Sebastian Bach, no es necesario creer en Dios. Muchos cristianos confían de este modo, con la mejor de las intenciones, en hallar un terreno común en el que tanto creyentes de todas las religiones como ateos y agnósticos pueden convivir. Y en efecto, la convivencia es posible, pero no gracias a esta idea del terreno común, sino a pesar de ella. No hay una tierra de nadie entre Dios y la ausencia de Dios; lo que hay es que quienes no creen en Él rara vez llevan su increencia hasta las últimas consecuencias: ¡Afortunadamente! La inmensa mayoría de ateos siguen admitiendo como verdaderas nociones cuyo fundamento último es la existencia de un absoluto trascendente, aunque se nieguen a reconocerlo, salvo quizás en un sentido meramente histórico. Pero si no hay Dios, el bien y el mal no son más que conceptos relativos, reductibles a estados subjetivos de placer y dolor que a su vez no son más que posiciones moleculares en el cerebro humano. Si no hay Dios, no hay un porqué último, solo un “cómo” instrumental, y por tanto no hay verdadera razón de nada: todo lo que no es formalmente lógico o matemático es porque sí. Y en fin, no es concebible que Bach hubiera compuesto su “Pasión según San Mateo” sin su profunda devoción. Una sociedad atea puede valorar el bien, la verdad y la belleza, sin necesidad de comprender su auténtico origen. Lo dudoso es que sea por tiempo indefinido. Y hay síntomas cada vez más preocupantes (en las costumbres, las leyes y el arte) de que nuestra sociedad ha perdido ya buena parte de su capacidad para reconocer lo bueno, lo verdadero y lo bello.

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