Supremacismos

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, ha anunciado que el ministro del Interior presentará en otoño un proyecto de ley para luchar contra lo que denomina el “separatismo islamista”, que reniega de las leyes republicanas para acatar exclusivamente la ley islámica. Me pregunto si la expresión no le ha sido sugerida al dirigente galo por el separatismo catalán, caracterizado por su rechazo a acatar la legalidad constitucional española. Ambos movimientos tienen en común la reivindicación de un trato diferencial, de un estatus de privilegio para una determinada comunidad, asociada o no a un territorio con fronteras fijas. El separatismo no es más que la sombra del supremacismo. Forzosamente, quien se considera superior a otro se separa de él, aunque esto sea lo de menos. Los medios de comunicación hablan cada día del supremacismo blanco en los EEUU, pero el hecho es que la política actual está condicionada por un tipo de supremacismos mucho más taimados y poderosos: los de quienes se erigen en portavoces de supuestos colectivos oprimidos para exigir un trato reparatorio de duración indefinida, cada vez más imperativo y quisquilloso; la definición misma, apenas velada, del privilegio. El Black Lives Matter, el feminismo radical, el movimiento LGTB, el multiculturalismo, todos ellos, bajo una engañosa pero efectiva retórica igualitaria, defienden que los negros, las mujeres, los homosexuales o los inmigrantes merecen unas leyes y unas políticas propias, distintas de las que protegen en el Occidente demoliberal los derechos de cualquier persona, independientemente de su sexo, raza, religión, etc. Aparentemente reclaman unos derechos universales, que en realidad ya tienen como individuos, pero sólo les preocupan las desigualdades que no favorecen a determinados grupos, atribuyéndolas a una injusticia estructural. Las asimetrías que perjudican a otros, en especial a los supuestos opresores, no les producen la menor inquietud. Que un policía blanco mate a un negro no es ninguna razón para provocar disturbios, saqueos e incendios, y desde luego no lo es más que si un policía negro mata a un blanco. Sobre todo cuando las estadísticas demuestran que un blanco, en un encuentro con la policía, tiene más probabilidades de resultar muerto que un negro, y que los negros mueren violentamente, en su gran mayoría, a manos de otros negros. El democratismo, entendido como la abolición de toda nobleza hereditaria, se diría que no ha hecho más que reintroducirla de forma burlesca, al justificar los privilegios colectivos como compensación histórica por las injusticias reales o imaginarias sufridas por los antepasados, en lugar de por su gestas heroicas, más o menos fabulosas. Hemos sustituido el mito por el agravio, la leyenda por el relato sórdido, la veneración por el resentimiento. Y esto para beneficiar sólo a unos pocos activistas profesionales y, sobre todo, a los Gobiernos que los utilizan para aumentar su poder sobre una sociedad dividida en grupos enfrentados.

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