La impiedad moderna

Uno de los tópicos habituales del pensamiento progresista, además de oponer ciencia y religión como modos de conocimiento irreconciliables, es enfrentar a la Antigüedad clásica con el judeocristianismo. El procedimiento no es nuevo, pues tiene su origen en la propia Edad Antigua, cuando ya algunos autores culparon al cristianismo de la decadencia del Imperio Romano. Lo cual llevó a la réplica del más grande Padre de la Iglesia, y probablemente el mayor filósofo cristiano de todos los tiempos: San Agustín de Hipona. De hecho, la influencia de la literatura grecolatina en San Agustín, en Boecio, en Santo Tomás, en Dante, etc., es tan profunda y extensa que resulta casi ridículo señalarla. Pero el argumento principal contra la falacia de oponer Atenas y Roma a Jerusalén es que el pensamiento progresista no sólo supone una ruptura con el cristianismo, sino con el espíritu más íntimo del paganismo antiguo, que no puede entenderse sin el concepto de piedad. Por definirla con pocas palabras, ésta sería la virtud de amar y respetar (venerar) algo superior a nosotros. Tanto el hombre grecorromano, como su heredero el cristiano, explican la existencia del mal en el mundo como resultado de la pérdida de la piedad, es decir, la desobediencia o alejamiento de la divinidad, sea por ignorancia o por soberbia. Así nos lo relata el poeta romano Ovidio (coetáneo de Jesús), al narrar la decadencia de la raza humana por edades sucesivas, desde la mítica Edad de Oro hasta la sangrienta Edad de Hierro, cuando surgen el crimen y la guerra, y “yace vencida la piedad”. (Metamorfosis, I, 145-150.) El mundo contemporáneo se rige en cambio, nada secretamente, por la arrogante divisa anarquista “Ni Dios ni amo”: Por el cuestionamiento no sólo de Dios, sino de toda autoridad y objeto venerable, como la paternidad, la patria, la realeza… Lo cual, significativamente, no ha sido obstáculo, sino más bien causa, de la instauración de algunas de las peores tiranías de la historia. No hay paradoja en ello: todo tirano reclama una sumisión abyecta y exclusiva, una grosera parodia del amor y sincero respeto que el piadoso pagano profesaba a dioses, faunos y ninfas, y el cristiano al Dios Trino, a la Virgen y a los santos. Como sucedáneo de la piedad, el progresista contemporáneo nos ofrece la compasión, un sentimiento de carácter horizontal e igualitario, pero por ello mismo caprichosamente selectivo, y fácilmente manipulable. Si la piedad nos engloba e incluye a todos como criaturas de Dios, la compasión se manifiesta habitualmente como un sentimiento tribal, es decir, como compasión hacia unos (determinados colectivos o simplemente los que piensan como yo) y odio indisimulado hacia los otros. La aparente admiración de los tiempos modernos por la Antigüedad pagana se basa en un malentendido, en una mirada sesgada que pretende contraponerla al judeocristianismo (y es cierto que hay grandes contrastes entre ambos) olvidando lo fundamental que los une, que es la concepción piadosa de la existencia, el reconocimiento de una realidad divina superior al hombre, tal como éste es superior al resto de animales, en la medida en que alberga una “semilla divina”, según expresión del citado Ovidio. La irreligión de un Lucrecio es la excepción, no la norma del mundo precristiano. La impiedad moderna es por ello tan extraña a la Roma cristiana como a la pagana. Rompe con la Antigüedad entera, desde Homero hasta Boecio, pero no quiere privarse de su prestigio, así que la deforma para convertirla en una suerte de anticipo de la modernidad, frustrado por los mil años de la “barbarie medieval”, durante los cuales curiosamente no sólo no fueron olvidados Homero, Platón, Aristóteles, Sófocles, Virgilio o Tácito, sino que en los monasterios cristianos se preservaron y copiaron pacientemente sus obras. El mundo clásico sobrevivió no sólo gracias al cristianismo, sino en gran medida en él. Negarlo sí que es la auténtica barbarie.

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