Un mundo normal

Es difícil saber en qué momento consiguieron hacernos creer que de la tolerancia se desprendía la normalización. Nicolás Gómez Dávila, en uno de sus volúmenes de escolios publicado en 1986, ya puntualizó: “Tolerar no debe consistir en olvidar que lo tolerado sólo merece tolerancia.” Por lo demás, el diccionario de la RAE es claro. Tolerar es “llevar con paciencia”, también “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente” y, por si quedaba alguna duda, en su cuarta acepción: “Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.” (Aunque yo más bien precisaría: respetar a los demás, no necesariamente a sus ideas o actos, especialmente cuando éstos son aberrantes o estúpidos.) El caso es que, desde hace décadas, el Estado y sus infinitas terminales están pregonando algo completamente reñido con el diccionario: que para ser tolerantes en serio debemos normalizar toda una serie de manifestaciones y conductas que, al menos hasta no hace mucho, se apartaban de lo normal, ya sea en sentido estadístico o valorativo. A poco que se medite, esto acaba siendo lo contrario de la tolerancia. Porque si tolerar es un verbo que se refleja en el dicho “vive y deja vivir”, normalizar a alguien, que suele ser la sociedad entera, a la que hay que transformar mediante métodos de condicionamiento mental (“sensibilización”, “concienciación”) y coactivos (sanciones laborales, sociales y hasta penales por “delito de odio”, o contra la “memoria histórica”) no es precisamente una actitud pacífica. Preciso es reconocer que el argumento a favor de la normalización no carece de cierta lógica: en un mundo normalizado, donde determinadas creencias, costumbres o modos de vivir ya no produzcan ningún rechazo, sencillamente no sería necesario ejercer la tolerancia, por la mera desaparición de aquellos prejuicios que provocan la discriminación y las injusticias. El progresismo, en lugar de moralizar a las personas, mediante la conversión individual, para cambiar el mundo (como propugnó siempre el judeocristianismo, aunque tantas veces cayera, incongruentemente, en la intolerancia) defiende cambiar el mundo para moralizar (o lo que entiende por tal) a las personas. El problema con este método colectivista y determinista es que la moralidad se posterga indefinidamente, ya que de todos modos no se considera plenamente factible su aplicación actual, lo que acaba justificando hasta el crimen, si supuestamente contribuye a la implantación del paraíso ético futuro. La normalización trata de imponernos una serie de dogmas que ni siquiera reconoce como tales (suele confundirlos con conclusiones de debates ya cerrados), mientras que la tolerancia, aún creyendo en unas verdades determinadas, concede que la falibilidad humana no autoriza a establecerlas por la fuerza, ni tan siquiera aunque toda la humanidad, menos un solo individuo, las profesara, como nos enseñó el mejor John Stuart Mill. El tolerante confía, con aparente ingenuidad, en que, en un marco de debate intelectual libre y sin violencia, la verdad se abrirá paso por sus propios medios, sin necesidad de erradicar por siempre el error, que es consustancial al hombre. El normalizador no descarta crecientes grados de coacción, ni le hace ascos a la manipulación y la mentira, si con ello consigue su objetivo final: que exista un pensamiento unánime y oficial, o más exactamente, que los seres humanos no puedan, literalmente, pensar de modo discordante. No se dejen engañar cuando le oigan hablar de diversidad: se refiere a las identidades políticas (de género, étnicas, etc.), no a las ideas. Y como sentencia Carlos Marín-Blázquez: “Cuando las opiniones convergen, la tiranía acecha.” (Fragmentos, 588.) El normalizador no es más que un neoinquisidor que, si bien ya no quema a nadie en la hoguera, es perfectamente capaz de destruir civilmente a cualquiera que se atreva a cuestionar sus axiomas, o simplemente plantear debates tabú, como explica con detalle Axel Kaiser en su reciente libro La neoinquisición. Persecución, censura y decadencia cultural en el siglo XXI. Si la tolerancia es un concepto de evidente raigambre liberal, la normalización (y sus correlatos “inclusión”, “visibilización”, “paridad de género”, etc.) revela un espíritu genuinamente totalitario, aunque nos lo estén vendiendo como exactamente lo contrario.

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