Por qué creo en Dios

Creer en Dios es una cuestión de fe, pero también de razones, pues si Dios existe, los argumentos de los ateos tienen que estar equivocados. En síntesis, para mí la idea de Dios responde a una cuestión metafísica radical: qué relación hay entre el Absoluto y todo lo demás. Entiendo por Absoluto un ser que existe por sí mismo, sin necesidad de ningún otro, y que por tanto es infinito y eterno, pues nada puede limitarlo. Que un Absoluto existe es algo que casi todo el pensamiento religioso y filosófico ha asumido, de manera más o menos explícita, desde sus remotos orígenes. Las únicas filosofías ajenas a tal concepto han sido el escepticismo radical y el positivismo. Pero estos, llevados hasta las últimas consecuencias, conducen a la destrucción del pensamiento; sólo habría una sucesión de fenómenos sin sentido ni conexión entre sí. Todos los demás sistemas religiosos y filosóficos, tanto ateos como teístas, tanto materialistas como idealistas, postulan, de manera sobreentendida o no, un Absoluto, es decir, una realidad primordial necesaria y eterna, ya sea la materia o el Dios judeocristiano. Y es que el Absoluto se puede concebir de dos modos fundamentales, como inmanente o trascendente. O bien es la totalidad de lo existente, y por tanto no hay nada fuera o además de él; o bien no es el todo, sino que el mundo existe separadamente de él, de alguna manera. La primera opción se halla sumamente desarrollada en el pensamiento oriental, por ejemplo, en el budismo. En Occidente fue formulada por numerosos filósofos griegos, al menos desde Parménides. Para los atomistas griegos, el todo era un número infinito de átomos danzando en el vacío, formando y destruyendo azarosamente infinitos mundos, a lo largo de la eternidad. Decía Epicuro en su Carta a Heródoto: “El todo fue siempre tal como ahora es, y siempre será igual. Porque nada hay en lo que vaya a cambiarse.” En el siglo XVII, Spinoza llamó Dios a lo Absoluto, aunque no tuviera nada que ver con el Dios bíblico. En su Ética afirmaba: “Todo cuanto es, es en Dios, y sin Dios nada puede ser ni concebirse.” Actualmente, el inmanentismo revive en las especulaciones cosmológicas sobre el llamado multiverso, que tratan de explicar por qué las leyes físicas parecen concebidas para favorecer la aparición del hombre, postulando la existencia de infinitos universos paralelos con leyes y constantes distintas. El inmanentismo o panteísmo (en el fondo son indistinguibles, como he desarrollado en una entrada anterior) atrae poderosamente a la mente humana por su simplicidad y elegancia, pero tiene un problema: que en él la libertad es una mera ilusión, puesto que todo cuanto sucede, y lo que haga el hombre, forma parte del ser eterno e inmutable desde siempre. Spinoza fue particularmente franco al respecto, pero lo mismo puede decirse de cualquier forma de inmanentismo/panteísmo. Chesterton, en su libro Ortodoxia, denominó “fatalismo científico” a la idea de quienes aseguraban que “todo era como debía ser y que se había desarrollado sin el menor error desde el principio.” Por supuesto, nada de lo que hagamos tiene valor moral alguno, si no hay libertad. “Es imposible extraer del panteísmo un impulso hacia la acción moral. Pues la naturaleza del panteísmo implica que tanto da lo uno como lo otro, mientras que la acción requiere que una cosa sea preferible a otra.” Si el positivismo destruye el pensamiento, el inmanentismo destruye la aventura. La alternativa a esta idea es, como dijimos, el Absoluto trascendente. Que el mundo existe de algún modo separado, sin confundirse, sin ser absorbido por el Absoluto. Y hay una asombrosa, casi inconcebible explicación para ello, por vez primera enunciada en el Génesis: que el mundo haya sido creado por ese Absoluto con plena libertad (de ahí que se conciba como un ser de carácter personal), no como una emanación o manifestación fatalmente necesaria de Él. Volviendo a decirlo con palabras de Chesterton: “La frase clave del teísmo cristiano es que Dios fue un creador, como pueda serlo un artista.” Y el principio que subyace a la idea de creación “equivale a una ruptura (…). Cualquier creación es una separación.” Cómo esta traumática ruptura puede llegar a superarse, sin anular la libertad humana, ya no es mero teísmo, sino cristianismo, del que no me queda espacio para hablar aquí. Lo que ahora importa es que esa separación primigenia en que consiste el acto creador es la condición de nuestro ser mismo, en lo que tiene de esencialmente distinto de una piedra, un perro o una máquina. Tal vez sea imposible demostrar la existencia de Dios. Pero podemos preferir una visión u otra del Absoluto. En un caso nos cerramos a la fe, y en el otro nos abrimos a ella. Yo he elegido lo segundo, sencillamente.

6 comentarios sobre “Por qué creo en Dios

  1. Yo también he elegido lo segundo y lo he hecho después de 40 años de ateismo combinado con espiritualismo new age, teísmo, politeísmo, panteísmo, sincretismo, budismo, etc, etc…Cada año una moda nueva, para estar “a la page”.
    Leer Ortodoxia de Chesterton sirvió para regresar a mi tierra natal, a la religión de mi infancia. Chesterton lo describe muy bien como el viaje de aquel marinero que llevado de su pasión por el exotismo navegó por tierras lejanas, hasta que, al final de sus días, después de un largo periplo, encontró el sitio más exótico de cuantos había visitado…había vuelto a su país de origen!!!. Gracias por tu artículo

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  2. “Tal vez sea imposible demostrar la existencia de Dios. Pero podemos preferir una visión u otra del Absoluto. En un caso nos cerramos a la fe, y en el otro nos abrimos a ella. Yo he elegido lo segundo, sencillamente”, personalmente me quedo con que, cuando haya evidencias de la “existencia de Dios” , no tengo ningún inconveniente en asumirlo, mientras, no deja de ser una ejercicio de especulación intelectual y filosófica, que para debates de invierno, chimenea y café pueden resultar muy reconfortantes, pero que no me interesan lo más mínimo.

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    1. A mí sí me interesa saber por qué estamos aquí. De hecho, no creo que pueda haber una cuestión más importante en esta vida. El indeferentismo para mí es una pose, nadie que piense seriamente puede decir que no le importa saber si cuando morimos se acaba todo y ya está, o si nuestros actos no tienen más importancia cósmica que los de una hormiga.

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      1. Para mi Carlos, pensar, reflexionar, hipotizar, lo que “supuestamente ocurrirá” una vez que mi biología deje de funcionar como hasta ahora lo hace, y mi mente se apague, no tiene ningún sentido (para mi). Lo que sí tiene mucho sentido, es aprender a vivir el presente, a conocerme, al continuo aprendizaje y profundizar en él, porque ahí si tengo evidencias con las que poder trabajar y operar. Puede que sea una pose como tu señalas, o que puedo resultarte un frívolo, pero es mi actitud vital que he aprendido a desarrollar a estas alturas de mi vida (y con la que soy feliz) , después de muchas etapas.

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      2. De acuerdo. Pero interesarse por lo trascendente nunca ha sido incompatible con vivir el aquí y ahora. Al contrario, a mí me hace vivirlo tan intensamente como el que más, pero a la vez sin ese punto de desesperación tan típico de nuestra época, de querer exprimir la vida porque no se confía en que haya nada más.

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  3. Hay personas que les llama lo trascendente y otros a los que no les interesa lo más mínimo. Entra dentro de nuestro “libre albedrío”. No hay ningún problema con ello.

    Ahora bien, descartar de pleno el simple hecho de que “algo” haya podio crear todo esto, carece de lógica. Y matizo “descartar”, porque todo el mundo está en su derecho de creer o no creer. Pero descartarlo para mi no tiene base sólida. Solo un deseo personal.

    Creer no es cuestión únicamente de fé como muchos se empeñan en afirmar. Tiene mucha más lógica, coherencia y solidez pensar que “algo” ha creado toda la funcionalidad que tenemos y de la que estamos rodeados.

    Jamás se va descubrir algo material que “se autocree y cree cosas por sí mismo” de tal complejidad. Esto es solo una paranoia del ser humano moderno, con la que pretende desvincularse de un posible “compromiso”.

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