La autodestrucción del progresismo

El progresismo es el sueño de la reforma radical del hombre por sí mismo. Su formulación más extrema, planteada ya en campos como la biogenética y la informática, se conoce como transhumanismo. Pero ¿qué garantías hay de que un ser imperfecto y pasional como el hombre pueda autotrascenderse en un ser intelectual y moralmente superior? El fantasioso barón de Munchausen, que intentó sacarse a sí mismo de una ciénaga tirando de los cordones de sus propias botas, es una buena imagen del carácter insolublemente paradójico del proyecto progresista. Claro está que la alternativa no se halla en ningún inmovilismo fatalista, no es mirando a la India donde encontraremos una salida. Lo que ha hecho grande a Occidente, sobre todo en el terreno cultural y científico (el poderío económico y militar no fueron más que sus frutos) ha sido la singular simbiosis entre el cristianismo y el racionalismo. El dualismo Dios-mundo, al tiempo que avala la inteligibilidad de lo físico, creado por una inteligencia infinita, y asegura nuestro libre albedrío separándonos de lo Absoluto, señala el único método de conocimiento de la naturaleza asequible a la naturaleza finita de la criatura humana: la humilde observación de la realidad y la amigable discusión racional. Ya sé que a todos nos han contado una historia muy distinta, la de un combate entre fe y razón que sólo en los últimos tiempos habría empezado a ganar la segunda, no sin resistencias reaccionarias. Este relato fraudulento, tejido con medias verdades y leyendas, empieza ya a caerse de modo evidente. En especial desde que, no contento con atacar al cristianismo, el progresismo cada vez se está alejando más de la propia razón, es decir, del debate argumentativo. La discusión racional (que no la inventó la Ilustración, sino que había alcanzado ya un alto grado de perfeccionamiento en la escolástica medieval, tan injustamente caricaturizada) se está viendo crecientemente desplazada por un emotivismo pringoso, compuesto tanto de “empatía”, buenismo y sensiblería como de sus inseparables correlatos, la ira, la indignación y el odio. Cada vez son más los temas que ni siquiera pueden discutirse, incluso las palabras que no pueden pronunciarse, porque ofenden a colectivos supuestamente discriminados, o a quienes hablan en su nombre. Este emotivismo es por naturaleza tramposo, no dudando en adoptar a veces un ropaje racionalista, si ello sirve a sus intereses y veleidades. Así, se nos dice, citando a Karl Popper, que no se puede ser tolerante con los intolerantes. Naturalmente, el pensador austríaco se refería a quienes emplean la coacción en lugar del debate racional, pero los progresistas retuercen el sentido de esas palabras para prohibir los debates que no les gustan, por muy pacíficamente que se planteen; es decir, lo entienden exactamente al revés. Del sapere aude (“atrévete a saber”) de Kant hemos pasado al “no quiero saber, no quiero escucharte porque la sola exposición de tus ideas me ofende”. La paradoja progresista no podía terminar más que de esta manera, en la autodestrucción. Solo saldremos de esta crisis de civilización si en lugar de abominar de la historia, como si no nos hubiera legado más que lacras, nos reencontramos en ella, lo que es tanto como decir en nuestros clásicos y en nuestra fe.

2 comentarios sobre “La autodestrucción del progresismo

  1. Carlos, primero que nada, me encanta tu blog y creo que eres ilustrado e interesante como escritor, pero me gustaría aclarar que no creo que Transhumanismo sea la formulación más extrema del progresismo, y lo digo porque quienes desean el trashumanismo no solo son progresistas, los hay liberales que admiran a Nietzsche, libertarios, y hasta aceleracionistas. Incluso yo diría que los progresistas al ser moralistas, no creen tanto en el sueño transhumano como otros.

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  2. Magnífica capacidad de síntesis, visión global propiamente filosófica, perspicacia crítica, claridad expositiva (en esto no soy objetivo, porque pertenezco al gremio filosófico). No puedo leerte siempre, Carlos, pero esto es de lo mejor que te he leído.
    Tu definición del progresismo es una obertura soberbia. Estarás de acuerdo en que el síndrome cultural actual, con sus desencadenantes epocales peculiares, es recurrente en su clave abstracta: la disolución de la racionalidad (la mesura) por la deriva hedonista y emotivista, preñada de contradicciones, en que consiste el irracionalismo. Por supuesto, rechazo los pos-modernismos y los trans-humanismos y propugno contigo el clasicismo de la relilustración permanente, e igualmente recurrente (por fortuna, o por el péndulo heraclitano de la historia) como proyecto de la racionalidad autocrítica que nos humaniza y evita el destructivo endiosamiento del inmanentismo materialista. Un abrazo.

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