Duérmete niño o vendrá el fascismo y te llevará

El fascismo, desde que Hitler se voló los sesos en su búnker para bien de la humanidad, es una ideología meramente residual en Occidente. Si nos ponemos a buscar y rebuscar, claro que encontraremos neonazis y racistas (además de machistas, homófobos y todos los –fobos que quieran), pero por mucho que nos mareen con estadísticas, a menudo infladas, de agresiones a los llamados “colectivos vulnerables” (que en realidad representan un porcentaje muy bajo de todas las agresiones), no existe ninguna razón para pensar que los sujetos que las cometen sean una amenaza seria y organizada a las libertades de nadie, más allá de la cuota de indeseables que existe en cualquier grupo humano de cierto tamaño. Bien es verdad que el fascismo, dejando de lado su racismo y sus mitologías paganoides, comparte con el leninismo un culto a la violencia y al Partido o Movimiento que están lejos de haber sido superados. Lenin es el verdadero patrón de la violencia política contemporánea (como respuesta a una supuesta violencia estructural del capitalismo), así como de la politización de todo aspecto de la existencia humana, desde la sexualidad hasta el arte. Y de esto no nos hemos librado en absoluto; más bien al contrario, sigue siendo probablemente el mayor peligro que, este sí, se cierne sobre nuestra civilización. La razón del empeño en asustarnos con el fascismo reside exactamente ahí. La ultraizquierda necesita postular un fascismo eterno para justificar y embellecer épicamente su existencia, para enmascarar que es ella el auténtico y real totalitarismo, aún vivo, pese a su incruenta derrota con la caída del Muro de Berlín. Para ello recurre tanto a la descalificación (es fascista e intolerante todo el que se desvía del progresismo ambiental, por tanto no hay que permitirle siquiera expresarse) como a la técnica de la asociación. Son los mismos, nos dicen señalando a quienes quieren estigmatizar, que fusilaron a Lorca, los mismos que bombardearon Guernika, aunque no exista el menor indicio para establecer esa continuidad histórica, por ejemplo con un partido como Vox, fundado en 2014, entre otros, por víctimas del terrorismo nacionalmarxista de ETA. Pero quizás la técnica más efectiva sea la propia violencia ejercida contra el supuesto fascismo. El objetivo es hacer ver como real algo que “provoca” tal violencia, y de paso presentar a quien la ejerce como su airada antítesis. Los medios afines al progresismo, que son casi todos, colaboran de mil amores con la estrategia izquierdista. Ya se encargan ellos de hablar de “enfrentamientos”, de “cargas” y de piedras que vuelan autónomamente, como si las agresiones fueran bidireccionales, y a saber quién empezó. (¡Los que bombardearon Guernika, tal vez!). Ya deploran ellos hipócritamente la violencia izquierdista que no puedan ocultar, señalando que eso es lo que busca la ultraderecha, que no hay que caer en su juego. No preocupa a la extrema izquierda el riesgo de que, por utilizar esos métodos, reciba de vuelta, como un bumerán, su insulto preferido: fascista. Como si la violencia política la hubiera inventado Mussolini, y anarquistas y bolcheviques se hubieran dedicado antes a repartir caramelos. No se dan por aludidos, y ya les va bien: llamar fascistas a los comunistas contribuye a consolidar más aún la idea de que el gran problema, la gran amenaza, es siempre el fascismo, con una careta u otra, por definición. Así es como han obtenido su mayor victoria, que desistamos de llamar comunistas a los comunistas porque suene, cuando no como un elogio, como una acusación entre ridícula e histérica, algo así como señalar la presencia del diablo, en esta sociedad tan orgullosa de su agnosticismo y tan creída de su carácter científico. (Lo que no le impide dar crédito al yoga, o a la ideología de género, negadora de la biología.) Es sabido que el mayor éxito del príncipe de las tinieblas es hacernos creer que no existe. El comunismo ha conseguido lo mismo, escudándose con el antifascismo.

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