Negacionismo

Supongo al lector enterado de la última o penúltima gesta del Congreso de los Diputados: la aprobación, con los votos en contra de la tercera fuerza parlamentaria (Vox), de la Proposición No de Ley del PSOE que “insta a combatir discursos machistas y negacionistas de la violencia de género”. No sabemos en qué se puede traducir jurídicamente la expresión “combatir discursos”. ¿En imponer la censura? ¿En perseguir delitos de opinión? ¿En instaurar una Policía del Pensamiento? Pero no es esto lo que más me preocupa, porque las PNL suelen ser brindis al sol, como cuando el parlamento catalán declara el derecho de autodeterminación. Lo que realmente me ofende aquí (y empleo no sin reticencias un verbo tan prostituido por la corrección política) es el término “negacionismo”. Ante todo, porque utilizar esta palabra para estigmatizar al que niega meras teorías, hipótesis o elaboraciones ideológicas, y no hechos evidentes, es un insulto a las víctimas de la Shoah. Esta sociedad amnésica olvida demasiado a la ligera que la palabra “negacionista” originariamente sirvió para calificar a quienes cuestionaban la verdad histórica del exterminio deliberado y sistemático, en especial mediante las cámaras de gas, de más de cinco millones de judíos, por el régimen nacionalsocialista de Hitler. Me van a perdonar el exabrupto, pero estoy hasta los cojones de los antisemitas de extrema derecha y de extrema izquierda. De los que o niegan el Holocausto o, estableciendo comparaciones falaces y ruines entre el estado de Israel y el nazismo, lo banalizan. Y quizás esto último sea lo peor. Porque si poner en duda hechos sobradamente documentados es una estupidez sin apenas recorrido, trivializarlos y desnaturalizarlos resulta mucho más dañino. No pretendo que no se pueda extrapolar el término negacionista a quienes cierran los ojos o callan ante otros genocidios, además del padecido por los judíos europeos. En España tenemos un gobierno con ministros comunistas (tanto de Izquierda Unida como de Podemos; no es nuevo que usen marcas distintas, lo han hecho siempre desde Lenin o antes) que no reconocen los genocidios cometidos por los socialismos totalitarios. Y hay un negacionismo especialmente sangrante, por ser tristemente actual: el de quienes niegan que en el útero materno exista vida humana, como los nazis negaban que sus víctimas fueran algo más que infrahombres. Tampoco es nuevo que la izquierda, la gran negadora, proyecte en los demás sus propias taras, y tenga la desfachatez de llamar negacionistas a los únicos diputados que hoy preservan la dignidad de nuestras instituciones representativas. Como la brava Macarena Olona, de Vox, que en pocas palabras desacreditó no por vez primera, pero sí quizás para siempre (con el tiempo se verá), la ideología de género: “El hombre no viola, viola un violador; el hombre no mata, mata un asesino.” Esta ideología que sostiene que la violencia que sufren algunas mujeres es “la manifestación más cruel de la desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres” en realidad está haciendo algo que, lo repito, es aún peor que negar un hecho. Decirle a esa mujer que de verdad sufre maltrato diario, por parte de un canalla o un psicópata con el que ha tenido la mala fortuna de cruzarse en su vida, que su problema se debe a un machismo estructural, de la misma naturaleza que supuestamente se manifiesta en el camarero que sirve un zumo y una cerveza a una chica y un chico, respectivamente, o en la escasa representación femenina en la lista Forbes de los mayores ricos del mundo, es una infame banalización, además de una burla y una estafa. Por lo pronto, permite justificar que los recursos económicos que la sociedad podría emplear en rescatar eficazmente a esas auténticas víctimas sean malbaratados por centenares o miles de chiringuitos políticos, que han hecho de un feminismo ultraizquierdista y androfóbico medio de vida y plataforma de poder. Pero al desamparo se añade la afrenta, cuando se le dice a una víctima que su maltratador no es, en el fondo, el mierda y el cobarde que la hace vivir aterrorizada, sino el “patriarcado”. Un ente mítico al cual se derrotará en un impreciso futuro dorado, siempre aplazado como el fin del mundo maya o el paraíso socialista. Vaya desde aquí mi profundo desprecio para todo maltratador, sea machista o no, sea del sexo que sea; y mi desprecio también para los negacionistas y banalizadores, pero los de verdad.

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