El innominado dios moderno

Toda concepción del mundo y de la sociedad deriva de alguna concepción teológica, como ya nos enseñara Donoso Cortés. Un cristiano y un musulmán sostienen posiciones completamente diferentes sobre la sociedad, no por casualidad, sino como consecuencia de sus maneras harto distintas de entender al Creador. Dentro de los mismos católicos, las discrepancias entre conservadores y progresistas pueden remontarse a implícitas teologías disímiles, que podríamos simplificar como la de un exigente Dios Padre, o la de un Dios “colega”, más afín a la desautorizada paternidad contemporánea. Incluso un ateo parte de cierta concepción de la divinidad, aunque sea negativa. No cree en el Dios bíblico (o al menos en la caricaturesca idea que quiere hacerse de Él) pero eso no significa que no adore otros dioses, aunque no los denomine así. Decía Nicolás Gómez Dávila en uno de sus escolios: “El ateísmo auténtico es a la razón del hombre lo que el miriágono a su imaginación.” Concebir hasta las últimas consecuencias un universo en el cual no exista Dios, ni por tanto ninguno de los atributos que inconscientemente abstraemos de Él cuando los aplicamos a la realidad inteligible o a fundar una ética supuestamente autónoma, sería empeño tan inalcanzable como figurarnos mentalmente un polígono de diez mil lados. Por eso, la metafísica monista que subyace en gran parte del pensamiento moderno, ya sea en la forma más tradicionalmente materialista, ya sea en algunas especulaciones cosmológicas punteras de la ciencia actual (como la que nos ofrece el físico Max Tegmark en su libro Nuestro universo matemático) podría sintetizarse perfectamente como un panteísmo, donde el carácter de “ser necesario” de la divinidad se transfiere a la realidad como totalidad. De Parménides a Tegmark, pasando por Hegel y Marx, fluye una corriente del pensamiento occidental que lo reduce todo, con fijación maniaca, a una única realidad necesaria y eterna, en la cual el cambio y la contingencia no dejan de ser ilusiones, o lo que es lo mismo, el desenvolvimiento de algo que en esencia habría estado ahí siempre. Incluso las sangrientas revoluciones que algunos gustan de elevar a grandes hitos de la humanidad no serían, en última instancia, más que transiciones a estados predecibles y por ende eternamente necesarios. No importa que reduzcamos la existencia entera a átomos, energía, razón dialéctica o estructuras matemáticas: la realidad primordial sería una e inmutable, en el sentido al menos de que en ella estarían contenidas todas las cosas desde el principio. De ello se desprende una devastadora conclusión: la inexistencia del libre albedrío, como admitió con implacable franqueza Spinoza. Siempre ha sido así, por cierto: el hombre no se “libera” del Dios del Sinaí y del Calvario (el que abolió el Hado de los paganos), no se libera de la dualidad entre Dios y el mundo, más que al precio de destruir la intrínseca posibilidad de la libertad. Si bien los antiguos filósofos atomistas creyeron hallar en el azar de las trayectorias atómicas una vía para salvaguardar teóricamente la libertad humana, basta desarrollar su concepción hasta el final para comprender que esa libertad sería una mera broma cósmica. Si existen infinitos universos, como postulaban Demócrito y Epicuro, habría también infinitas copias casi perfectas del nuestro (entre infinitas otras de todos los grados de disimilitud) que a su vez registrarían cualquier variante imaginable de cada uno de nuestros actos. Decir que yo soy “libre” de subir a un tranvía o no hacerlo, cuando la mitad de mis infinitos dobles decidirán una cosa y la otra mitad la contraria, en universos remotos, no pasa de ser un mero juego verbal, que se presta desde luego a variantes mucho más siniestras. Esto se aplica exactamente igual a las aparentemente novísimas hipótesis sobre universos paralelos, hoy tan en boga. Y para acabar de decirlo todo: si la libertad humana no tiene sentido, nada de lo que hagamos puede ser juzgado desde puras consideraciones éticas. Sólo importaría el fin subjetivo que pretendamos alcanzar. Lo cual admite un sinfín de aplicaciones digamos prácticas, desde la justificación del aborto hasta el genocidio, en las que si no siempre se desemboca, es porque los seres humanos rara vez somos plenamente consecuentes con nuestras premisas, verdaderas o falsas. Gracias a Dios, en el segundo caso.

2 comentarios sobre “El innominado dios moderno

  1. En efecto, todos buscamos una referencia, algo seguro a lo que agarrarnos, normas y valores éticos que sean tan verdaderos como las verdades de la geometría (tal como Sócrates, Platón y Spinoza predicaron).
    Muchos encuentran esa referencia en Dios, otros en las diversas formas del “humanismo ateo”, según el cual el hombre es autosuficiente para elaborar sus propias normas sin necesidad de Dios.

    En definitiva, buscamos algo que sea necesariamente verdadero, pero a veces pienso (quizás en momentos de depresión) que todos son ilusiones y que nuestras breves vidas se rigen por el azar más que por la necesidad.

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