El progresismo como adolescencia

La psicología moderna, o progresista, tiene importantes elementos en común con la psicología del adolescente. Particularmente pienso en afirmaciones típicas de esta edad como mi padre no me comprende, los adultos son hipócritas, lo viejo o antiguo es aburrido. En la adolescencia uno empieza a cuestionarse la infalibilidad de padres y adultos en general, en la que ingenuamente había creído hasta ahora. Es natural que las frustraciones debidas a normas que antes no tenía más remedio que aceptar, ahora provoquen sentimientos y conductas de rebeldía. Y en parte el adolescente tiene razón, porque es cierto que los adultos no son ni mucho menos infalibles. Pero eso no significa que él sí que lo sea, y que no se equivoque con frecuencia al impugnar normas que cree injustas o absurdas simplemente porque no las entiende todavía. Algo similar ocurre en la consciencia progresista. Esta empieza por juzgar a las generaciones precedentes como supersticiosas e intolerantes, sin duda con parte de razón, pero por ese camino se llega fácilmente a despreciar arrogantemente toda sabiduría procedente del pasado. Particularmente, la conciencia moderna tiende a pensar, como los adolescentes de todos los tiempos, que las convenciones sociales son absurdas y con frecuencia injustas. Desde el cuestionamiento del matrimonio (no necesitamos papeles para vivir juntos) o su redefinición (basta que dos se quieran, no importa si son del mismo sexo) hasta el republicanismo (qué sentido tiene que el jefe del Estado sea hereditario), las concepciones contra la religión establecida (Dios es un ser imaginario, y aunque existiera no necesitaría ser adorado ritualmente), contra las jerarquías, la autoridad, el Ejército, el código penal, la propiedad privada, etc. Todo ello se despacha temerariamente (si bien no siempre a la vez ni radicalmente, lo que revelaría demasiado a las claras el carácter utópico de la alternativa) como una imposición absurda e insensible contra la razón y los sentimientos. El hombre moderno, como el adolescente, cree que se podría, y por ende debería, vivir sin convencionalismos ni prejuicios, porque cada ser humano es perfectamente capaz, espontáneamente, de descubrir lo que es correcto, lo que está bien y lo que está mal, como si se tratara de algo sumamente simple y evidente. De hecho, el mal no tendría otro origen que estructuras y creencias heredadas del pasado, que surgieron primitivamente como consecuencia de la ignorancia y la fuerza bruta. Este análisis tiene una vez más, como todo, su parte de verdad más o menos anecdótica. Es cierto que gracias al pensamiento heterodoxo de algunos individuos, el ser humano ha logrado corregir injusticias, costumbres nocivas y falsas creencias. Pero que la norma deba a veces ser modificada no significa que no deba existir ninguna norma. El mayor error es pensar que el ser humano es un ser congénitamente bueno y racional, por lo que podría vivir en paz y armonía sin ningún tipo de prohibición, regla externa ni autoridad. Que podríamos abolir la policía, como algunos proponen estos días en algunas ciudades de los EEUU, sin que el crimen aumentara pavorosamente. Hágase el experimento: quizás sea la única dolorosa manera de que algunos aprendan. Por otra parte, cuando casi toda la sociedad ha asumido las ideas progresistas, la verdadera rebeldía consiste más bien en cuestionarlas. Hoy es más heterodoxo defender la religión cristiana que el ateísmo, es más heterodoxo el monárquico que el republicano, es más heterodoxo criticar la ideología de género que declararse feminista, es más heterodoxo el liberalismo que la socialdemocracia, es más heterodoxo (y sobre todo más valiente) quien afirma que el sexo lo determina la biología que quien confiesa en público su homosexualidad… El progresismo tiende a refutarse a sí mismo, en la medida en que acaba fatalmente convirtiéndose en una ortodoxia como las que tanto detesta, a veces mucho más autoritaria, intransigente y represiva. Pero mientras la adolescencia se supera en la mayoría de casos, no hay ninguna garantía de que ello suceda en la sociedad. En especial mientras haya quien se beneficie de prolongar su inmadurez indefinidamente.

Un comentario sobre “El progresismo como adolescencia

  1. A mi juicio, es utópico pretender que nuestros hijos tengan las mismas ideas que sus padres; del mismo modo que es utópico pretender que las ideas de una sociedad no evolucionen.
    Lo importante es respetarse y no tratar de imponer (ni que nos impongan) los mismos patrones de comportamiento a todo el mundo, y que cada cual responda ante su propia conciencia.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s