Continuidad de las estatuas

De En Comú Podem, abreviadamente los comuns, franquicia de Podemos en Cataluña, ha partido la propuesta, por ahora informal, de desmontar el monumento a Cristóbal Colón de Barcelona, en imitación de los derribos de estatuas del Descubridor que se están perpetrando en los EEUU. Es curioso cómo los comunistas se desviven por imitar todo lo que viene de la patria por excelencia del capitalismo; todo lo malo, por supuesto. Naturalmente, esto es muy probable que termine en nada, como tantas estupideces en formato de globo sonda que lanzan algunos políticos. Pero a la izquierda le gusta que la juzguemos no por sus resultados, que suelen ir de la miseria al genocidio, sino por sus intenciones. Así sea. Por lo pronto, no sé por qué, me he acordado de que hace unos cuantos años (privilegios de superar el medio siglo de vida), algún periódico sacó un 28 de diciembre una portada con un montaje fotográfico en el cual se veía el monumento de Colón inclinado como la célebre Torre de Pisa. Al parecer fueron muchos los curiosos que picaron y se acercaron a verlo. En 2020, semejante inocentada es impensable, al menos en un medio de los considerados “serios”. Quizás porque hoy todos los días son los Santos Inocentes. Al hombre contemporáneo le han vendido que ser críticos no es analizar precavidamente cualquier información que recibamos, venga de donde venga, sino tener formadas unas determinadas opiniones políticamente correctas, seleccionando los medios adecuados, y dejándonos proteger de los bulos por una censura parainstitucional previa, a fin de ahorrarnos el penoso ejercicio de nuestro criterio individual. Ahora bien, para mantenernos en esta inocencia es indispensable borrar el pasado, eliminar cualquier referencia que enturbie o distraiga la fe inquebrantable en nuestros progresistas dirigentes. Es preciso demoler monumentos, cambiar nombres de calles, retirar películas con el menor vestigio de un pasado predemocrático, prefeminista y preglobalista, como Lo que el viento se llevó. A los jóvenes les diremos que América la descubrieron los vikingos, sin entrar en detalles. No notarán ningún hueco cronológico entre la expedición de estos y las de los españoles, porque en su cabeza no habrá otra cosa que un gran hueco, una tabla rasa en la que es muy fácil escribir lo que el poder quiera. Cuando no sabes nada, ni siquiera eres capaz de preguntarte nada, de cuestionarte nada. Todo sea con el fin de alcanzar el radiante futuro de la idiotez feliz. El monumento a Colón no es más que un ridículo obstáculo a esta grandiosa visión progresista. Ha visto guerras, revoluciones, cambios de régimen, y allí sigue, insultantemente inmóvil. Tiene casi la misma edad que la Estatua de la Libertad, erigida dos años antes (1886), con el mismo presidente de los EEUU que sería luego invitado a la inauguración del monumento barcelonés; y un año más que la Torre Eiffel. Sin llegar a la relevancia de ambos monumentos, sin duda los más famosos del mundo, el de la Ciudad Condal comparte con ellos una suerte de continuidad con un pasado en el que todavía existían el Imperio Autrohúngaro, la Rusia zarista y el rey de Italia; tiempos terribles en que todo el mundo, salvo un puñado de ricos, era infeliz incluso aunque no lo supiera. ¡Ni siquiera les dejaban cambiar de sexo, queridos niños! ¡Oh, no es posible! A veces pienso que en realidad ese pasado no ha muerto, y que el presente no es más que una descomunal inocentada.

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