La función de la violencia

Es un tópico incrustado en el lenguaje interpretar la violencia mediante metáforas relacionadas con la combustión, como si se tratara de la explosión de un material inflamable, a consecuencia de cualquier chispa. El ejemplo de actualidad son los disturbios antirracistas en EEUU. El combustible sería la injusticia racial acumulada, y la chispa, el homicidio de un negro a manos de un policía blanco. El problema de esta metáfora no es sólo que implícitamente justifica la violencia, al convertirla en un proceso mecánico donde no interviene la responsabilidad moral, sino que impide comprender su verdadera función. Esto último les sucede incluso, con frecuencia, a quienes son más críticos con dicha violencia. A lo máximo a lo que pueden llegar, partiendo de ese mecanicismo inconsciente, es a intuir que hay personas en la sombra que saben explotar los disturbios con fines políticos. Pero surge aquí una pregunta: ¿a quién beneficia realmente que se saqueen comercios, se incendien coches, se vandalicen y derriben estatuas? ¿No están en realidad haciéndole la campaña electoral a Donald Trump, que así puede presentarse, y con razón, como el defensor de la ley y el orden? La respuesta la he hallado casualmente releyendo una página de Mero cristianismo, de C. S. Lewis. En el capítulo 9 de este memorable libro, el escritor inglés trata de depurar el concepto de caridad (el amor cristiano) del extendido malentendido sentimentalista, según el cual amar a alguien es lo mismo que sentir hacia él una caprichosa e ingobernable emoción llamada amor. Por el contrario, Lewis nos descubre uno de los grandes secretos de la cuestión amorosa: “Cuando nos comportamos como si amásemos a alguien, al cabo del tiempo llegaremos a amarlo.” Pero con el odio ocurre otro tanto. “Si le hacemos daño a alguien que nos disgusta, descubriremos que nos disgusta aún más que antes. (…) Los nazis, al principio, tal vez maltratasen a los judíos porque los odiaban; más tarde los odiaron mucho más porque los habían maltratado.” Este es el sentido último de la violencia política. No es que surja por una explosión de indignación colectiva, instrumentalizada acaso a posteriori; es que ella misma ceba la indignación, tanto entre quienes la protagonizan como entre sus observadores. Los primeros, con su sobreactuación, sienten crecer el odio dentro de ellos a medida que lo destrozan todo a su paso, y así es como se autoconvencen de que el racismo contra el que descargan su ira es mucho mayor de lo que realmente es, con los datos y estadísticas en la mano. Y los segundos también acaban sugestionados de que la opresión existente debe ser de un nivel insoportable, cuando provoca reacciones tan extremas. La violencia, en el fondo, no necesita justificaciones, no requiere argumentos: ella misma es el argumento, ella misma crea su objeto, un ominoso racismo contemporáneo que acaba pareciendo tan visible como el vandalismo que supuestamente se revuelve contra él. No importa que los disturbios puedan incidentalmente favorecer la reelección de Trump: son en sí mismos el despliegue de un movimiento antiliberal, es decir totalitario, llámese Antifa o BLM, que no necesita por ahora llegar al gobierno, porque su ambición va desde siempre más allá de ese obstáculo que es la democracia formal.

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