El artículo de siempre sobre Trump

Según una teoría no sé si ingenua o caduca, en la prensa escrita habría dos clases principales de textos: los de opinión y los de información. En estos últimos, el redactor ofrece una serie de datos, respondiendo a las clásicas preguntas de qué, quién, cuándo, dónde, por qué y cómo. Sin embargo, cuando el tema es Donald Trump, esa distinción no se aplica. Existen por un lado las columnas y tribunas de opinión, en la mayoría de las cuales se sacude sin piedad a una caricatura odiosa y ridícula que pretenden hacernos creer que es el mismo Trump en persona. Y por otro lado existen los artículos de corresponsalía en EE.UU., que proceden exactamente igual. ¿Información? ¿Quién necesita informar si basta con que la gente odie o al menos desprecie a Trump y todo lo que se le pueda parecer?

Por si alguien piensa que exagero, voy a comentar dos artículos de dos corresponsales aparecidos en la prensa de ayer, de carácter sobradamente típico. Son “Trump contra América”, de Francesc Peirón para La Vanguardia, y otro de Lucía Real desde Washington para el Diari de Tarragona, de título algo largo: “Trump echa gasolina a la peor crisis racial de su polémica presidencia en Estados Unidos”. Me referiré a ellos por las iniciales de los autores, FP y LR.

Ambos tienen en común una serie de rasgos:

1) Recaban opiniones sólo de personas críticas con Trump, cuando no de sus directos adversarios políticos. LR, además de a Biden, cita a dos politólogos académicos, una especie que casi por definición suele ser izquierdista, lo que en EE.UU. implica animadversión asegurada contra cualquier presidente republicano. Pero viste mucho citar al profesor Fulano o Mengano, de la Universidad tal o cual. FP tira más de políticos y hasta de un obispo (de entre los 270 obispos que hay en el país), desde luego sin molestarse en aportar la menor variedad, todas casualmente entre las opiniones más ferozmente contrarias al presidente americano.

2) Sugieren un clima generalizado de aversión o estupor ante los actos y las declaraciones de Trump, sin ofrecer al lector la posibilidad de discernir si se trata de algo fundado o la mera opinión del redactor. FP dice que “a muchos” Trump les recuerda al dictador chino Xi Jinping. ¿Cómo que “a muchos”? ¿Por qué se nos hurta la autoría de tan inverosímil comparación entre un presidente elegido democráticamente y el autócrata de una de las dictaduras más férreas del mundo? A menos que ese “muchos” no sea más que el propio redactor, lo que no sería ninguna sorpresa.

3) Abusan de metáforas estereotipadas que son útiles para reflejar emociones (las del propio redactor para empezar) pero prácticamente inservibles para ofrecer una descripción objetiva, contrastable y cuantificable de los hechos: “Alud de críticas”, “echar gasolina al fuego”, “ciego a los problemas”, etc.

4) Exponen los hechos sin separarlos mínimamente de su interpretación, aunque solo sea por un punto y seguido, como si no hubiera diferencia entre una cosa y la otra. Así, el gesto de Trump de aparecer con una Biblia en la mano, o sus declaraciones a favor de la ley y el orden son presentadas como signos inequívocos de hipocresía religiosa, oportunismo electoralista y carácter autoritario. Tal vez sean todo eso, pero ¿no podemos tratar a los lectores como adultos y dejar que lleguen ellos a sus propias conclusiones?

El resultado en ambos casos no es un relato periodístico, sino una pura diatriba furiosa contra un personaje en el que parecen encarnarse casi todos los males. No entraré demasiado en la cuestión de fondo, en las verdaderas causas de los violentos disturbios de EE.UU., con el pretexto de la muerte de un delincuente negro a manos de un policía blanco. Nada justifica el abuso policial, y nada justifica saquear centros comerciales e incendiar las calles para “protestar” por ello. Máxime cuando el autor del primero ha sido detenido para ser juzgado, y cuando la mayor parte de los homicidios en el país norteamericano son cometidos por negros contra otros negros.

Pero incluso si aceptáramos el marco ideológico del racismo sistémico, sería absurdo culpabilizar de él al último presidente norteamericano, sobre todo después del mandato de ocho años de un presidente negro, que se enfrentó con parecidos problemas y no los solucionó, sino que más bien los agravó, reforzando el discurso del victimismo y el resentimiento racial. Y esto último es una opinión mía, por supuesto. Pero a mí nadie me paga por informar desde Nueva York o Washington. A un corresponsal se supone que sí.

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