¿A mí qué me importa?

Hay un tipo de artículo periodístico que a fin de hacer más digerible una crítica a un Gobierno Progresista (pronúnciese con unción y embeleso), empieza por tratar de dejar patentemente claro que el autor no es un meapilas, por usar esa expresión despreciativa tan del gusto de Federico Jiménez Losantos. Con ello puede que consiga ese objetivo inconfeso, pero a la postre no hace más que rendir culto al Zeitgeist progresista, que no es más que la forma laica y socialmente aceptada de ser un meapilas.

Entra dentro de esta categoría una breve columna, irónicamente titulada “¿Por qué existimos?”, y debida a Rosa Belmonte, que es de las pocas periodistas de opinión de mi diario de provincias que vale la pena leer. Aclaro que desde hace tiempo solo compro el periódico provincial, pues visto que todos siguen la misma línea editorial (progresista, por supuesto), al menos prefiero enterarme del obituario local; que uno ya empieza a tener edad para fijarse en esa sección.

Pues hablando de obituario, a mí me pasa al revés que a Belmonte: que me importa más lo que hay después de la muerte que enterarme de cuándo abrirán las peluquerías y los fisioterapeutas. Incluso me importa más la vida de ultratumba que saber si Sánchez sobrevivirá a su calamitosa gestión de la epidemia y seremos capaces de soportarlo unos años más. ¿Qué es la vida eterna comparada con una legislatura o dos?

Balmes decía que el indiferentismo es una insensatez, porque “nadie morirá por mí”. Esto se me antoja incontestable, pero quien se envanece de no tener preocupaciones existenciales suele tirar aquí de Epicuro, a poca formación clásica que posea, y decirte que cuando soy, la muerte no es, y cuando muero, no soy. Esbozaré, pues, un argumento que acaso impresione más a los indiferentes, porque cuestiona su coherencia, esa cualidad tan sobrevalorada en nuestros días.

Estoy convencido de que quien se ufana de no tener curiosidad metafísica o religiosa no vería como digno de elogio que alguien presumiera de no tener el menor interés por la literatura o el arte. Seguro que si alguien dijera “¿a mí qué me importa quién era Sófocles?”, inspiraría una gran lástima a Rosa Belmonte.

Este sentimiento es fácil de entender, porque el hombre contemporáneo ya no cree en Dios, pero sí cree con fervor beatífico, además de en el Progreso, en la Cultura, a la que se atribuyen poderes maravillosos como favorecer la paz entre los hombres y combatir la intolerancia y el fanatismo. Con pruebas bastante endebles, a decir verdad, porque desde la invención de la imprenta, los resultados en materia de evitación de guerras, tiranías y genocidios han tirado más bien a modestos.

Belmonte cita al gran Solzhenitsin (aunque luego lo estropea un poco mencionando a Bret Easton Ellis), a cuento de una atinada comparación del confinamiento con la ausencia de libertades básicas de la Unión Soviética, que es la verdadera pepita de oro del artículo.

Distaída por su empeño en parecer desenfadada y frívola, quizás no cae en la cuenta de que Solzhenitsin no sólo era un hombre profundamente religioso, sino que sin sus convicciones espirituales no puede entenderse su demoledora crítica tanto del totalitarismo comunista como del decadentismo moral de Occidente, que nos está conduciendo a una distopía huxleyana en la que supuestamente ya no necesitaremos creer en nada para ser felices. Ni tampoco saber nada.

7 comentarios sobre “¿A mí qué me importa?

  1. Hola Carlos, sigo con interés tus artículos con los que suelo coincidir. Quiero plantearte, que cuando comentas: “decadentismo moral de Occidente”, interpreto que cuando hay una “decadencia”, es porque venimos de una época en la que la “moral” era observada por la sociedad, por lo que ¿en qué epoca de la historia de Occidente se dió este fenómeno?

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    1. Pues sin ir más lejos, en España nuestros padres trataban de observar unas normas morales más exigentes que las nuestras, aunque ya estaban siendo muy atacadas desde muchos frentes. Pero no soy nostálgico de nada, no se trata de buscar modelos pasados, sino de buscar la virtud siempre y en toda circunstancia.

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      1. Yo tengo 53 años, y cuando era niño era muy habitual, el maltrato físico en las escuelas, la ridiculizacion de aquel que se catalogaba de diferente, el maltrato gratuito a los animales, la ridigez en cuanto a los roles que cada cual “debía” de ocupar en la sociedad, los “pecados capitales”, eran tan comunes como hoy en día y las personas afiliaban con la Fe, más desde el acto ritual, que desde un compromiso consciente con ella y entender su significado, y creo que con variaciones, esto ha sido la tónica a lo largo de la historia.

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      2. Yo tengo 52. Creo que la de mi infancia era una sociedad más intolerante en algunos aspectos, pero menos que la de nuestros abuelos. Hoy creo que hemos pasado a otro extremo, las costumbres se han suavizado, lo que es bueno, pero al precio de destruir referentes que permitían aspirar a una felicidad menos volátil, mas honda. Por ejemplo, la felicidad de envejecer con tu pareja, de tener muchos nietos. Antes la enfermedad y la muerte podían truncar eso, ahora tenemos mas esperanza de vida pero más rupturas de familias y menos natalidad.

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      3. En mi experiencia personal, antes las parejas no estaban juntabas porque “soñaran envejecer felizmente juntas” no (habría de todo claro), en general, se hacia porque “era lo que tocaba”, “no había alternativa”, había un marcado sesgo a cumplir unos determinados roles sociales, y quien osaba plantearse lo contrario, era marginado.

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      4. A veces se empieza a hacer algo “porque es lo que toca” y se acaba amándolo. Y creo que eso ha sido experiencia de muchísimas personas. La época moderna vive bajo el influjo de una moral basada en los sentimientos y una educación que permita la espontaneidad, como si todos los niños fueran Mozart y bastara con dejarles que jugaran con un piano, o como si todo el mundo fuera congénitamente bueno y bastara con poner las condiciones para que el bien florezca por doquier.

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      5. Completamente de acuerdo contigo. Yo tengo 64 años y he “gozado” de esa época que tanto desprecia hoy la gente. Es verdad que no era de color de rosa, puede que fuera gris y sucia, pero era un color real y moral. Ahora los que pintan el mundo de rosa o de los colores del arco iris, los buenistas y todos los demás no les importa asesinar a sus propios hijos en el vientre de sus madres y hasta lo consideran un derecho. Peor que los nazis

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