Por unas malditas mascarillas

El 3 de marzo se conoció que una persona fallecida el 13 de febrero era el primer fallecido en España por Covid-19. Había entonces 45 contagiados conocidos en nuestro país, y centenares en Italia. Los muertos sumaban ya 27 en el país vecino, y rozaban los 3.000 en China, al menos según los escasamente creíbles datos facilitados por su opaco régimen comunista.

Desde ese mismo día, como muy tarde, el Gobierno debería haber tomado al menos las siguientes medidas de salud pública:

  1. Obligatoriedad de uso de mascarillas protectoras para toda la población. Este sencillo objeto (que un país desarrollado como España debería poder fabricar o importar en cantidades casi ilimitadas), utilizado por dos personas que se encuentren a una distancia de conversación, reduce las probabilidades de contagio entre ellas al 1,5 %, según la estimación que muestra el gráfico difundido, entre otros, por el diputado de Vox Francisco J. Contreras.
  2. Suministro de EPIs suficientes en cantidad y calidad a personal sanitario y asistencial, como el de las residencias geriátricas.
  3. Prohibición de actos o eventos multitudinarios. Distancia social mínima. Reducción de aforo en locales públicos y privados. Higiene elemental (lavado de manos con jabón) al entrar y salir de lugares púbicos.
  4. Cuarentena obligatoria para contagiados no hospitalizados y para personas procedentes de los países con mayor número de infectados.
  5. Realización de pruebas PCR a personas sintomáticas, sospechosas de haber tenido contacto con contagiados o que trabajen con grupos de riesgo (sanitarios y gerocultores).

El coste de estas medidas es infinitamente inferior al que tendrá, y ya está teniendo, el confinamiento drástico decretado por el Gobierno de Pedro Sánchez el 14 de marzo. Y su eficacia, muy superior. Porque el confinamiento sin mascarillas suficientes, sobre todo en los primeros días, cuando muchos ciudadanos nos quedamos sin ellas por el exceso de demanda, demostró ser incapaz de frenar el incremento de los contagios. (A no ser que se prohibiera incluso salir a comprar alimentos o medicamentos, lo que lógicamente es inviable.) Y que ni siquiera el personal de los hospitales tuviera acceso a los suficientes Equipos de Protección Individual fue ya sencillamente catastrófico, en un momento en que se requería que el sistema de Salud trabajara al máximo de rendimiento.

¿Por qué ocurrió esto?

¿Por qué el Gobierno tardó tanto en adoptar esas sencillas y relativamente poco costosas medidas, en lugar de ordenar la reclusión de todos los españoles en sus casas, paralizando casi todo el sistema productivo, lo que forzosamente va a provocar una recesión económica peor que la de 2008?

¿De qué nos habrá servido aplicar el confinamiento más estricto y ruinoso del planeta, junto con Italia, si según datos oficiales (que posiblemente subestimen la realidad) somos el segundo país del mundo, después de Bélgica, en fallecidos por millón de habitantes a causa del Covid-19?

La última pregunta es retórica: evidentemente, el confinamiento no ha servido de mucho, porque si se hubiera actuado antes, no hubiera sido necesario, al menos de modo tan riguroso, como demuestra la experiencia de países como Alemania, Austria o Suiza, por limitarnos a Europa. Las empresas habrían seguido funcionando; los comercios que lo hubieran deseado, adoptando medidas de protección y reducción de aforo, hubieran podido evitar el cierre prolongado. Proponer ahora a la hostelería que abra con aforo reducido, tras cincuenta días de cierre, es poco menos que una burla. Esta restricción hubiera sido asumible en un primer momento, no tras las pérdidas de pura quiebra que han sufrido tantos negocios.

La primera pregunta (la segunda no es más que su desarrollo) requiere imperiosamente ser respondida, y además en sede judicial, porque de ello se desprenden gravísimas responsabilidades, incluso penales, salvo que se pueda explicar la inoperancia del Gobierno por causas de fuerza mayor o no punibles. Aquí me limito a ofrecer tres posibles respuestas para su investigación, todas compatibles entre sí.

  1. El Gobierno retrasó la prohibición de actos multitudinarios, junto con otras medidas, para no tener que suspender las manifestaciones feministas del 8 de marzo. En una mezcla letal de sectarismo e ignorancia, la consigna  de aquellos días era que “el machismo mata más que el coronavirus”. Sin despreciar los contagios que sin duda se produjeron en esas concentraciones de masas (entre otras que se permitieron también para no tener que prohibir la que interesaba al Gobierno), fue la tardanza en adoptar las medidas necesarias la que facilitó que el virus se propagara exponencialmente, durante los fatales días previos al 8 de marzo, por todo el territorio nacional.
  2. El Gobierno, también por razones izquierdistas, no facilitó la producción ni la importación de mascarillas por agentes privados, sino que prefirió optar por requisas arbitrarias y más tarde controles de precios, prácticas supersticiosas y demagógicas que desde tiempo inmemorial se han demostrado completamente contraproducentes, pues sólo sirven para reducir aún más la producción del artículo que escasea. Los eventuales incrementos de precios son coyunturales y un mal necesario, gracias al cual, y en ausencia de obstáculos artificiales o naturales, la oferta y la demanda vuelven a equilibrarse.
  3. El Gobierno, intuyendo que la adopción de un drástico confinamiento le permitiría gobernar bajo Estados de Alarma sucesivamente prorrogados, gozando así de mucha mayor libertad para incrementar su control de la sociedad mediante decretos dudosamente constitucionales y consignas de fuerte carga emocional (“este virus lo paramos unidos”), habría preferido esta opción antes que tomar a tiempo medidas más adecuadas y menos costosas.

Como se ve, las tres respuestas tienen algo en común: son propias de un Gobierno de coalición entre socialistas y comunistas, que se caracteriza por un discurso feminista radical (donde el patriarcado no es más que otra forma de denominar al capitalismo), el odio a los empresarios y la iniciativa privada en general, y el afán por incrementar el control del Estado sobre toda la sociedad. Sin estos móviles y resortes ideológicos, resulta muy difícil de comprender que el gobierno del cuarto país de la UE por su PIB haya sido incapaz de proporcionar a todos sus habitantes algo tan simple como mascarillas protectoras, en número suficiente. Sólo esto hubiera sido decisivo para evitar miles de muertes: unas malditas mascarillas.

2 comentarios sobre “Por unas malditas mascarillas

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