Salvar a Sánchez

La prioridad no puede ser otra que salvar vidas humanas. Pero para algunos se diría que este empeño rivaliza con (por caridad no diré que se supedita a) salvar políticamente a Pedro Sánchez. No es ajeno a ello, hay que reconocerlo, que el Gobierno está siendo verdaderamente generoso con sus apologistas mediáticos, regándolos con la bendita lluvia de la publicidad institucional y otras aportaciones.

En el momento en que nos hallamos, salvar a Sánchez requiere paliar en lo posible la crudeza de las cifras. No es tarea fácil, porque 20.000 muertos oficiales es un número muy difícil de digerir. No digamos ya cuando conozcamos el verdadero. Aunque hay indicios semioficiales, como los Informes MoMo del Instituto de Salud Carlos III. El del 16 de abril registra un exceso de mortalidad (es decir, un incremento del número total de fallecidos por todas las causas, en un periodo dado, por encima de lo estadísticamente normal) del 69,3 %. Esto, expresado en términos que hasta los de letras entenderán perfectamente, significa que en el último mes, 4 de cada 10 fallecidos en España (69/169) lo son con toda probabilidad por culpa del virus de Wuhan o del colapso sanitario provocado por éste.

Sin embargo, en una sociedad constantemente bombardeada por datos, hemos desarrollado una cierta insensibilidad o más bien embotamiento, sobre todo si los números no se asocian con imágenes demasiado emotivas. Por lo pronto, hay que ahorrar en lo posible la visión de féretros alineados o de efectivos de la UME acarreando cadáveres desde los hospitales a las morgues. Como mucho, se mostrará un cadáver saliendo de una residencia privada, porque todo lo que sea culpabilizar a los malvados empresarios redunda en favor del Gobierno más izquierdista desde 1936. Y luego ya si eso hablaremos de la responsabilidad de una administración que ha fallado estrepitosamente en suministrar equipos de protección suficientes a los profesionales sanitarios y asistenciales.

Lo que también ayuda mucho a Sánchez es que la epidemia esté causando estragos en los Estados Unidos. No importa que su población sea siete veces mayor que la de España, no importa que su tasa de mortalidad pandémica sea de 118 por millón de habitantes, frente a los 441 de España, y los 184 de la UE-27, cuando escribo esto. Diremos que los contagiados en los EE.UU. superan a los de España, Italia, Francia y Alemania juntas (cosa previsible: también las supera en población) y así nuestras audiencias podrán llevarse la consoladora impresión de que tenemos mucha suerte de estar gobernados por Sánchez y no por Trump. Por supuesto, todo ello lo reforzaremos mostrando imágenes de calles de Nueva York desiertas, de ataúdes y de fosas comunes, mientras que en España, por la tele, no veremos más que aplausos a los pacientes dados de alta. Pobres americanos, qué mal lo están pasando.

Además de los muertos, están las temibles consecuencias económicas del confinamiento. Para eso, también Sánchez tiene un plan salvador (salvador de sí mismo, no lo olvidemos: luego ya si eso España) que requerirá de todo el esfuerzo didáctico de los medios. Porque esas consecuencias van a afectar a muchos más españoles que la crisis del 2008. Ayer escuché a un gran filósofo, que en sus ratos libres se dedica a presentar programas de telebasura, exclamar “vaya mierda de sociedad si no podemos permitirnos estar dos meses parados”. Sin duda, algo así piensan muchos autónomos, qué mierda de vida que no pueden permitirse dos meses (¡qué dos meses, ni dos semanas muchos de ellos!) de vacaciones. A decir verdad, creo que un país funcionaría mucho mejor, y le cuadrarían mucho más las cuentas, si no se permitiera a sí mismo en su conjunto más de lo que pueden permitirse sus autónomos, que son quienes tienen contacto más estrecho con la dura realidad de la productividad y de la delgada línea que separa el debe del haber.

Pero no nos desviemos del tema. Hablábamos del plan de Sánchez, cuyo nombre, siquiera provisional, es Pacto de Reconstrucción. Aquí nuestro protagonista tiene depositadas grandes esperanzas. En esencia, se trata de asociar al Partido Popular con las medidas impopulares que eventualmente se tomen. Si Pablo Casado acepta, él será el culpable de esas medidas; y si no acepta, también. Jugada redonda: si sale cara gano yo, si sale cruz, pierdes tú.

No es la primera vez que el PSOE utiliza la estrategia de un pacto con el PP. ¿Se acuerdan del Pacto Antiterrorista que Zapatero ofreció a Aznar? Yo casi que tampoco, pero no importa. Lo que sí recuerdo es que tres años después se produjo el 11-M. Recuerdo que el PP perdió las elecciones tras sufrir tres días de movilizaciones contra él, en lugar de contra los terroristas. Recuerdo que la Ley de los Partidos Políticos de Aznar, decisiva para derrotar todo el entramado político de ETA, acabó siendo papel mojado, debido a las consabidas presiones sobre el poder judicial, marca de la casa socialista. Y recuerdo –bueno, esto no hace falta recordarlo porque es plenamente actual– que el brazo político de ETA sigue desde entonces en nuestros ayuntamientos, diputaciones, parlamentos autonómicos y en el Congreso de los Diputados.

Si Casado no cae de nuevo en esa vieja trampa de firmar un pacto con el PSOE, no por ello lo tendrá fácil. Le dirán de todo menos guapo, sobre todo lo que más teme, que se ha entregado a la ultraderecha. Además de la izquierda, todo el centrismo mediático, todos los tertulianos de Cope con alguna rara excepción, le aconsejarán encarecidamente al líder del PP que firme su sentencia de muerte política, y que se ponga él mismo la soga al cuello. Y le ayudarán con su ración diaria de improperios a Vox. Mira qué paliza le estamos dando a Santiago Abascal. ¿No querrás ser tú el siguiente, verdad?

Sánchez aún puede salvarse incluso si la oposición no firma un pacto que le ate las manos para poder criticar su nefasta gestión, así como sus intentos de aprovechar la epidemia para instaurar un régimen de inspiración venezolana. Con toda la maquinaria mediática a su servicio, no cabe descartarlo. Pero aún quedaría Vox, al que solo se podrá neutralizar terminando definitivamente con la democracia.

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