La traición de los expertos

Desgraciadamente, todavía es muy prematuro cualquier balance de la epidemia del Covid-19. Pero sí podemos avanzar una conclusión fuera de toda discusión: esto no era una gripe como la de todos los años, a pesar de lo que aseguraban arrogantemente muchos expertos, riéndose de los irracionales temores de la gente y hasta previniéndonos contra el pánico como algo peor que el propio virus. Y no me refiero a los charlatanes del mundo de la farándula, literatos ni periodistas (perdón, el “mundo de la cultura”) que hoy ejercen como pensadores de todo a cien. Algunos médicos y científicos prestigiosos se equivocaron de pleno, restándole importancia a lo que podía llegarnos de China. ¿Cómo no se iban a equivocar gacetilleros y comediantes? El problema no es equivocarse, algo ineludiblemente ligado a la condición humana, sino que después del error pretendan seguir dándonos lecciones, limitándose a borrar algunos tweets desafortunados, o confiando en la proverbial mala memoria del público. Y algo aún peor… Pero déjenme antes abordar el error mismo.

Newtral, esa especie de inquisición privada que supuestamente se dedica a combatir los bulos, afirmaba el 1 de febrero: “La gripe mata más que el coronavirus del COVID-19 hasta la fecha.” Aparentemente, la precavida coletilla final salvaría al titular. Pero con los datos que tenemos dos meses después, o sea “hasta la fecha”, se puede afirmar categóricamente que España es el segundo país del mundo, muy cerca del primero (Italia), en tasa de mortalidad por Covid-19. Y sin embargo no oirán decírselo a ningún periodista, salvo honrosas excepciones. Curioso.

Como ha señalado Miguel Hernán, catedrático de Epidemiología de la Universidad de Harvard, el bulo hoy sería seguir sosteniendo que la gripe estacional causa más muertes que el SARS-CoV-2. Según el dato más reciente del INE, en 2018 murieron por gripe en España 1.852 personas. Sin embargo, los periodistas no se cansan de copiar y pegar cifras basadas en estimaciones muy superiores, sin dignarse indicarnos exactamente de qué estudios, informes o boletines estadísticos han salido. Una de estas estimaciones de origen nebuloso (aunque no descabellada, a decir verdad) es la de 6.300 muertos provocados por la última campaña de gripe, de octubre de 2018 a mayo de 2019, lo que arroja una media de 787 fallecidos al mes. Basta compararlos con las casi diez mil muertes que ha causado el Covid-19 en marzo para hacerse una idea de la verdadera dimensión de esta pandemia. Y de la temeraria irresponsabilidad de quienes, teniendo algún tipo de autoridad académica o política, la relativizaron.

Decía antes que el problema no es el error, sino la falta de humildad en reconocerlo, y algo aún peor, que enuncio ahora: la expertocracia. Vivimos en un sistema basado en una simbiosis de carácter perverso entre el experto y el político. El político dicta de modo más o menos desvergonzado los contenidos de los medios, y estos, para tapar o decorar su servilismo, han encumbrado al experto, normalmente un docente universitario elegido por su tendencia progresista, cuando no por su partidismo descarado. Por tendencia progresista me refiero a esa ideología, en sentido amplio, que justifica el intervencionismo estatal como medio indispensable para garantizar un impreciso bien común o la protección de supuestos colectivos oprimidos. Todo lo que ponga en cuestión la bondad o idoneidad del Leviatán será tachado en el mejor de los casos de “neoliberal”, y con frecuencia, a pesar de su total incongruencia, de fascista.

Se adivina fácilmente la debilidad esencial de esta expertocracia. Un sistema basado en unos dudosos sabios que, consciente o inconscientemente, se limitan a profetizar al gusto del poder (¡exactamente lo contrario de lo que eran los profetas bíblicos!), se encuentra al albur de los errores graves que inevitablemente acabarán cometiendo, y cometen con frecuencia, porque son humanos, no dioses.

Eso sí, no debemos olvidar que la clave del sistema es el político. Es este quien, indirectamente, a través del periodista, crea la figura del experto mediático, sea en plantilla o eventual. No se puede esconder detrás de él, debe asumir su responsabilidad. El experto no hubiera dicho nada que incomodara al poder; no es la fuente de su actuación, sino una de sus máscaras. Es la elaboración intelectual de sus consignas, de sus intereses.

Ahora, periodistas y expertos al unísono, al servicio del gobierno más progresista de nuestra historia (si alguien cree que es un elogio, me conoce poco), están muy ocupados en salvar a Sánchez, sedando a la población con términos como el “pico” de los contagios, el número de altas hospitalarias (lógicamente, tienen que ser muchas, dado el elevado número de hospitalizaciones), las cifras absolutas de la epidemia en el extranjero (omitiendo las comparaciones que más nos dejan en evidencia) o la habitual charlatanería de autoayuda, aderezada con el sentimentalismo hiperglucémico de la “España de los balcones”. Seguirán aleccionándonos, tratarán de hacernos olvidar que son falibles, e incluso nos venderán que el error lo cometieron otros, los Trump, Bolsonaro y Boris Johnson en los papeles de malos de la película; que ellos en cambio ya nos advirtieron de lo que sucedería. No nos dejemos engañar. Practiquemos un saludable escepticismo preventivo contra los supuestos expertos, por mucha bata blanca que vistan, distinguiéndolos de los pocos que hablan con una voz verdaderamente propia y valiente. Es momento muy oportuno para leer a Nassim Taleb y, por supuesto, aunque este sea oportuno leerlo siempre, a Montaigne.

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