El espurio lado del bien

Nadie, salvo quizás el diablo, se considera realmente malo. Incluso los peores criminales prefieren creer que las circunstancias son las que los han precipitado al mal, puesto que cualquier otro, en similares tesituras, hubiera cometido los mismos errores o vilezas. O así al menos se consuelan.

Otro tipo de exculpación habitual consiste en cuestionar o reformular las nociones comúnmente admitidas acerca de lo que son el bien y el mal. Ejemplos clásicos son Robin Hood, que consideraba legítimo robar a los ricos para repartirlo entre los pobres, o el moderno anarquista atracador de bancos.

Este método requiere señalar un malvado casi absoluto, o de carácter difuso, por el que sea muy difícil experimentar la menor simpatía o compasión. Es el procedimiento más empleado por las ideologías totalitarias, que por contraste aparecen como nobles causas. Así el comunismo pintará el capitalismo con las tintas más lúgubres, atribuyéndole, además de toda la pobreza que existe en el mundo, el origen de todas las guerras y por supuesto el apocalipsis climático inminente, que hoy no puede faltar en ningún discurso político que pretenda la aprobación casi automática de los medios.

Algo análogo sucede con el feminismo radical, que requiere la construcción de un maligno patriarcado opresor, instaurado desde la noche de los tiempos. Como en el ejemplo anterior, se trata de crear un monstruo tan espantoso y amenazador que justifica (casi) cualquier iniquidad que se pueda perpetrar para luchar contra él. O de otro modo, se busca situarse a priori en el lado del bien, como los personajes de esas películas que cometen todo tipo de transgresiones o excesos, pero a los que el espectador disculpa con facilidad porque son “los buenos”, y porque en frente tienen a un villano cruel e insufrible.

Esta estratagema la utilizan también personas que no profesan ninguna ideología extremista, y que hasta las rechazan con claridad. Suelen apuntarse a la ritual condena del malvado de opereta que merece el abucheo mecánico del público, con el fin de no correr el riesgo de ser asociados o confundidos con él. Son aquellos que entre sus razonamientos contra el feminismo radical (por no dejar este ejemplo) incluyen el riesgo de generar una reacción neomachista y misógina como las que supuestamente representan Trump, Bolsonaro o Vox (*).

No voy a entrar a valorar de manera genérica si existe ese riesgo de reacción neomachista al feminismo radical. Baste notar que en nuestra sociedad parece poco probable. Tampoco me interesa especialmente discutir sobre la supuesta misoginia de líderes políticos que no conozco suficientemente. Lo que desde luego no haré es dar por buena sin más la sesgada cobertura de medios cuya hostilidad ideológica hacia tales personajes es patente. Sí puedo juzgar mucho mejor lo que se cuenta sobre Vox en televisiones, periódicos y redes sociales, que en gran parte se basa en manifiestas tergiversaciones, caricaturizaciones y puras mentiras.

Sospecho que de poco sirve decir que Vox, lejos de ser un partido machista o misógino, encarna precisamente esa crítica humanista de la ideología de género que algunos parecen querer monopolizar o haber descubierto totalmente por su cuenta. Salvo que todas las excelentes profesionales que militan en esta formación, ocupando algunas de ellas cargos directivos o electos, sean tontas o cínicas de remate. Suposición tan poco feminista como inverosímil.

A fin de cuentas, ¿para qué vamos a molestarnos en averiguar cuál es realmente el discurso de Vox, más allá de los prismas ideológicos y partidistas desde los cuales se lo demoniza sistemáticamente, creando falsas polémicas basadas en declaraciones descontextualizadas y mutiladas? Sobre todo cuando, sin dejar de coincidir con el partido de Santiago Abascal en la crítica del feminismo radical, podemos disfrutar de la gratificante sensación de hallarnos del lado del bien, o lo que pasa vulgarmente por tal, sumándonos al linchamiento general, quizás con la esperanza de no correr la misma suerte.

(*) Por si alguien está tratando de adivinar si me refiero a alguien en concreto, le ahorraré el esfuerzo: Javier de la Puerta, autor de Refutación del feminismo radical, Ed. Almuzara, 2019, pág. 113, nota 152. Lo que no obsta para que les recomiende sin dudarlo la lectura de este libro, que por lo que llevo leído, hasta la citada página, me parece extraordinariamente interesante.

Un comentario sobre “El espurio lado del bien

  1. Una matización: cuando se habla de “feminismo radical”, es como hablar de “terrorismo de baja intensidad”, cuando le añadimos un adjetivo, de alguna forma estamos admitiendo que sí existe una fórmula “pura” que es la que habría que defender. En el caso del “feminismo”, no encuentro absolutamente nada en sus planteamientos en los países occidentales de hoy que haga defenderlo, radical o no radical.

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