El moralismo asimétrico

El aparato mediático ya está lanzado en su noble tarea de oposición a la oposición, acusándola de elaborar un discurso apocalíptico. Alguno incluso habla de “guerracivilismo” (Antoni Puigverd, La Vanguardia, 8 de enero), olvidando que son los partidos que conforman este gobierno quienes, un día sí y otro también, se presentan orgullosamente como los herederos del bando que perdió la Guerra Civil, y hasta siguen intentando ganarla.

Este tipo de juicios tiene su origen en una suerte de moralismo asimétrico según el cual hay una violencia buena o al menos comprensible, y una violencia mala, absolutamente injustificable, dependiendo de su autor. Y análogamente, según de dónde vengan, habría discursos admisibles como saludables ejercicios de libertad de expresión, frente a aquellos que merecen censura por supuestamente fomentar el odio y el enfrentamiento.

Basta examinar por encima la historia reciente de España para comprender cómo esa asimetría moral ha erosionado cada vez más la libertad y la justicia. Pues decir historia reciente de España significa empezar por el 11-M. Aquel sangriento atentado llevó a la izquierda a una movilización social masiva no contra los terroristas, sino contra el gobierno. El PSOE, los comunistas y sus aliados nacionalistas culparon al presidente Aznar por habernos metido en la guerra de Iraq, dándoles implícitamente la razón a los terroristas, y sobre todo haciéndoles el juego. Y acusó también al gobierno de mentir sobre la autoría, pese a que fue la izquierdista Cadena Ser, actuando como una auténtica Radio de las Mil Colinas, la que se inventó los terroristas suicidas; y fue en cambio el ministro de Interior quien, a las pocas horas de la masacre, informaba de indicios islamistas.

Sea cual sea el autor intelectual del 11-M, lo cierto es que consiguió su objetivo: cambiar el gobierno de España interfiriendo en las elecciones que se celebraron tres días después. Lo que no sabemos es si el plan era aún más ambicioso, e incluía el cambio de régimen que inició el presidente Rodríguez Zapatero, y Mariano Rajoy no se atrevió a desmontar. Un cambio de régimen que en esencia se podría resumir como la instauración legal de la asimetría moral.

Esto es ya evidente en la Ley de Violencia de Género, que el gobierno alumbrado por el 11-M aprobó a los pocos meses de formarse. Dicha ley, con el inobjetable pretexto de proteger a las mujeres maltratadas, eleva a la categoría de doctrina de Estado la ideología de género, que selecciona las diferencias entre mujeres y hombres que menos favorecen a las primeras, e ignora las que perjudican a los segundos, a fin de sostener que nuestra sociedad es un opresivo sistema patriarcal. De este modo se logra justificar que los hombres sean juzgados por tribunales especiales y se les aplican medidas cautelares y penas más duras por los mismos delitos.

Más fácil de ver es la asimetría moral que se consagra con la Ley de Memoria Histórica, aprobada también ya en la primera legislatura de Zapatero, y donde en definitiva se establece que unas víctimas de la Guerra Civil importan más que otras, o para ser más exactos, que sólo las víctimas de un bando merecen ser consideradas tales.

Pero el fruto más siniestro de la asimetría moral fue el pacto con la banda terrorista ETA. Una negociación disfrazada de “diálogo”, de nuevo con toda la complicidad mediática, gracias a la cual ETA y el nacionalismo no sólo no han pagado un precio político por los asesinatos, secuestros y extorsiones perpetrados durante décadas, sino que se han podido beneficiar de ellos, manteniendo su hegemonía en el País Vasco, hasta ser hoy decisivos en la formación del gobierno de Sánchez. Como señala Rogelio Alonso en su imprescindible estudio La derrota del vencedor (2018), “el terrorismo nacionalista de ETA no ha tenido un coste político para el nacionalismo, pero sí para sus víctimas.”

El moralismo asimétrico muestra toda su perversidad, con la claridad de un fogonazo, cuando sus diferentes manifestaciones se entrecruzan. Por ejemplo, cuando se afirma que la violencia de género ya ha provocado más muertes que el terrorismo etarra. El mensaje implícito, y a veces explícito, es que quienes condenan a los terroristas y a sus representantes políticos son unos malvados hipócritas, que tratan de desviar la atención de amenazas supuestamente mucho más reales y urgentes, como el machismo, el racismo o el cambio climático.

Cuando Santiago Abascal arremete en la sede parlamentaria contra la ideología de género y le recuerda al PSOE su historia criminal, no hace otra cosa que enfrentarse a las falacias y trucos emocionales del moralismo asimétrico. No hay en nuestros días tarea más necesaria ni más urgente, se pongan como se pongan los moralistas asimétricos.

Un comentario sobre “El moralismo asimétrico

  1. Magnífico artículo. El mismo 11-m y en días posteriores fui plenamente consciente de que se había puesto en marcha un verdadero golpe de estado para eliminar el consenso constitucional de 1978, y en eso estamos. La derecha debe enterarse de una vez. No existe ya ningún pacto esencial, y hay que defender un nuevo proyecto a cara de perro. Saludos

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