Las verdaderas patologías

He leído con estupefacción un artículo de Lorenzo Silva titulado “Demasiado Madrid”, publicado en la edición impresa del Diari de Tarragona de este sábado, día de los Santos Inocentes, aunque no tengo ningún motivo para sospechar que se trate de una inocentada.

La verdad es que ya estamos muy acostumbrados a leer y escuchar el tipo de errores que el escritor madrileño destila en su escrito. Pese a ello, me sigue asombrando, por no decir exasperando, que personas instruidas los reproduzcan una y otra vez, incansablemente.

Lorenzo Silva comenta la reciente noticia del sorpasso de la Comunidad de Madrid a Cataluña, en términos de Producto Interior Bruto, que sitúa a la primera como la comunidad autónoma más rica de España. A nadie se le oculta, ni tampoco a nuestro autor, que este acontecimiento se debe a la rebelión del gobierno catalán contra la Constitución, el Gobierno central y los Tribunales de Justicia, con sus secuelas de disturbios violentos, huida masiva de empresas y pérdida de atractivo para los inversores.

Por supuesto, el mérito hay que reconocérselo también a Madrid, que ha sabido consolidarse como un polo de atracción de la actividad económica, y que disfruta de las ventajas decisivas de albergar la mayor ciudad de España, a la vez que capital, con su concentración de sedes institucionales y corporativas, servicios y oportunidades. Y he aquí donde reside lo estupefaciente del artículo de Lorenzo Silva: en que para él ese mérito no es tal, sino culpa, y hasta desgracia. Dice textualmente que “esa hegemonía madrileña tiene raíces patológicas” que “pueden llegar a ser nocivas para los propios madrileños (…) por culpa de la vorágine de subida libre en los precios de los alquileres.” Más explícitamente acusa a Madrid de estar “despojando” a las demás comunidades, en especial las que forman parte de la antigua Castilla, al hacer que la riqueza “afluya y se concentre en ese triángulo central”.

Todo ello deriva de una supersticiosa idea de lo que es la riqueza y cómo se genera. Para empezar, pretender que la riqueza se halle uniformemente distribuida en un territorio, o incluso entre los individuos, es casi tan absurdo como pretender que la división territorial fuera una cuadrícula, con cada cuadradito resultante exactamente igual a todos los demás y con el mismo número de habitantes, de edificios, escuelas y hospitales. O que todos viviéramos en un mismo modelo de vivienda, poseyéramos el mismo modelo de automóvil (o ninguno) y vistiéramos un mismo uniforme ciudadano. Bajo todo igualitarismo, por moderado que aparente ser, subyace un utopismo totalitario que recela de las diferencias, y que disfraza de virtud cívica superior lo que viene siendo la vieja envidia de toda la vida.

Íntimamente conectado a este extravío igualitarista tenemos el error que los economistas llaman “juego de suma cero”. Es decir, la idea de que no existe ningún incremento o concentración de riqueza que no se deba al empobrecimiento de terceros. Aunque esto se da sin duda en determinadas circunstancias (por ejemplo, cuando alguien es víctima de un robo, una estafa o explotación laboral), lo que caracteriza a la economía de mercado es precisamente lo contrario, la creación neta de riqueza debida a la libertad de los individuos para realizar intercambios mutuamente beneficiosos.

Naturalmente que en el mercado unos individuos y territorios se enriquecen más que otros, pero esto no sólo no es a costa de los demás, sino que a la larga también se traduce en beneficios para estos. Los impuestos que paga Madrid no retornan en forma de servicios públicos, infraestructuras y pensiones íntegramente a esta región, sino que en parte considerable benefician a las menos ricas. No solo eso, sino que las personas que emigran a Madrid de otras regiones de España no son la causa de que éstas se empobrezcan, sino al contrario: quedándose sin empleo en sus lugares de origen, contribuirían a ser una carga para ellos, más que una ayuda.

Con ello no pretendo negar los inconvenientes de la despoblación, sino alertar sobre falsos diagnósticos que no facilitan en lo más mínimo mitigar aquéllos. Que muchas empresas decidan invertir en Madrid antes que en Teruel no es la causa de que Teruel sea más pobre que Madrid, sino una consecuencia. Las causas de que unos territorios sean más ricos que otros son complejas, incluyendo factores de todo tipo, como la orografía y procesos históricos a lo largo de siglos y milenios. Si nos empeñamos, podemos culpar a los romanos de que Tarraco fuera más rica que Túrbula (la antigua Teruel), pero esta obsesión por buscar culpables de que el mundo no sea una cuadrícula uniforme tal vez sea la que en verdad tenga “raíces patológicas”.

Para que no quede una sola falacia económica en el tintero, Silva deja caer también lo de la “subida libre” de los alquileres de vivienda en Madrid. Uno de los síntomas de que la enseñanza está en crisis desde hace mucho tiempo es que incluso personas con estudios superiores carezcan de la menor comprensión de conceptos elementales como la oferta y la demanda, y sean por tanto proclives a soluciones mágicas basadas en los controles de precios, que fracasan estrepitosamente allí donde se aplican, aunque casi nadie parece estar nunca dispuesto a aprender la lección.

Por último, no quiero dejar pasar la afirmación de que las comunidades de Castilla son las más perjudicadas por el Estado autonómico. Para mí lo que está claro es que el Título VIII de la Constitución ha sido perjudicial para todos los españoles, independientemente de la región donde vivan. Ha contribuido decisivamente a engordar el gasto político, con sus secuelas de intervencionismo hiperregulador, fraccionamiento del mercado interior y desaprovechamiento de las economías de escala (entre otras cosas en la gestión de los servicios públicos), lo que en definitiva nos hace más pobres.

Pero sobre todo, las autonomías han alimentado y protegido a los nacionalismos hispanófobos, convirtiéndolos prácticamente en fortalezas inexpugnables desde las cuales se trata de destruir la nación española, en contra de la voluntad de la mayoría de sus ciudadanos, incluso en las regiones donde dichos nacionalismos son hegemónicos. Si España sufre alguna suerte de patología, no hay duda de que se encuentra en esas ideologías totalitarias, y no desde luego en la bendita libertad de mercado que ha generado, a pesar de los consabidos obstáculos políticos, la prosperidad de Madrid, de la que como catalán y por tanto español me alegro sinceramente.

5 comentarios sobre “Las verdaderas patologías

  1. Absolutamente de acuerdo en el grueso de la publicación, pero cabe apuntar que el Estado debe proveer a cada región (que no Comunidad Autónoma) de unos medios para atraer la inversión con el objetivo de que la riqueza no se poralice, y con ello, se despoblen muchas zonas. No se trata de tratar de conseguir una uniformidad, sino de que no existan diferencias tan grandes que lleguen a desvertebrar la Nación.
    Por otra parte, en cuanto a los indicadores de riqueza, cuidado. Hoy día lo que cuenta es el domicilio fiscal de las empresas, y eso es falsear los datos. De hecho, el trasvase de PIB de Cataluña a Madrid no es más que el cambio de sedes fiscales. Sería más correcto establecer un índice que tenga en cuenta dónde se produce y también dónde se distribuye y consume. Que una empresa elija domiciliarse en uno u otro lugar no debería decirnos nada.

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  2. No deja de sorprenderme la mentalidad de los progres. Para esta mentalidad la riqueza viene a ser, no el fruto del trabajo, el esfuerzo o el talento de las personas y que por lo tanto tienen perfecto derecho a hacer con ella lo que quieran (ya las juzgará el unico que puede juzgar ), sino algo que, al parecer, habría estado flotando sobre nuestras cabezas desde la noche de los tiempos y que solo hay que alargar la mano un poco para cogerla y que por lo tanto la riqueza que unos cojen se les quita a otros.

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