Los derechos orwellianos

Imagen creada por @Tinosoft

Llamaré “derechos orwellianos” a aquellos falsos derechos que en realidad pretenden ocultar la vulneración de auténticos derechos. La referencia a la novela 1984 de George Orwell no por tópica deja de ser inevitable, puesto que este escritor, pese a que nunca renegó de sus ideas socialistas, supo retratar paradigmáticamente las mentiras que en nombre del socialismo y la democracia han servido para justificar las tiranías más ominosas.

En las primeras páginas de la citada obra, Orwell nos describe el colosal edificio del Ministerio de la Verdad, donde trabaja el protagonista, que por supuesto no es más que el Ministerio de la Propaganda más impúdicamente totalitaria que pudiera concebirse. Sobre la fachada de dicho edificio se pueden leer, “en letras de elegante forma, los tres eslóganes del Partido:

GUERRA ES PAZ

LIBERTAD ES ESCLAVITUD

IGNORANCIA ES FUERZA”

Es habitual colocar a Vox -enseguida se verá la relación con el tema- los infamantes vocablos ultraderecha y extrema derecha. En El País del día posterior a las pasadas elecciones (11 de noviembre) se repiten tales expresiones, junto con la forma abreviada “ultra”, ¡más de ochenta veces! Esto desde luego no es normal. Revela una obsesión demonizadora (literalmente incluso: se llega a decir que “el diablo viste de Vox” o que sus propuestas son “azufre”) digna de un Torquemada. Pero un Torquemada progresista, que en lugar de defender unos dogmas indemostrables, revelados por Dios, pretende que sus “verdades” están avaladas por una razón autosuficiente y por la voluntad democrática de la mayoría.

Es al tratar de explicitar el contenido de la etiqueta ultraderechista, lanzada contra Vox y contra cualquiera que ose disentir de la religión progresista, cuando aparecen los derechos orwellianos, también conocidos como “derechos sociales”, obtenidos tras arduas luchas y erigidos en base de nuestra “convivencia”, otra palabra fetiche con la que se acusa implícitamente de intenciones poco pacíficas al disidente. Hace unos días, en el Diari de Tarragona, el periodista Pau Miranda se preguntaba con inquietud cómo tres millones y medio de ciudadanos podían haber votado “un discurs que confronta obertament alguns drets socials bàsics”.

¿Cuáles son esos derechos sociales básicos contra los que carga Vox? Aunque Miranda los da por sabidos en su artículo, por los numerosos comentarios que genera la formación liderada por Santiago Abascal no es difícil imaginar algunos: el “derecho” al aborto, la igualdad de “género”, los derechos de las personas LGTBI, etc. Pero más allá de las definiciones que podamos dar de tales supuestos derechos, lo que importa es en qué acciones se traducen.

El “derecho” al aborto significa poder eliminar (matar) a seres humanos que se encuentran todavía gestándose en el vientre materno. Por tanto, es un atentado rotundo contra el más sagrado de los derechos, el derecho a vivir. Parafraseando las consignas del Partido en 1984 podríamos decir:

MUERTE ES VIDA

En la llamada “igualdad de género” se contiene un principio que nadie discute en Occidente, como la igualdad de derechos de las personas de ambos sexos, junto con numerosas mentiras y despropósitos, algunos de los cuales se contradicen con la propia igualdad de derechos. Por ejemplo, que un hombre pueda ser detenido y pase una noche en un calabozo por la mera denuncia de maltrato de una mujer, sin pruebas ni testigos (que no al revés), o que las mujeres tengan trato privilegiado (discriminación positiva) para acceder a estudios superiores, puestos de trabajo o cargos. En neolengua orwelliana:

PRIVILEGIO ES IGUALDAD

Y tenemos también los supuestos derechos específicos de los gais, lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales y todas las categorías que aquí se desee añadir, resumidas con el acrónimo creciente LGTBI. Lo que se exige aquí, más allá de respeto para la vida sexual privada de personas adultas, cosa que en absoluto discute Vox ni nadie civilizado, es por ejemplo que personas ajenas a los padres puedan decidir sobre la educación afectiva y sexual de sus hijos desde los tres años, destruyendo su inocencia y llenándoles la cabeza de auténticos disparates contra la familia natural.

CORRUPCIÓN ES DECENCIA

Y sí, Vox es el único partido con representación parlamentaria que se opone frontalmente a estos seudoderechos, precisamente porque defiende los derechos verdaderos: el derecho a la vida, la igualdad de derechos entre los sexos y el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones.

Cuestión apasionante es la de cómo se construyen los derechos orwellianos, cómo durante décadas se trabaja la conciencia colectiva hasta subvertir por completo los principios del derecho natural y el sentido común, para que parezca que lo bueno es malo y lo malo es bueno. Se explotan los sentimientos más primarios, como la compasión y el resentimiento social (si se prohíbe o restringe el aborto en España, las mujeres pobres morirán desangradas en tétricas clínicas clandestinas, mientras que las de clase alta irán a abortar cómodamente a Londres) y sobre todo se trata de presentar como monstruos insensibles a quienes se mantienen fieles a la moral cristiana, caricaturizándolos como intransigentes y fundamentalistas religiosos.

La clave es que el ruido y la emotividad impidan un debate racional y sereno, donde los derechos orwellianos tienen en realidad todas las de perder. ¿Qué motivos tendrían las mujeres acomodadas para abortar? Puede haber varios, pero por definición queda descartada la desesperación de índole económica. Así que lo razonable sería decir como mínimo “peor para ellas si quieren matar a sus hijos”, no envidiarlas porque cometan tan espantoso error, ni sostener que la única salida para mujeres sin recursos no sea ayudarlas a llevar adelante su maternidad, sino el aborto. Una Solución Final contra la pobreza digna del Tercer Reich. Pero la llamaremos “derecho social”, que suena mucho mejor, y diremos que los nazis son los de Vox.

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