La arrogancia progresista

Quiere el tópico que la derecha es inculta e irracional, y la izquierda al revés: ilustrada y racionalista. No en vano son estereotipos que proceden de la Ilustración, que identificó la religión y el statu quo con la ignorancia, el miedo y el oscurantismo, frente a los cuales había que oponer la educación, el cuestionamiento de los dogmas y la confianza en el progreso. Eran eso, estereotipos, ya en el siglo XVIII no menos falsos que hoy. Porque a la Iglesia debemos la preservación de la cultura clásica desde la caída del Imperio romano, el desarrollo del pensamiento católico fecundado por la filosofía griega, que en absoluto ha sido nunca enemigo de la razón, e incluso figuras de la historia de la ciencia tan sobresalientes como Copérnico, Mendel o Lemaître, entre muchos otros.

Pero el tópico es resistente, y en los últimos meses hemos podido comprobarlo. Desde que Vox entró con fuerza en el parlamento andaluz hasta hoy, ya consolidado como tercera fuerza en el Congreso, las descalificaciones hacia sus votantes y militantes han girado en torno a ese mantra del “discurso del miedo” o del “odio”, propio de personas que se dejan llevar por emociones primarias, debido a su bajo nivel intelectual. Se ha llegado a difundir bulos como que en Almería, uno de los graneros de votos de Vox, no había librerías. Y han proliferado análisis aparentemente más elaborados basados en la misma idea desdeñosa de quienes votamos a este partido. Un ejemplo entre innumerables lo ofrece un artículo de la veterana periodista Joana Bonet, “La España progre, publicado en La Vanguardia, y que puede leerse sin engorrosos registros en su propio blog.

Bonet afirma que los votantes de Vox “quieren ilegalizar partidos, cargarse las autonomías y la Ley de Violencia de Género” debido a que están en posesión de “un libro de dogmas que resuelve cualquier pregunta sin pensar”. Es decir, la periodista parece no contemplar siquiera la posibilidad de que pueda haber razones para ilegalizar partidos secesionistas, para concebir otro modelo de organización territorial o criticar los fundamentos ideológicos –y por ende la eficacia– de ciertas leyes. Sólo la ignorancia puede explicar que alguien defienda determinadas tesis. Pero, ¿no es eso ya en sí mismo un dogmatismo muy similar al que se denuncia?

Planteando la cuestión desde un punto de vista estrictamente empírico, sospecho que la supuesta superioridad intelectual de la izquierda carece de fundamento. Que la mayoría de intelectuales, en sentido amplio, sea de izquierdas, incluso admitiéndolo, no debería llevarnos a conclusiones precipitadas. A fin de cuentas, resulta difícil resistirse a una ideología que les susurra que son la vanguardia del progreso. Pero si observamos al español medio, tan poco dado a la lectura, es muy dudoso que haya grandes diferencias de instrucción entre los votantes de derechas y los de izquierdas. ¿A cuántos de los primeros les suenan siquiera los nombres de Edmund Burke, Roger Scruton o Nicolás Gómez Dávila? Seguramente a una exigua minoría, de acuerdo. Pero otro tanto podríamos decir de los votantes o militantes del PSOE o de Unidas Podemos. ¿Cuántos de ellos saben siquiera algo de Habermas? No digo que lo hayan leído, me conformo con que les suene. Estoy seguro de que una inmensa mayoría no tienen ni idea de quién es ese autor, ni sabrían citar a un solo pensador de izquierdas fuera de Marx. ¿A santo de qué, entonces, esas ínfulas de los progresistas?

El artículo de Joana Bonet, aunque decae rápidamente en lo panfletario, empieza sin embargo con una reflexión muy interesante sobre la duda como la base del progreso del conocimiento, y por tanto del progreso en general. Pero lo curioso es que aporta una cita de Hannah Arendt que, si no estoy equivocado, parece sostener lo contrario: “El error principal es creer que la verdad es el resultado último de un proceso de pensamiento. La verdad, al contrario, siempre es el principio.” Si la verdad está al principio, y no al final del pensamiento, ¿no significa esto que existen ciertos principios que no deberían ser cuestionados, no por una sumisión ciegamente antiintelectual, sino como un ejercicio de sabiduría superior?

A fin de cuentas, Arendt dijo también que “el propósito de la educación totalitaria nunca ha sido infundir convicciones, sino destruir la capacidad para formar alguna.” En efecto, hay razones para pensar que el método de la duda cartesiana, es decir, de cuestionarlo todo para empezar desde cero, tiene mucho que ver con los fundamentos intelectuales del Terror revolucionario y de los totalitarismos. Si bien Descartes excluyó en su Discurso del método, significativamente, los principios morales del ácido corrosivo de la duda, inevitablemente señaló el camino para otros más audaces e imprudentes. De ponerlo todo en cuestión, negando que exista una verdad absoluta, a destruirlo todo hay un paso si no lógico, sí tentador para quien carece de la humildad suficiente. Y no parece que los intelectuales progresistas vayan precisamente sobrados de ella.

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