Las tres razones por las que votaré a Vox

La abrumadora mayoría de los análisis de Vox en los principales medios son hostiles. Este es el primer hecho que salta a la vista. Muchos no pasan del mero insulto gratuito. Para estos el partido presidido por Santiago Abascal no es más que una última reedición del fascismo eterno, que una y otra vez resucita… en la calenturienta imaginación de algunos. Claro que el sentido de la palabra fascismo se ha estirado tanto que casi cualquier cosa puede serlo. Como ocurre con la palabra machismo: ahora ya lo es, para el feminismo más histérico, incluso ceder el asiento a una mujer en el autobús.

Otros comentarios se limitan a acusar a Vox de mentir, de fabricar fake news, como se dice ahora, y de “ofrecer soluciones simples a problemas complejos”. Todas estas acusaciones, o al menos las que me han llegado, o bien son puramente apriorísticas, sin aportar ninguna prueba en contra de las afirmaciones de Vox (como si por sí solas se desmintieran y no hubiera lugar a debatirlas siquiera), o bien se basan en burdas e ineptas interpretaciones de las estadísticas. Si de cada 100 habitantes de España, 10 son extranjeros, y de cada diez delitos, dos los cometen extranjeros, los analfanuméricos funcionales razonan así: la mayoría de delitos los cometen españoles; por tanto, la relación que establece Vox entre inmigración y delincuencia es pura demagogia.

Sin embargo, no hace falta ser doctor en Matemática Aplicada para advertir que, según esos números (que no se alejan mucho de la realidad, aunque los haya redondeado a efectos didácticos) los extranjeros cometen el doble de delitos de los que les “corresponderían” por su población. Y si los desglosamos por nacionalidades y por tipos delictivos, la sobrerrepresentación de determinados grupos es mucho mayor. Cuatro de cada diez asesinatos de mujeres los cometen inmigrantes, cuando proporcionalmente, deberían ser solo uno de cada diez.

Estos datos objetivos, y muchísimos más, avalan la percepción de la gente de la calle, que padece el aumento de la inseguridad ciudadana en los barrios con mayor presencia de determinados inmigrantes africanos o de la Europa del Este. Negando las evidencias, las elites mediáticas no hacen otra cosa que ahondar en su descrédito. Luego se sorprenden del descenso brutal en la venta de periódicos y del auge de las redes sociales como medio preferido por muchos para informarse. Y vuelven a clamar contra las fake news, de las que ellos tienen la culpa principal, al ser los primeros que supeditaron hace mucho tiempo la humilde labor informativa al arrogante empeño de guiar ideológicamente a sus lectores por la senda de lo que juzgan correcto.

Incluso aunque se reconozca, al menos en parte, la realidad de ciertos problemas que señala Vox, abundan los que cuestionan las soluciones que propone. “Los muros no son la solución” y otros cándidos eslóganes por el estilo: las críticas no suelen pasar del nivel del buenismo, que es esa difusa ideología según la cual todos los problemas pueden solucionarse con diálogo y un Pacto de Estado por la Educación. Pero desgraciadamente, esto no es cierto. El mundo es un lugar mucho menos amable de lo que presupone el buenismo, y negarse a aceptar esta verdad no lo convierte en mejor, sino todo lo contrario.

Vox no es un partido populista ni demagógico, sino que realiza un diagnóstico sistemático de la realidad social y propone una serie de remedios estrictamente democráticos a los verdaderos problemas. Remedios con los que se puede estar o no de acuerdo, pero siempre de manera razonada, sin aspavientos ni rasgamientos de vestiduras porque cuestionen determinados prejuicios o ideas prefabricadas por los medios. Tres son las razones fundamentales y definitorias de Vox, de las que hay que partir para poder enjuiciar adecuadamente el detalle de sus medidas.

1) España

Vox es el partido que defiende con mayor determinación la soberanía nacional. ¿Y qué significa esto? La soberanía nacional no es más que el derecho de todos los españoles a darse sus propias leyes, pero también a preservar sus creencias, costumbres y tradiciones. Contra la soberanía se alzan los sueños arrogantes de los globalistas, con los burócratas de la ONU, la UE y los ejecutivos de las grandes multinacionales a la cabeza, quienes pretenden difuminar las fronteras para convertir el mundo en un solo mercado multicultural y homogéneo. Una quimera peligrosísima, que pone en riesgo la cultura europea, matriz de nuestras libertades, al trasplantar a nuestro suelo millones de musulmanes que exigen con creciente insolencia que nos adaptemos nosotros a ellos, en lugar de al revés; envalentonados, más que apaciguados, por los generosos subsidios y prestaciones que reciben, colapsando los servicios públicos.

En España, además, la soberanía nacional se ve amenazada por los nacionalismos hispanófobos, que aspiran a fragmentar territorialmente nuestra nación, para erigir unos nuevos estados independientes, sin contar con la voluntad de todos los españoles ni el respeto a las leyes, como es el caso actualísimo de Cataluña, donde se vive en un golpe de Estado crónico. Vox es el único partido que ha señalado una de las causas que han alimentado y exacerbado este gravísimo problema: el Estado de las autonomías, una estructura nacida con la ingenua intención de que nacionalistas catalanes y vascos se sintieran cómodos, pero que ha tenido exactamente el efecto contrario, debido a la Paradoja de Tocqueville. Y que se ha convertido en una especie de nido de escorpiones que ampara el nacimiento de nuevos resentimientos protonacionalistas, en otras regiones.

2) La libertad

Vox, contra el cínico o ignorante sambenito que se le quiere colocar de “franquista”, es también el defensor más consistente de las libertades individuales, al denunciar lo que Santiago Abascal llama la “dictadura progre”. Una dictadura que de momento no encarcela a los disidentes, al menos de manera sistemática, pero que pretende imponernos un pensamiento único, lo que es el principio y fin de todo despotismo. Porque ser libres significa que cada cual pueda pensar y expresarse como quiera sobre la historia, sin leyes de Memoria Histórica que impongan una versión oficial del pasado, ni mucho menos sancionen a los discrepantes, so pretexto de una falsa justicia retrospectiva, para reabrir el guerracivilismo, distinguiendo entre antepasados buenos y malos de los españoles, según el bando de la Guerra Civil en el que combatieran.

Ser libres es también poder criticar la anticientífica ideología de género y LGTB, que enfrenta a mujeres y hombres según la estrategia del marxismo cultural, y es completamente inoperante contra la violencia intrafamiliar (por el contrario, desvía fondos ingentes a organizaciones feministas radicales). Es poder criticar todo esto sin por ello ser condenado al ostracismo social, multado o perseguido judicialmente, blandiendo como amenaza el delito de odio, abusivamente convertido en un orwelliano delito de pensamiento.

Ser libre es poder educar a los hijos en las propias convicciones, sin que  en las escuelas se les adoctrine contra la voluntad de los padres en “talleres” de sexualidad que objetivamente no se distinguen de la corrupción de menores, y que culpabilizan paranoicamente a la mitad masculina de la población de casi todos los males. Ser libre no es, desde luego, discriminar injustamente a las personas por su sexo u orientación sexual, que es precisamente lo que están haciendo los ideólogos del género (aunque ellos lo llamen discriminación “positiva”, es decir, contra los varones heterosexuales) en impune violación del artículo 14 de la Constitución, con la complicidad de un Tribunal Constitucional que mira hacia otro lado.

Por último, tampoco hay libertad sin seguridad jurídica ni leyes que protejan a la sociedad contra asesinos y violadores en serie, o dejen inerme a la clase media ante las okupaciones de viviendas. Tampoco hay libertad donde proliferan los impuestos confiscatorios e injustos, ni la hiperregulación económica, con pretextos ecocatastrofistas o sin ellos. Aquí de nuevo Vox es el partido más consistente, porque no solo promete bajar los impuestos o hacerles la vida más fácil a los autónomos y pequeños empresarios, sino que además nos dice de dónde va a sacar el dinero: de reducir el gasto político, hoy engañosamente camuflado como “gasto social” y “transición energética” irrenunciables, y en gran parte acaparado por las comunidades autónomas.

3) La vida

En tercer lugar, pero tan importante como las dos otras razones, está la defensa de la vida humana, amenazada por los falsos derechos del aborto y la eutanasia, como por una infranatalidad que no hace más que fomentarse de manera suicida desde las instituciones y las terminales mediáticas. Lo llaman derechos de la mujer, y derecho a una muerte digna, pero la realidad objetiva es que se pretende tener vía libre para deshacerse de los seres humanos que molestan, que estorban por la razón que sea: los bebés no deseados, los ancianos o enfermos cuyos cuidados nos generan obligaciones desagradables, porque el Estado del bienestar nos ha convertido en seres incapaces de aceptar la frustración y los sacrificios.

No se trata de decisiones que atañen solamente a las mujeres que deciden abortar o a las personas que piden elegir el momento de su muerte con la complicidad de terceros. La regulación permisiva de estos actos corrompe hasta el tuétano a la sociedad que la establece. Como dijo Santa Teresa de Calcuta: “La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño, al niño inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decir a otros que no se maten?” En efecto, una sociedad que se muestra indiferente a eso, o aún peor, que lo considera un “progreso”, una “conquista social”, es una sociedad enferma, que no distingue ya entre el bien y el mal, y sienta por tanto un precedente para toda clase de iniquidades y aberraciones. Además de ir camino de la extinción demográfica.

Por ello esta razón es tan importante como las otras dos. De hecho, las tres están tan íntimamente relacionadas que si Vox cae algún día en la tentación de ceder o vacilar en la defensa de alguna de ellas, dejará de tener sentido como partido, porque ya no será la potente y sólida alternativa a la dictadura progre que es ahora. Mi esperanza es que eso no va a ocurrir, y por ello me afilié a Vox, lo votaré mañana de nuevo, y las veces que hagan falta.

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