Mientras sea feliz

Uno de los lemas modernos, o sea progresistas, es: “Mientras sea feliz”. Hay otros derivados de éste, como por ejemplo “mientras se quieran”, pero conviene no perder de vista el principal. He pensado en ello al ver la enésima repetición del anuncio de una conocida cadena de tiendas de bricolaje. Probablemente ustedes también lo hayan visto. Una madre entra sin avisar en la habitación de su hija y la descubre besándose con otra chica. Su reacción pasa de la sorpresa a una sonrisa pensativa que sirve para ilustrar el lema antedicho. Mientras sea feliz…

Por supuesto, la intención del microcuento publicitario no es llamar nuestra atención sobre la amplia gama de pestillos para puertas del catálogo comercial, sino mostrar una imagen moderna, desenfadada y progresista de la cadena de bricolaje. Y por halagadora extensión, de sus modernos, desenfadados y progresistas clientes. Pero no es sobre las estrategias publicitario-ideológicas de las corporaciones capitalistas sobre lo que quería hablar, sino sobre la sonrisa de esa actriz en el papel de madre moderna, desenfadada y progresista.

La reacción de los padres que descubren la homosexualidad de sus hijos difícilmente puede resumirse con una simple sonrisa comprensiva. Al menos si hablamos de padres reales, no de los padres del guión políticamente correcto. Hasta hace sólo décadas lo estadísticamente normal era que los hijos se casaran y dieran nietos a los padres. Era también el contexto habitual de las felicidades más hondas que depara la vida, y lo socialmente bien visto. Pero hoy, al igual que las estanterías de los supermercados nos ofrecen una diversidad mareante de productos, existen muchas más posibilidades vitales, y lo que está socialmente bien visto es decir que todas son igual de respetables, como son igual de respetables el yogur natural y los de sabores frutales.

Tanto engendrar hijos como no, tanto emparejarse con una persona del otro sexo como del mismo, tanto casarse o “juntarse” como separarse, tanto concebir a los hijos naturalmente como mediante técnicas biomédicas que eclipsan las figuras paterna o materna… Desde los medios de comunicación, desde la escuela e incluso desde la propaganda comercial, se nos pretende inculcar la idea de que todo vale lo mismo, de que lo único que importa es ser feliz.

Naturalmente, esto tiene como consecuencia inevitable que vienen menos niños al mundo, porque los bebés están bastante reñidos con una felicidad inmediata, sin incomodidades ni desvelos, y también estorban muchos proyectos a largo plazo. En nuestras calles ya se ven muchos más perros que niños, salvo en los barrios con mayor proporción de inmigrantes, que muchos perciben como la solución para nuestra voluntaria infecundidad. Por un lado, parejas de lesbianas paseando a sus perros; por el otro, mujeres ataviadas con negros hiyabs empujando cochecitos de bebés. Este es el paisaje urbano propio del relativista y hedonista eslogan “mientras sea feliz”.

Ciertamente, no todo el mundo lo ve de la misma manera. A algunos no nos da todo igual, aún creemos que hay estilos de vida mejores y peores, y que la felicidad no se puede reducir a un sentimiento inmediato. La sociedad moderna y progresista tiene diversos calificativos poco cariñosos para nosotros: homófobos, xenófobos, ultraderechistas… Pero las palabras mordaza sí que me dan igual, y sospecho que cada vez les dan exactamente igual a más gente.

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