La mentira la construye gente como Antonio Maestre

Un procedimiento canónico para refutar una tesis es la reducción al absurdo. Es lo que ha conseguido, aunque involuntariamente, Antonio Maestre, con un artículo titulado “El fascismo se construye con gente como Pablo Motos”, en el que arremete contra el presentador televisivo por haber entrevistado a Santiago Abascal en su programa.

Cuando comparas a Pablo Motos, por una mera entrevista, con amigos íntimos de Hitler como Ernst Hanfstaengl (Putzi), que financió la publicación de Mein Kampf, o con Heinrich Hoffmann, fotógrafo personal del genocida alemán, aparte de caer en el ridículo, no haces otra cosa que resaltar lo rebuscado y disparatado de lo que pretendes convencernos.

Por supuesto, el mayor disparate no es comparar a Motos con Putzi o con Hoffmann, sino a Abascal con Hitler. En esto Maestre carece de toda originalidad; ya estamos demasiado acostumbrados a que, mecánicamente, se califique a Vox como un partido ultraderechista y fascista. Pero no podemos darnos por vencidos ante una mentira tan salvaje y descarada, ni ante una banalización tan desvergonzada de lo que fue el régimen nazi.

Maestre basa su identificación de Vox con el fascismo en que, según él, ese partido difunde “discursos de odio que consideran que los gays o las personas migrantes son ciudadanos de segunda”. Esto es un absoluto y canallesco embuste, y Abascal lo desmintió explícitamente en la entrevista, precisando que se opone estrictamente a la inmigración ilegal, y que en su partido hay homosexuales, incluso cargos electos, que comparten su visión crítica de esas asociaciones LGTBI que pretenden hablar en su nombre.

Uno podrá estar de acuerdo o no con las ideas de Vox. Pero compararlas con las concepciones antisemitas y racistas del partido nazi es una doble afrenta: contra los millones de judíos exterminados en los años cuarenta y contra la inteligencia.

El consenso progresista se basa en una serie de ideas sencillas, como por ejemplo que la familia tal como se ha concebido durante miles de años es algo caduco, que el aborto es un derecho, que las mujeres padecen una injusticia estructural incluso en las sociedades más igualitarias del planeta, que no hay ningún problema con la inmigración ilegal ni con el islam, y que el actual sistema económico no es ecológicamente sostenible.

A nadie desprecian más los periodistas en general que a quien se atreve a salirse de esa ortodoxia, o expresar las dudas más razonables. Le llaman populista, xenófobo, machista, negacionista e incluso racista y fascista. Tratan de convencer al público de que no hay nada más peligroso que la difusión de ideas críticas con el consenso progresista, de que quienes no acatan la ideología de género andrófoba o el donjulianismo multicultural nos amenazan con retornar a las iniquidades y desastres de los años treinta. Es un procedimiento defensivo grosero, pero hasta ahora eficaz. La casi total unanimidad ideológica de los medios, en los temas de fondo, lo demuestra.

Ahora bien, los más celosos guardianes del progresismo son quienes se sitúan en la extrema izquierda, lo que ellos llaman “antifascismo”, es decir, un totalitarismo simétrico a aquel contra el que no cesan de advertirnos anacrónicamente. Pongamos que hablo de Antonio Maestre. Porque el consenso progre es también el mayor blanqueador del comunismo, la ideología más letal del siglo pasado. La ortodoxia progre es la última barrera de seguridad que permite a los neocomunistas y a los filoterroristas seguir disfrutando de un trato privilegiado en los platós, en las redacciones, en los campus y en los eventos sociales. No es de extrañar que sientan inquietud por un partido como Vox, el único que se atreve a plantear una alternativa al pensamiento único progresista, el único que denuncia las mentiras de la extrema izquierda instaladas en las sociedades democráticas. O lo que es lo mismo, el único que señala los auténticos peligros que las amenazan.

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