La culpa de los otros

He adoptado un nuevo lema para mi cuenta de Twitter, Exprogre (@Carlodi67):

Dejé de ser progre el día que comprendí que culpable y otro no son sinónimos.

La más inmediata fuente de inspiración de esta frase es El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, obra de carácter satírico cuyo ingenio con frecuencia logra brillar por encima de un radicalismo a decir verdad muy trillado. Algunas entradas de este libro, escrito, como su título indica, a modo de diccionario, son realmente geniales. Por ejemplo esta: “Curandero, s. Asesino sin licencia.” Nótese que realmente el dardo satírico se dirige a los asesinos con licencia, en la mejor tradición del escepticismo antimédico desde Montaigne.

O juzguen también esta otra: “Culpable, adj. El otro.” Confieso que tenía absolutamente presente esta definición impagable en el momento de concebir mi lema tuitero. Pero también resonaba en mí una sentencia que he escuchado numerosas veces al entrañable Carlos Rodríguez Brown: “El mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio”.

Alguien podrá decir que la búsqueda de culpables no es privativa del progresismo; más aún, que no caracteriza en absoluto al verdadero progresismo. Lo primero lo admito sin reparo alguno. Efectivamente, si alguien llevó la demasiado humana manía de señalar chivos expiatorios hasta cotas de maldad y delirio difíciles de igualar, no fue otro que Adolf Hitler con su patológica obsesión antisemita. Y sin irnos más lejos, aquí entre nosotros, en el nordeste peninsular, tenemos a unos compatriotas que gustan lucir lazos amarillos y culpar de todos sus males, reales e imaginarios, a España.

Nada me complace más que la economía argumental. Si con el mismo razonamiento puedo expresar mi aversión por las ideologías más dispares, me siento feliz. En efecto, no soy progresista por la misma razón, en esencia, por la que tampoco soy ultraderechista o separatista. Y no por ello pretendo que todos los pájaros que mato con el mismo tiro sean de la misma especie.

Con lo que no estoy de acuerdo es con salvaguardar al “verdadero progresismo”, al cual habría que distinguir de sus supuestas desviaciones o tergiversaciones. Yo no sé si hay tal cosa. Me limito a juzgar al progresismo por los que se llaman a sí mismos, con indisimulada satisfacción, progresistas. Y lo que he advertido en ellos, desde siempre, es que tienen automatizada de manera admirable la externalización de la culpa.

Externalizar la culpa es sostener que los grandes males que supuesta o realmente aquejan al hombre (la pobreza, la desigualdad, las guerras, los problemas medioambientales, etc.) son atribuibles o bien a estructuras perversas (el capitalismo, el patriarcado) o bien a unos grupos determinados, que en general podemos denominar como los poderosos. No pretendo que el progresismo se reduzca a esta idea. Sí digo que si quitamos esta idea, no hay progresismo.

Lo esencial de la externalización de la culpa es, primero, su carácter de explicación omnicomprensiva, su función casi gnóstica de secreto del universo. Lo segundo es que se achaca a un colectivo, no al individuo en sí. La culpa es siempre artificial (es decir, antrópica), pero supraindividual. Esto no impide a los progresistas personalizarla en figuras de carne y hueso, sus habituales bestias negras. Verbigracia: Trump, y en general todos los presidentes de Estados Unidos del Partido Republicano. Pero el odio hacia personajes identificados con la derecha, la ultraderecha o el populismo, aunque no desdeñe las ventajas propagandísticas de la encarnación en unos apellidos concretos, es siempre odio a lo que estos representan, al noúmeno más que al fenómeno. Los vicios o defectos que parecen inherentes a un conservador se juzgan accidentales en un progresista, o indicio de que no es un “verdadero progresista”.

Hay dos maneras, en cierto modo opuestas, con las que se consigue desvincular la culpa del pecado original (pues de esto se trata, en última instancia), atribuyéndola a entes distintos del yo o el nosotros. Una consiste en negar, no siempre implícitamente, la libertad humana. Si yo no soy libre, sean cuales sean mis circunstancias, para decidir hasta cierto punto lo que quiero ser, porque el medio social determina de manera implacable mi destino, el hecho de que no alcance cierto nivel de prosperidad o incluso de que me convierta en un delincuente sólo podrá atribuirse a un sistema opresor o injusto.

La igualdad de oportunidades que predica el liberalismo, según el progresismo de manual, sería una farsa: aunque todos puedan acceder a la enseñanza gratuita, los hijos de los ricos gozarán de mayores facilidades, de un entorno más cómodo para concentrarse en los estudios y de una educación privada de superior calidad. Análogamente, si en las carreras tecnológicas sigue habiendo un predominio masculino, forzosamente deber atribuirse a barreras sexistas ocultas, aunque las mujeres no encuentren hoy ningún obstáculo para elegir cualquier profesión.

Dejas de ser progresista cuando comprendes que todo eso son excusas baratas, ya sea para consolarse de las propias limitaciones o errores, ya sea para cultivar un resentimiento políticamente explotable. Las oportunidades están ahí para quien quiera aprovecharlas, con su esfuerzo y su constancia. Los ejemplos de individuos que con casi todo en contra han sabido jugar sus bazas mucho mejor que otros, criados entre los mayores lujos y comodidades, son lo suficientemente elocuentes. Y probablemente más ilustrativos sean los casos de quienes han malbaratado una existencia teniéndolo todo a favor.

Entiéndase, ser o no progresista es menos una cuestión biográfica que de carácter. Hay quien pretende ahorrar a los demás el precio que él mismo ha tenido que pagar. Puede parecer una actitud generosa, pero es dudoso que beneficie a quienes va dirigida. En esta categoría de benefactores dudosos incluyo desde los reconocidos académicos, literatos o artistas que desconfían del talento como ascensor social, hasta empresarios de éxito que creen que la autodisciplina vital, gracias a la cual han triunfado, por alguna razón no basta para ayudar a los que vienen detrás de ellos. En otra ocasión trataré de indagar en el mecanismo psicológico de estos progresistas cuyo mayor contraejemplo son ellos mismos.

La otra manera de teorizar la culpa consiste en lo contrario, aparentemente. En lugar de la despersonalización, ahora se trata de personificar determinados males de origen natural. Sin embargo, el fin es el mismo; se trata de atribuir a determinados grupos o clases una culpa que justifica perseguirlos como enemigos del interés general. Pueden ser desde los llamados imprecisamente “ricos” hasta el más humilde conductor de un vehículo diésel, acusado de poner en riesgo nuestro planeta.

En los inicios de la epidemia del sida surgió una intoxicación periodística (lo que ahora llamamos fake news) que acusaba a los servicios secretos de los Estados Unidos de haber creado el virus del VIH en un laboratorio, con el fin atrozmente inverosímil de exterminar a la población africana. Jean-François Revel, en su obra maestra El conocimiento inútil, rastreó el origen del bulo, que se halla, en efecto, en unos servicios secretos: los soviéticos, vía Berlín Este. De hecho, los propios científicos rusos consideraban ridícula semejante teoría. Victor Jdanov, director del Instituto de Virología de Moscú, preguntado por un periodista sobre si el sida había sido creado por la CIA, respondió: “¿Por qué no los marcianos?”

En la actualidad, la teoría de moda que culpa al hombre (en realidad, a la economía de mercado) de hipotéticas catástrofes es la teoría del cambio climático. Por supuesto, es posible que la actividad industrial tenga algún tipo de efecto en el clima. Pero en la práctica no se puede investigar hasta qué punto esto es así, porque la doctrina oficial, según la cual la principal causa del cambio climático es antropogénica, se da por sentada e incuestionable. Y menos aún se puede explorar (si uno tiene estima por su estabilidad laboral y su reputación) la teoría alternativa, según la cual el cambio climático se debería en su mayor parte a variaciones cíclicas en la órbita terrestre y en la radiación solar que consiguientemente recibe nuestro planeta.

Este empeño en encontrar culpables, incluso de problemas ficticios o que no son causados por el hombre, obedece a una lógica falsamente justiciera. Sostener que los judíos, los burgueses, los kulaks, los prósperos occidentales, los varones blancos heterosexuales, tienen la culpa de que la tierra no sea un paraíso es una sutil invitación a la coacción e incluso a la persecución. Al final de toda teoría de la especie culpabilizadora hay, en el mejor de los casos, un nuevo impuesto o una multa. En el peor, el campo de concentración.

El progresismo, por supuesto, incluye entre su nómina de culpables, en lugar preeminente, a todos sus críticos. Si cuestionamos la guerra de sexos hoy conocida como “perspectiva de género”, somos unos vetustos machistas que desearíamos ver a las mujeres encerradas en casa. Si denunciamos los efectos perniciosos de una inmigración ilegal masiva, somos unos xenófobos que gozamos viendo a los africanos ahogarse en el Mediterráneo… Fácilmente volverá contra nosotros la crítica aquí expuesta y nos acusará de culpar a la inmigración de todos los males.

Pero recordemos que la externalización de la culpa no es más que una suerte de inversión de la doctrina del pecado original, que por esto mismo tiene en común con ella su carácter omniexplicativo. Señalar un mal concreto, por vasto que sea, no es, por sí solo, convertirlo en el chivo expiatorio universal.

Reconocer que determinada inmigración causa problemas y decir que los problemas son a priori culpa de la sociedad de acogida, son formas de razonar antitéticas. La primera, basada en la experiencia, el sentido común y la noción judeocristiana de la responsabilidad individual. La segunda, basada en mantras alejados de la realidad y en un determinismo metafísico que culpa a la sociedad y el medio de las malas decisiones individuales, y por tanto considera la percepción interna de la culpa como una superstición caduca. Aunque como toda verdad negada, acabe resurgiendo con aspecto paródicamente deforme. Cuando se expulsa la culpa de la conciencia, retorna en forma de policía secreta.

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