La alerta de los necios

El hábito periodístico de adjuntar el adjetivo ultraderechista a Vox parece firmemente arraigado. Si esto conseguirá ponerle un techo electoral insuperable al partido presidido por Santiago Abascal o, por el contrario, terminará desacreditando definitivamente un término del que tanto se abusa, al igual que sucede con sus sinónimos fascista y facha, el tiempo lo dirá.

Ese descrédito sin duda arrastraría a quienes nos alertan un día sí y otro también contra la reencarnación de Hitler en cada líder político que se distancie un centímetro del progresismo culturalmente dominante. Por eso algunos están dispuestos a admitir que, rigurosamente hablando, no se puede decir que Vox sea ultraderechista, sino que se trataría de otra cosa, aunque no mucho mejor.

La tertuliana televisiva Elisa Beni, en un artículo titulado “Alerta, teocracia”, sostiene que lo que distingue a Vox de otras formaciones europeas de “claro signo neofascista” es su “marcado sesgo ultracatólico”. Y por el tono del texto se diría que la horroriza o asquea incluso más lo segundo que lo primero. Para la periodista, lo verdaderamente característico de Vox no es su apelación al patriotismo (la “España imperial”, dice) ni su discurso de regeneración y ahorro de dinero público. Todo esto no es sino mero “confetti que envuelve el verdadero objetivo, que es el de hacer coincidir las leyes civiles con las leyes de la Iglesia. Un camino de vuelta a la teocracia.”

Beni se refiere, como concreta seguidamente, a la oposición de Vox a la ideología de género, que según ella no hace más que asumir como propia la doctrina de la Iglesia sobre la materia, tal como empezó a plasmarse a finales de los años noventa, como reacción a la Conferencia de Beijing de 1995. Ahí, de algún modo, se institucionalizó mundialmente el secuestro del feminismo igualitario por el feminismo de género. La distinción entre ambos la explica muy bien Steven Pinker, psicólogo experimental y profesor de la Universidad de Harvard, en su ya clásico libro La tabla rasa. (Paidós, 2002).

El feminismo igualitario combatió la discriminación sexual y las injusticias contra las mujeres, y fue el inspirador de las dos primeras olas del feminismo. La primera reclamó el derecho al voto y la educación para las mujeres, desde mediados del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX. La segunda ola, ya en los años setenta, reivindicó el acceso de la mujer a todas las profesiones. Pero desde finales del siglo pasado nos encontramos inmersos en una tercera ola, que se corresponde con el feminismo de género.

El feminismo de género pretende que no existe ninguna diferencia empírica entre hombres y mujeres, aparte de los órganos de reproducción sexual, que no sea una construcción cultural, y más concretamente un instrumento de dominio estructural del “heteropatriarcado”. Recientemente, se niega incluso que los genitales puedan determinar el género, pues éste sería una elección que realizan los individuos, generalmente a edades tempranas.

La consecuencia de esta tesis es que cualquier diferencia de conducta o predisposición entre hombres y mujeres debe ser combatida sin descanso mediante leyes coercitivas y reeducación constante, tanto de los hombres, culpables de un machismo obstinado y pertinaz, como de las mujeres, a las que hay que convencer “por su bien” de que se interesen menos en la maternidad, y más en estudios y profesiones de carácter tecnológico, por ejemplo, así como en alcanzar rangos sociales superiores. No basta con que exista igualdad de oportunidades; mientras contabilicemos más ingenieros que ingenieras, o más ajedrecistas de elite masculinos que femeninos, es obligado sospechar que existen barreras ocultas a derribar.

El problema de la tesis del género es que es falsa, pues se contradice, además de con la antropología cristiana y el mero sentido común, con todo el conocimiento científico actual sobre evolución humana, genética y neurociencia. Los hombres y las mujeres no somos idénticos, aunque sí muy similares, en promedio, en capacidades intelectuales. Pero existen diferencias notables de gustos e inclinaciones, y en minoritarios niveles de excelencia (en unas materias a favor de las mujeres y en otras a favor de los hombres) que, si bien no justifican ningún tipo de discriminación individual, es imposible ignorar sin comprometer la felicidad de los individuos de ambos sexos, y sin caer en injusticias (discriminación del varón, ridiculización de la mujer que prioriza la maternidad) como mínimo iguales a las que se declara combatir.

Por supuesto, la realidad es tozuda, y las pretensiones del feminismo de género no dejan de estrellarse contra ella. Pero su reacción invariable es que hay que seguir aumentando los recursos destinados a los chiringuitos del género y endurecer más aún las leyes contra un fantasmal machismo que, paradójicamente, les parece mayor cuanto más se igualan las condiciones entre los dos sexos. Ello incluye la criminalización de cualquier discrepancia, asociándola sin pudor alguno con el maltrato e incluso el asesinato de mujeres.

La Iglesia se opone, en coherencia con la fe y el pensamiento católicos, a la ideología de género. Pero ni siquiera hace falta ser creyente para comprender que se trata de una ideología totalitaria y anticientífica, que rompe con la tradición liberal humanista para engarzar con el marxismo cultural y el posmodernismo majareta de ciertos filósofos, cuyas desquiciadas doctrinas han arraigado en los campus universitarios de los Estados Unidos, irradiando desde ahí con sus mensajes tóxicos al resto del mundo.

Con todo, el efecto más pernicioso de la ideología de género, a la larga, es que nos distrae de la única y verdadera amenaza machista y teocrática, la que procede del islam. El progresismo dominante no sólo se manifiesta permisivo con una inmigración descontrolada que, entre otros problemas, contribuye a aumentar la población musulmana en Europa, sino que condena como islamófoba prácticamente cualquier crítica hacia el islam. Que, al mismo tiempo, personajes como Elisa Beni aún tengan la necia desfachatez de alertarnos contra el supuesto nacionalcatolicismo de Vox, no es serio. Más bien es siniestro.

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