Por culpa del resto

Dos años después de los atentados islamistas de Barcelona y Cambrils, me temo que los denominados “expertos” siguen sin haber aprendido absolutamente nada. Un ejemplo: Vicens Valentín, profesor de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya) entrevistado por el Diari de Tarragona, se acaba de descolgar con las siguientes palabras:

“Hay que pensar que estas personas que atacaron eran de aquí y vivían entre nosotros. O mejor, dicho, es gente de aquí pero que no se siente suficientemente de aquí, seguramente por culpa del resto. Hay que hablar en términos de integración o de educación. La reflexión y el debate de fondo debe ponerse ahí, no en políticas reactivas como poner bolardos.” (Negritas mías.)

Es el peligro de no sentirse “suficientemente de aquí”, que te empiezan a rondar ideas de volar la Sagrada Familia. Tócate las narices. Yo es que, la verdad, no puedo. No puedo tomarme en serio a estos intelectuales de pacotilla, por muchos masters que tengan, que monopolizan la opinión supuestamente “experta” de los medios. El hecho de rebatir sus trilladas sentencias una y otra vez me produce una pereza casi invencible. Pero alguien tiene que hacerlo.

Según Valentín, la culpa de que fueran asesinadas dieciséis personas en las Ramblas de Barcelona no fue tanto del autor material de esa matanza, como “del resto”. O sea, de la sociedad en su conjunto, por no haber sabido integrar al pobre asesino mediante la educación y la inserción laboral.

La idea de que el crimen es consecuencia de una sociedad injustamente organizada, o lo que es lo mismo, el abandono del concepto de culpa individual, constituye uno de los corolarios principales de la crisis de la cultura cristiana. Hasta aquí, los progresistas no me quitarán la razón. Lo que nos diferencia es que ellos, desde su cosmovisión materialista, no ven que haya ningún mal en tal crisis ni por tanto en reducir la culpabilidad a la causalidad. Al contrario, lo consideran un progreso.

Por supuesto, ese reduccionismo es chapuceramente, interesadamente parcial. A los progres les conviene que siga habiendo culpables, incluso auténticos villanos de cine: son todos aquellos que no les siguen la corriente, los que osamos contradecirles: los “populistas”, la “ultraderecha”…

Ahora bien, insisto en destacar su empecinamiento, su incapacidad congénita para aprender de la experiencia. Si algo caracteriza a muchos de los autores de atentados islamistas es su integración en nuestra sociedad, la igualdad de oportunidades de que han gozado, tanto a través de la escolarización como del mercado laboral e incluso el asociacionismo. Pero los dogmas progres son inmunes a cualquier contrastación. Si la culpa es a priori de la sociedad, habrá que concluir, sean cuales sean los datos objetivos de que dispongamos, que si alguien se convierte en yihadista es porque no hemos sabido integrarlo “lo suficiente”, es decir, porque seguimos siendo unos redomados racistas que nos merecemos todo lo que nos hagan, o poco menos.

Personalmente, no puedo dejar de abrigar la idea de que el yihadismo tiene algo que ver con el islam. Que tal vez el problema se encuentre en una religión absolutamente intransigente con quienes no la profesan. De esta audaz hipótesis se deduciría que la solución no está en la “educación”, al menos no mientras se limite a algo tan superficial, aparte de transmitir algún que otro conocimiento, como a remachar tres o cuatro eslóganes pacifistas y buenistas.

Lo gracioso de todo esto, permítanme decirlo de esta manera, es que si los atentados se hubieran cometido en nombre de Jesucristo, los progresistas cargarían unánimes contra el cristianismo, y hasta propondrían sustraer a los padres la libertad de educar a sus hijos según sus creencias, como recientemente manifestaba una diputada de Podemos, que no se privaba ni siquiera de personalizar su totalitaria medida contra la dirigente de Vox Rocío Monasterio. Por el contrario, ya sabemos cómo se trata al islam: es una religión de paz, y no hay que generalizar unos actos lamentables para alimentar la islamofobia…

Como yo no soy progresista, no creo que haya que limitar la patria potestad, salvo en casos de claro maltrato o abandono, ni siquiera en el caso de los musulmanes. Personalmente, soy más partidario, entre otras medidas, del control de fronteras y de acabar con el efecto llamada, con unos objetivos muy claros: impedir la inmigración ilegal y conseguir que los musulmanes opten, en lo posible, por emigrar a países de su misma cultura, fuera de Europa.

No podemos ni debemos obligar a nadie a renegar de su religión. Pero sí es factible y admisible dejarle bien claro que nuestra sociedad se basa en principios completamente distintos, y además que si se viene aquí es para contribuir económicamente, no para vivir de subsidios. Para mí, esto no sólo es mucho más eficaz que lo que los progres entienden por educación, sino también mucho más liberal. Porque limitar el crecimiento de la población musulmana en Europa es indispensable para que –como lamenta Vicens Valentín– no sigamos perdiendo “trozos de nuestra libertad”. Esa libertad, fundada en la cultura cristiana y grecorromana, que retrocede en la misma medida que se expanden las zonas dominadas por la ley islámica.

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