El aparato mediático progresista

Los medios de comunicación, en su abrumadora mayoría, son hoy un mero aparato de propaganda de la ideología progresista. La idea de que su tarea principal es informar, y que cada cabecera, cada canal, posee su propia línea editorial, que se limita a ver con el color de su cristal los hechos de los cuales nos informa diligentemente, peca de una ingenuidad totalmente injustificada. Prácticamente todos los medios no hacen apenas otra cosa que dictarnos, de manera más o menos explícita, lo que tenemos que pensar, lo que tenemos que opinar, lo que nos debe interesar o inquietar. Y prácticamente todos lo hacen en una misma dirección. Los periódicos de tendencia supuestamente conservadora se limitan en España a apoyar al Partido Popular, en la sección de política nacional; en todo lo demás, y en consonancia con la borrosa ideología de esa formación, son indistinguiblemente progresistas, sin apenas excepciones.

Estos son algunos de los principales métodos por los cuales se nos inocula la propaganda.

1) El más descarado es la mentira directa, lo que ahora está de moda llamar fake news, como si se tratara de un fenómeno nuevo que nos hubieran traído los “populismos”. No es tanto que los periodistas u otros agentes se inventen directamente hechos, o los fabriquen (que también), como que nos los sugieren sutilmente, sobre todo mediante el uso manipulador de imágenes. La imagen tiene la fuerza de un hecho incontestable, pero se puede usar, incluso sin necesidad de ningún montaje, para apoyar interpretaciones en absoluto evidentes. Así se hace con las fotografías o vídeos del deshielo estacional en regiones polares, utilizadas rutinariamente para crear alarmismo sobre el cambio climático en los espectadores profanos, que somos la inmensa mayoría. Toda imagen fuera de una adecuada contextualización objetiva (no la totalmente insuficiente y ya tendenciosa que suele aportar el pie de foto) debe siempre inspirarnos la máxima desconfianza.

2) Mucho más corriente es la confusión de opinión e información. El ejemplo paradigmático es el titular de portada de El País del 12 de setiembre de 2001, al día siguiente de los atentados islamistas contra el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono: “El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush”. A partir de un hecho como que unos terroristas suicidas habían estrellado varios aviones de pasajeros contra objetivos civiles y militares, provocando miles de muertos y heridos, el periódico dirigido entonces por Juan Luis Cebrián se sacó de la manga un sentimiento imaginario (estar en vilo) aplicado a un sujeto sin voz propia (el mundo) respecto a algo que no había ocurrido, y que se anticipaba a juzgar, implícitamente, con un término (represalias) más cercano semánticamente a la venganza que a la Justicia o la Defensa.

Esa utilización de falsos sujetos es un procedimiento constante y generalizado de la prensa. A veces son puramente ficticios, otras se basan en confundir a las organizaciones que se arrogan la representación de los trabajadores, los estudiantes, las mujeres o los homosexuales con estos conjuntos de personas. Se da por sentado que todos los trabajadores o todas las mujeres piensan igual, salvo que sean idiotas. Un ejemplo de ayer mismo, 7 de agosto, entre miles, leído en el Diari de Tarragona: “La comunidad hispana pide a Trump que cese su discurso antiinmigrantes.” Habitualmente, el carácter manipulador del titular se puede descubrir o al menos sospechar simplemente con leer el cuerpo de la noticia. En este caso descubrimos que la “comunidad hispana” son en realidad cuatro personas entrevistadas: tres dirigentes de asociaciones de inmigrantes y un “estratega demócrata”.

También es frecuente sugerir una interpretación con la mera elección de una palabra aparentemente inocente. Por no salirnos del sesgo sistemático que se aplica a toda noticia relacionada con el actual inquilino de la Casa Blanca, el mismo periódico local titulaba el 6 de agosto: “Trump condena ahora el racismo”. Observen las connotaciones que se introducen con un simple adverbio como “ahora”, que no aporta ninguna información objetiva: que Trump antes no rechazaba el racismo, que su postura es hipócritamente electoralista… Por supuesto, uno puede pensar que esto es así, pero para decirlo están las columnas de opinión, no los titulares de las noticias.

3) Un tercer método es la burla o caricaturización, tanto gráfica como verbal. La fuerza de este procedimiento no es en absoluto desdeñable, porque incide directamente sobre nuestras emociones, no sobre la razón. El humor, bajo su carácter innegable de saludable ejercicio crítico o de mera diversión, en ocasiones se prostituye con el fin de ridiculizar, denigrar o incluso fomentar el odio contra determinadas personas, ideas o actitudes, sin apenas necesidad de argumentos o datos. A ello contribuye eficazmente el carácter gregariamente contagioso de la risa, que refuerza eficazmente los sentimientos que se pretenden inculcar.

4) Ahora bien, el recurso más poderoso y más difícil de detectar de los medios de comunicación no se basa en lo que dicen, sino en lo que no dicen: es decir, en su selección de los hechos que “son noticia” y su constante ocultamiento de información que es imprescindible para comprender adecuadamente la realidad, en especial para situar en su justo lugar la que nos proporcionan selectivamente. Por supuesto, es imposible contarlo todo; siempre resultará inevitable seleccionar, recortar, priorizar, dadas las limitaciones humanas. Pero lo cierto es que los periodistas encuentran aquí la excusa perfecta para imponernos su visión del mundo progresista.

Pensemos en algo tan premeditado como ocultarnos la nacionalidad de los delincuentes extranjeros, o en no contabilizar delitos cometidos por mujeres, o aquellos en los que las víctimas son hombres, para alimentar la ideología de género que criminaliza al varón. O, por terminar de decirlo todo sobre Trump, reflexionemos sobre la gran cantidad de informaciones favorables al presidente americano, que se nos hurtan sistemáticamente con el fin de crear una sensación, por acumulación de noticias exclusivamente negativas y desagradables, de que se trata de un personaje impresentable, que no hace una buena, ni de obra ni de palabra.

Los ejemplos en muchos otros temas son innumerables. Para no alargarnos, recordemos sólo la cobertura del conflicto palestino-israelí, que de manera sistemática oculta la mayor parte de la violencia ejercida por los palestinos, tanto contra la población civil israelí como contra los propios palestinos, en unos casos reprimidos brutalmente por sospechas de disidencia, y en su gran mayoría utilizados por los terroristas como escudos humanos.

Hemos aportado sólo unos pocos ejemplos muy obvios de información política. Pero para comprender el alcance de la propaganda mediática progresista deberíamos analizar no sólo la información de todas las demás secciones periodísticas, en especial la cultural y la social, sino la entera industria del entretenimiento, tanto televisivo como cinematográfico. En todos estos ámbitos se transmite, como quien no quiere la cosa, y con métodos muy similares a los aquí descritos, una misma cosmovisión poscristiana, que a la postre resulta siempre anticristiana, con la que se cuestionan de manera constante y reiterativa las bases de nuestra civilización occidental.

No se trata de imaginar conspiraciones. No hay probablemente ninguna conspiración mundial y eterna, no al menos de carácter humano. Sin negar la importancia de sociedades secretas como la masonería, o el poder de ciertas organizaciones y corporaciones internacionales, o de “filántropos” como George Soros, ellos por sí solos no son la explicación de los pecados de cada uno de nosotros, de las idolatrías en las que una y otra vez cae el hombre. Son solo agentes del error, que es lo que debemos identificar y combatir realmente, más que buscar chivos expiatorios. Los intelectuales son en general progresistas, incluso de izquierdas, porque el progresismo es un error intelectual. Los intelectuales son de izquierdas de manera análoga a como los médicos, y no los profanos, son los que cometen errores médicos. No debería hacer falta decir que señalar esto no es ir contra la inteligencia o contra la medicina. Ni tampoco contra el periodismo.

2 comentarios sobre “El aparato mediático progresista

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