La dictadura del telediario

«El propósito de la educación totalitaria nunca ha sido infundir convicciones, sino destruir la capacidad para formar alguna.»

Hannah Arendt

Quizás el dogma fundamental del pensamiento moderno sea, paradójicamente, que todo dogmatismo es una cárcel de la mente, y que cualquier ortodoxia es la base de la tiranía. Por supuesto, este “todo” y este “cualquier” no tienen nada de inocentes. Contra lo que cargan, de manera más o menos implícita, la mayor parte de quienes gozan de un cierto poder de difundir su opinión (periodistas a la cabeza) es contra el cristianismo. Incluso quienes critican algunas de las derivas más preocupantes del progresismo suelen acudir al argumento de que no es tal progresismo, sino un regreso a “épocas oscuras” e inquisitoriales, bajo otros nombres y envoltorios.

Numerosos autores han cuestionado que la ortodoxia sea el (mejor) fundamento del despotismo, señalando que para el poder político es más útil una doctrina poco definida o cambiante que un sistema dogmático fijado. Este, sin duda, se puede retorcer o interpretar para legitimar a un dictador, pero sólo hasta cierto punto. Como señala Chesterton:

«Es cierto que se puede tergiversar la ortodoxia [se refiere al catolicismo] para que sirva en parte para justificar a un tirano. Pero es más fácil fabricar una filosofía a la alemana para justificarlo por entero.»

El derecho divino de los reyes, considerado como la justificación del absolutismo, durante la Edad Media significó más bien lo contrario, una limitación del poder monárquico, entre otras como la costumbre y el derecho. Ya San Pablo oponía la obediencia a Dios a la de los hombres, y con ello circunscribía claramente la segunda. Desafiando a la concepción vulgar, Bertrand de Jouvenel observó que la democracia otorga mucho más poder al Estado que la religión. En su obra maestra Sobre el Poder, nos ofrece esta reflexión clarividente:

«De la soberanía popular puede surgir un despotismo mucho más radical que de la soberanía divina, puesto  que un tirano, ya sea individual o colectivo (…), no podrá apoyarse en la voluntad divina, que se presenta en forma de ley eterna, para ordenar a su arbitrio. Por el contrario, la voluntad general no es, por naturaleza, fija, sino móvil. En vez de estar predeterminada por una ley, se puede oír su voz en leyes sucesivas y cambiantes. El Poder usurpador tiene en este caso las manos libres…»

En apoyo de esta tesis, que quizás a algunos pueda parecer rebuscadamente reaccionaria, me permito añadir las citas de dos autores poco sospechosos de defender algo así como una restauración del cristianismo. Uno es George Orwell, quien antes de escribir su famosa novela distópica 1984, decía que

«…las ortodoxias del pasado no cambiaban, o al menos no lo hacían rápidamente. En la Europa medieval, la Iglesia dictaba lo que debíamos creer, pero al menos nos permitía conservar las mismas creencias desde el nacimiento hasta la muerte. No nos decía que creyésemos una cosa el lunes y otra distinta el martes. (…) La peculiaridad del Estado totalitario es que, si bien controla el pensamiento, no lo fija. Establece dogmas incuestionables y los modifica de un día para otro. (…) Se afirma infalible y, al mismo tiempo, ataca el propio concepto de verdad objetiva.» (Ensayos.)

Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, nos descubre la misma clave para entender fenómenos como el comunismo y el nazismo. La lealtad total que exigen los partidos totalitarios les lleva a no querer estar constreñidos ni siquiera por su propia ideología, de ahí que hicieran todo lo posible «para desembarazarse de los programas partidistas que especificaban un contenido concreto». Antes que eso preferían que los militantes y ciudadanos estuvieran pendientes de la última orden o consigna, de modo que

«…una perfecta instrucción sobre el marxismo y el leninismo ya no fuera guía alguna del comportamiento político –es decir, que, al contrario, sólo pueda seguirse la línea del Partido si se repite cada mañana lo que Stalin ha anunciado la noche anterior.»

Pensemos, entre otros ejemplos innumerables, en el papelón de los partidos comunistas europeos en relación con el pacto germano-soviético que permitió a Hitler y Stalin desencadenar la Segunda Guerra Mundial: ahora tocaba no criticar a la Alemania nazi; ahora volvía a ser el Enemigo…

Más de un lector reticente estará pensando en el lema franquista “Caudillo de España por la gracia de Dios”. En este caso, sólo le pido que, honradamente, compare el poder que ejerció Franco con el de personajes como Stalin y Mao, y pregúntese si estos últimos hubieran podido llevar a cabo sus experimentos genocidas, con la total impunidad de la que gozaron, al amparo de una divisa como la que rezaban las viejas pesetas.

La amenaza más seria que se cierne sobre el presente no es el retorno al dogmatismo cristiano, no es un regreso al clericalismo nacional-católico ni al puritanismo, como algunos ingenuos creen vislumbrar al analizar chapuceramente fenómenos como el Me Too. Mucho más real es el dogmatismo de usar y tirar, la tiranía relativista que nos dice lo que tenemos que pensar, lo que nos tiene que gustar o interesar, lo que nos debe preocupar en cada momento: la dictadura del telediario.

Posiblemente, el mayor ejercicio consciente de resistencia sea hoy apagar la condenada tele y el condenado smartphone, y sumergirse en la lectura de un buen libro, lo menos “actual” posible. Como más nos transporte a otras épocas, a otras maneras de pensar totalmente distintas e incluso antitéticas de las monsergas, las consignas y eslóganes de nuestro tiempo, mejor. Una hora de leer Grandeza y decadencia de los romanos, de Montesquieu, tiene en mí el efecto, durante un tiempo, de que no pueda escuchar las cretineces de un informativo televisivo sin estallar en una carcajada liberadora. Pruébenlo.

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