Siempre existirán derecha e izquierda

Una de las citas más divulgada de Ortega es ésta, perteneciente a La rebelión de las masas: “Ser de izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral.” Conviene no obstante señalar el contexto en el que fueron escritas esas palabras, publicadas en plena Guerra Civil: una época terrible en la que tanto la izquierda como la derecha atacaban el liberalismo como algo caduco.

Pasados aquellos tiempos turbulentos, la derecha y la izquierda siguen siendo referencias políticas de las que es imposible sustraerse. Incluso los liberales pueden ser clasificados como liberales de izquierdas (progresistas) o de derechas. No hagan caso de quien les diga que él no es ni una cosa ni la otra. Sucede como con las creencias religiosas. O eres creyente o ateo. Los agnósticos se limitan a proclamar algo generalmente admitido, incluso por los creyentes mínimamente informados: que la existencia de Dios no se puede demostrar ni refutar formalmente. Pero lo relevante es que, tanto si prefieres llamarte ateo como agnóstico, no tienes fe en Dios. O crees en Él o no; no hay una tercera opción.

Si tratamos de definir con la mayor economía de palabras la diferencia entre la izquierda y la derecha, desde el punto de vista de la primera, podríamos decir algo así como que la izquierda está a favor del progreso y la derecha en contra. El problema surge cuando tratamos de ponernos de acuerdo acerca de qué es el progreso. Sin duda todos coincidimos en que progresar es sinónimo de mejorar. Pero esa mejora aún puede interpretarse de múltiples maneras. Ya lo señaló Chesterton: “La mayor parte de las discusiones modernas sobre dicha cuestión son meros argumentos circulares… La evolución sólo es buena si produce un bien; el bien sólo es bueno si ayuda a la evolución. El elefante se sostiene sobre la tortuga y la tortuga sobre el elefante.” (Ortodoxia.)

Concedamos por hipótesis que la derecha es contraria al progreso. La pregunta obligada es: ¿cómo puede haber alguien que esté en contra de mejorar las cosas? Para la izquierda existen dos explicaciones posibles: o bien se opone al progreso por ignorancia, o bien porque defiende intereses particulares que chocan con el interés general. De ahí que para alguien de izquierdas, un obrero de derechas tiene que ser tonto, o dicho finamente, estar alienado. Y una mujer consciente será feminista, y un gay comprometido apoyará las reivindicaciones del lobby LGTB. Lo que más le rompe los esquemas al izquierdista o progresista es que los obreros voten a Vox. O que Dolce y Gabbana no estén a favor de que los niños sean adoptados por parejas homosexuales.

La derecha, lógicamente, lo ve de otra manera. Ella sostiene que existe un modo alternativo de entender el progreso y por tanto de favorecerlo. Es decir, ser de derechas o de izquierdas no obedecería a causas sociales o materiales, sino de índole intelectual, y por tanto individual, en vez de colectiva. Aceptando este punto de vista, no debería sorprendernos que tantos aristócratas apoyaran la Revolución francesa, ni que el mejor amigo y colaborador de Marx fuera un rico industrial llamado Engels, o que Lenin naciera en el seno de una familia terrateniente. Ni que por el contrario haya tantos trabajadores, mujeres, inmigrantes o gais que voten a Vox. Simplemente, piensan con independencia de lo que algunos han decidido que tienen obligación o necesidad de pensar.

Curiosamente, suele ser la izquierda quien presume de independencia y superioridad intelectual. Un dato parece asistirle: probablemente la mayoría de quienes viven de su intelecto (docentes, literatos, artistas, periodistas, etc.) tienden a ser de izquierdas. Pero ello no es una prueba de que se hallen en posesión de la verdad, sino de que, efectivamente, la diferencia entre izquierda y derecha no es de orden socioeconómico, sino espiritual, cognoscitivo. Incluso para cometer determinados errores se necesitan unos conocimientos por encima de la media. Un analfabeto podrá decir “haiga” o “semos”, pero nunca llegará a afirmar que “la existencia precede a la esencia”, o que “el género es una construcción cultural”, porque ni siquiera es capaz de concebir semejantes tesis erróneas. Sin los intelectuales no existirían algunos de los errores más funestos de la Historia, como el comunismo o el nacionalsocialismo, si bien tampoco podríamos criticarlos ni entender cabalmente determinadas verdades.

Entre las concepciones del progreso que defienden la derecha y la izquierda hay tres diferencias principales, que enumero a continuación.

1) Para la izquierda es un progreso que cada vez haya menos pobreza, de ahí que defienda tenazmente la redistribución y el incremento de la lista de los llamados “derechos sociales”. La derecha coincide en el fin, pero discrepa en los medios: cree que lo más eficaz es la creación de riqueza, sin la cual la redistribución acaba convertida en un mero reparto de la miseria. Y no piensa ni remotamente que la pobreza pueda combatirse meramente con decretos o reformas constitucionales. Por decirlo con las palabras de Edmund Burke: “¿De qué sirve hablar del derecho abstracto que un hombre tiene a la comida o a los medicamentos? Lo que importa es el método para procurárselos y administrárselos. En esta deliberación yo siempre aconsejaré solicitar la ayuda del granjero y del médico, antes que la del profesor de metafísica.” (Hoy diríamos el politólogo o el sociólogo, sin que en la práctica suponga una mejora sustancial.)

2) La izquierda sostiene que es posible y deseable que la igualdad de condiciones aumente hasta que desaparezcan por completo cualesquiera diferencias de riqueza, o entre los sexos, o debidas a otras circunstancias. La derecha defiende la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades, pero (o más bien debido a ello) no cree que las disparidades que se produzcan a partir de ahí se puedan seguir considerando injustas. Por ejemplo, en aquellas sociedades donde los dos sexos gozan exactamente de la misma libertad a la hora de elegir sus estudios, está comprobado estadísticamente que las mujeres tienden a elegir principalmente profesiones en la enseñanza o la salud, mientras que los hombres se inclinan más a las ciencias exactas o a las ingenierías. Para la izquierda, esto es un síntoma de que persiste una intolerable discriminación machista, mientras que la derecha digna de tal nombre lo ve como un mero resultado de la libertad individual, en el que no es lícito intervenir sugiriendo a las mujeres lo que les debería gustar, ni culpando a los hombres.

3) La izquierda, al igual que con la igualdad, cree que la libertad puede aumentar de manera indefinida, aunque en este caso, si tenemos en cuenta los progresos tecnológicos, no haya un término final imaginable. La derecha en cambio sostiene que existen unas libertades fundamentales e inalienables, como el derecho a la vida y a la propiedad, o la libertad religiosa y de expresión, y que tampoco aquí tiene sentido seguir engrosando una lista de derechos como si se tratara de la carta a los Reyes Magos. La derecha, cuando se respeta a sí misma, no admite la idea de “nuevos derechos”. Los derechos humanos no han cambiado desde hace diez mil años, fueran reconocidos o no en el pasado. No se los inventaron los autores de la Declaración de los Derechos Humanos en 1948. En lugar de defender libertades cada vez más extravagantes, como el matrimonio homosexual, o tan viles como el aborto, el derechista coherente es partidario de proteger los derechos clásicos, que precisamente se ven amenazados por quienes, en su empeño de perseguir unas libertades y una igualdad quiméricas, más allá de todo lo razonable e incluso deseable, pretenden imponer a los demás los costes de sus delirios, y hasta cerrar las bocas de los discrepantes.

Este es el problema esencial del llamado progresismo. En su empeño por intentar mejorar a la humanidad desde su particular punto de vista, se deje o no se deje la humanidad, a menudo lo que consigue es lo contrario; incluso estropea lo que funcionaba aceptablemente bien. De ahí que la derecha se vea obligada tantas veces a actuar como reparadora de los desastres causados por la izquierda. La cual aprovecha este papel restaurador de su adversaria para reforzar la leyenda de las fuerzas enemigas del progreso, que pretenden hacernos retroceder hacia edades supuestamente oscuras.

Termino citando de nuevo a Burke, cuando hablaba de los revolucionarios franceses, lo que vale mutatis mutandis para nuestros progresistas de hoy: “…proceden argumentando como si todos los que están en desacuerdo con sus nuevos abusos han de ser necesariamente partidarios de los viejos; y argumentan así para que quienes reprueban sus rudos y violentos esquemas de libertad sean mirados como si estuvieran abogando por la esclavitud.” Y no sólo eso: “piensan que están haciendo la guerra a la intolerancia, el orgullo y la crueldad, mientras que, bajo la apariencia de estar aborreciendo los malos principios de los partidos anticuados, están de hecho autorizando y dando pábulo a esos mismos vicios en manifestaciones diferentes, y tal vez incluso peores.”[1]

Si al lector le parecen absolutamente vigentes estas palabras de Burke, admítalo: es de derechas.


[1]Reflexiones sobre la Revolución en Francia, Alianza Editorial, Madrid, 2013. Negritas mías. Páginas 105, 191 y 215.

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2 comentarios sobre “Siempre existirán derecha e izquierda

  1. Uno de los factores que distinguen a la gente de derecha de la de izquierda es el nivel de renta.
    Se puede observar empíricamente, que en todas las elecciones, los barrios ricos siempre votan a la derecha en mayor proporción que los barrios pobres. Así, si en unas elecciones concretas, la derecha gana en barrios pobres, es porque en los barrios ricos ha ganado con mucha mayor diferencia. Es decir, entre los ricos la proporción de gente de derechas es mayor que entre los pobres.

    Además, curiosamente, aunque la derecha a veces gana en barrios pobres, rara vez la izquierda gana en barrios ricos. Así, es más fácil encontrar a un “obrero de derechas”, que a un “empresario de izquierdas”, y aún más difícil encontrar a un “empresario marxista” (aunque siempre hay excepciones). Irónicamente, se podría decir, que estadísticamente, los ricos tienen más “conciencia de clase” que los pobres.

    Por supuesto que hay otros factores que explican la perenne distinción entre derecha e izquierda. La actitud ante la religión, el feminismo, el aborto, la homosexualidad, el cambio climático, e incluso el divorcio y la pena de muerte son temas que aún dividen a la gente entre derecha e izquierda.

    En términos generales, la gente de derecha es conservadora, es decir, está bien adaptada a la sociedad en la que vive, y por tanto no quiere que las cosas cambien demasiado (o, si quieren que cambien, es para volver a antiguas leyes y costumbres, o sea, para deshacer un cambio anterior).
    Mientras que la gente de izquierda es, en última instancia “revolucionaria”, es decir, no le gusta la sociedad en la que vive y quiere cambiarla, y, cuando lo consigue; a veces es para mejor, y otras para peor…

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