Igualitarismo y nacionalismo

Es habitual tratar de definir el separatismo catalán como un movimiento retrógrado, incluso como un racismo más o menos encubierto. En parte, esto obedece a la extendida y acrítica identificación entre el “progreso” y el bien, de manera que si algo nos parece mal, tendemos a clasificarlo como opuesto al progreso, escudriñando en él rasgos reaccionarios que nos permitan racionalizar nuestra aversión. Ya son un subgénero literario en sí mismo los artículos que, periódicamente, tratan de demostrar que nacionalismo e izquierda son radicalmente incompatibles, como si no ser de izquierdas fuera lo peor que se pudiera decir de uno, y por mucho que determinadas formaciones (ERC, la CUP, Bildu, BNG, etc.) se empeñen en contradecir esa incompatibilidad con su sola existencia.

Aunque es cierto que en nacionalismos como el catalán y el vasco existen claras tendencias “reaccionarias” (en el habitual sentido trivializador del término; olviden aquí el lúcido cuestionamiento de la modernidad de pensadores como Donoso Cortés o Gómez Dávila), ese análisis se queda muy en la superficie. Sostener que los nacionalismos ibéricos no son más que una reedición del carlismo sería como pretender que el comunismo no es más un retorno a herejías pobristas medievales. Aunque existen continuidades y analogías innegables, aplicar mecánicamente plantillas del pasado nos lleva a caer en el burdo anacronismo.

En mi opinión, el separatismo catalán de los últimos años encaja perfectamente con una tendencia muy honda de los tiempos modernos: es la pasión igualitarista, que no sólo tiene poco que ver con la igualdad ante la ley, sino que tiende, en aparente paradoja, a trastocarla. Para tratar de entender este aserto (que, como verán, no pretende precisamente embellecer al nacionalismo), conviene aclarar a qué nos referimos con el término “igualitarismo”.

Pensemos en el feminismo y en el movimiento LGTB. Aunque todas las constituciones democráticas del mundo occidental reconocen la igualdad ante la ley sin distinción de nacimiento, sexo, raza, creencias, etc., el feminismo insiste en tratar de derribar cualquier otro tipo de diferencia fáctica o empírica. Así, por poner un ejemplo entre cientos, se reivindica que el fútbol femenino tenga la misma consideración y popularidad que el masculino, que las futbolistas profesionales gocen de los mismos ingresos que los futbolistas…

En realidad, nada permite suponer que las diferencias que existen entre el fútbol femenino y el masculino se deban a ningún tipo de discriminación, a leyes que prohíban o dificulten que las mujeres puedan jugar al fútbol, si es su deseo. Todo indica que son de origen natural: el fútbol es un deporte brusco inventado por hombres, y es normal que las mujeres no destaquen tanto en él, y sobre todo que se interesen minoritariamente por él. Pero el feminismo contemporáneo no quiere escuchar nada de esto. Toda diferencia le parece a priori injusta, y debe remediarse invirtiendo en ello recursos públicos, promoviendo campañas de “visibilización”, etc.

Otro ejemplo paradigmático de este igualitarismo hiperventilado es el matrimonio entre personas del mismo sexo. Aunque el matrimonio es una institución que surgió para proteger la maternidad y la procreación, implicando al padre biológico en las responsabilidades de crianza, el movimiento homosexualista (que no representa ni mucho menos a todos los homosexuales) ha hecho bandera de lo que llama, significativamente, “matrimonio igualitario”, y pretende que no reconocerlo es una violación de sus derechos.

No importa que el fútbol se concibiera como forma de diversión típicamente masculina, ni que el matrimonio sea una institución protectora de la familia natural: la obsesión igualitarista no atiende a razones de tipo histórico, cultural ni siquiera biológico. La cuestión es que hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales sean iguales no solamente ante la ley (lo que ya tienen reconocido) sino en todo aquello en lo que son intrínsecamente desiguales, no por razón de ninguna injusticia, sino por la mera naturaleza de las cosas. No deja de ser algo tan absurdo como si una asociación de calvos luchara para conseguir que los comercios suministren peines para calvos, que les proporcionen sensaciones similares a aquéllas de las que gozan los cabelludos. ¿O es que acaso no tienen los calvos el mismo derecho a peinarse que los demás?

Pues bien, los nacionalismos catalán, vasco y similares obedecen a la misma lógica igualitarista. El señor o señora que luce un lacito amarillo en Cataluña aspira a que su comunidad autónoma sea un Estado en igualdad de condiciones con los demás Estados reconocidos por la ONU. Quiere que Cataluña no sólo tenga su propio gobierno y parlamento, sino además sus embajadas, sus fuerzas armadas, su puesto en las organizaciones internacionales… Quiere que “su país” sea un país “normal”, como los demás. Igual que los demás.

Como el gay que asegura que poder casarse con un hombre es cuestión de “dignidad”, el separatista catalán también reclama dignidad: cree sinceramente que su reivindicación es de un derecho humano elemental, que “això va de democràcia”. Psicológicamente (ya que no lógicamente) esto puede ser perfectamente compatible con abrigar sentimientos supremacistas, con pensar que los meridionales son inferiores cultural o incluso genéticamente, que el catalán es más trabajador, culto y moderno que los habitantes al sur del Ebro, y toda la panoplia de desatinos que uno puede escuchar o leer tanto en la calle o las redes sociales como en círculos nacionalistas supuestamente más sofisticados. Pero nada de todo esto, si se analiza detenidamente, explica por qué un nacionalista no se conforma con un Estado tan políticamente descentralizado como el español, que le permite incluso discriminar a la lengua española común en la enseñanza y los demás servicios públicos.

La obsesión igualitarista de nuestro tiempo es lo que está detrás de aberraciones como la pretensión de que transexuales con pene puedan entrar en aseos públicos de mujeres, pero también de que una maestra maltrate a una niña en clase por pintar la bandera de España. En este segundo caso, esa funcionaria pública (el título de maestra le viene muy grande) no cree estar haciendo otra cosa que contribuir a que Cataluña sea una república como las otras repúblicas que hay en el mundo. Los miembros y simpatizantes de asociaciones LGTB, las feministas y los nacionalistas catalanes quieren ser “normales”, tal como entienden ellos la normalidad, que es en buena medida una cuestión de apariencias, de signos externos, de reconocimiento.

¿No son reivindicaciones perfectamente legítimas? Hay que decirlo claramente: no. A Tocqueville le admiraba que “por una singular extravagancia de nuestra naturaleza, la pasión por la igualdad, que debería disminuir a la vez que la igualdad de condiciones, aumenta, por el contrario, a medida que las condiciones se igualan”. Pero semejante aceleración emocional del igualitarismo, una vez se ha conseguido la igualdad formal, anda muy lejos de ser una ampliación de ésta. Por el contrario, la pone claramente en peligro, y sobre todo pone en peligro la libertad.

Todo lo que va más allá de la igualdad ante la ley, contiene en sí mismo el germen del despotismo, porque implica obligar a otros, cambiar a los demás, quiéranlo o no. Y también porque erosiona instituciones como la familia y otras que puedan actuar como contrapeso al estatismo. Al contrario de lo que parece, el igualitarismo no es una ampliación de las igualdades formales, sino una perversión o degeneración de ellas, que las acaba lesionando, al imponer las orwellianas “discriminaciones positivas”, o sea, lo que vienen siendo las discriminaciones de toda la vida. Es este igualitarismo desquiciado el que promulga normas que favorecen más al sexo femenino, pero también el que para “normalizar” el catalán discrimina a los castellanohablantes y destruye la igualdad de todos los españoles, por ejemplo ante la Sanidad pública. Ir “más allá de” la igualdad formal significa, siempre, ir contra la propia igualdad formal.

Quien esto escribe es catalán, habla y lee en catalán, siente gran estima por las tradiciones y paisajes de su región, pero no necesita lo más mínimo que ésta sea una república con asiento en la ONU, ni tener un documento de identidad catalán, ni que un Ejército catalán desfile por la Diagonal de Barcelona el 11 de setiembre. No sólo no lo necesito para nada, sino que estoy orgulloso de la historia de España, de una lengua española con cientos de millones de hablantes, y de nuestras Fuerzas Armadas.

¿Es casual que yo no esté obsesionado lo más mínimo por la igualdad? Creo que ha quedado claro que defiendo firmemente la igualdad de los españoles ante la ley, en todo el territorio nacional. Lo que no concibo son engañosas extensiones de esa igualdad. No envidio a quien tiene más dinero que yo, ni vive en una casa más grande y confortable, ni tiene mejor coche. Me parece natural y hasta conveniente que existan diferencias de renta, porque, aunque no siempre se deban al mérito, sería imposible evitarlas sin dejar de reconocerlo. Un médico debe ganar más que un barrendero, porque se requieren muchos más esfuerzos y capacidades más escasas para llegar a ser lo primero. Y también es justo y natural que un empresario que crea cientos o miles de empleos gane considerablemente más que cualquiera de sus empleados.

Tampoco veo injusto que las mujeres tengan hijos y los hombres no. Es algo que forma parte del orden natural, y pretender ignorar sus consecuencias, por ejemplo en el terreno laboral, me parece una actitud inmadura, de negación del principio de realidad. Nunca se conseguirá que los hombres y las mujeres sean exactamente intercambiables, y además no veo por qué deberíamos desear tal cosa. No todo está bien por el mero hecho de que lo deseemos; a menudo tenemos deseos equivocados, salvo que neguemos la existencia de una realidad objetiva. Un mundo rediseñado a nuestro antojo no sería necesariamente un paraíso, y de hecho hay sobradas razones para pensar que se convertiría en un infierno.

Muy sumariamente, en esto consisten las razones por las que no soy de izquierdas, ni por tanto separatista. Esencialmente son las mismas.

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Un comentario sobre “Igualitarismo y nacionalismo

  1. “Estoy orgulloso de nuestras Fuerzas Armadas”.El problema de nuestras Fuerzas Armadas,como dice Pío Moa,es que están supeditadas por un poder político miserable,ya que acepta que defiendan intereses ajenos,en idioma ajeno y bajo mando ajeno.Obviamente,con esto no critico a los militares,sino al poder político que permite esta situación de lacayo.

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