El suicidio de Occidente

La muerte de Vincent Lambert, un tetrapléjico al que se dejó morir por deshidratación y desnutrición en un hospital para que –según los defensores de la eutanasia– tuviera una “muerte digna”, más allá del horror que es en sí misma, alcanza cierta categoría de símbolo. Símbolo de una civilización que parece empeñada en suicidarse, con el fin aparentemente loable de evitar sufrimientos. En Canadá, un estudio (no hay aberración que no cuente con al menos uno) ha recomendado la eutanasia de menores de edad sin informar previamente a los padres.

Esa civilización a la que nos referimos es, por supuesto, la que llamamos Occidente, aunque tiempo ha que dejó de circunscribirse a su sentido geográfico original. Occidente, por resumir al máximo su esencia, se funda en una concepción de la persona como criatura dotada de derechos inalienables. De aquí procede lo mejor de la cultura europeo-americana-oceánica, pero también lo peor.

Los edificios políticos y jurídicos de Occidente: la protección del individuo frente a los poderes públicos y frente a la masa; el reconocimiento de la igualdad ante la ley, independientemente del nacimiento, la religión, la raza, el sexo y, más recientemente, incluso la orientación sexual; la libertad de pensamiento, sin la cual no habría habido la revolución científica que ha cambiado la faz de la tierra… Son los excelsos frutos de la antropología clásica y cristiana.

Pero prácticamente al mismo tiempo que cosechábamos las primicias, empezaron a producirse degeneraciones de los principios inspiradores. La igualdad ante la ley mutó bien pronto en igualitarismo, es decir, en la peregrina idea de que cualquier desigualdad (económica, sexual, geográfica, etc.) es injusta per se, y debe resolverse por cualquier medio.

Esto llevó a imaginar un eterno enfrentamiento de unas clases económicas o de unas razas contra otras, lo que sirvió en el siglo pasado como excusa para establecer los peores despotismos que ha conocido la Historia, el comunismo y el nazismo. En nuestros días, sin estar totalmente derrotado el monstruo del totalitarismo, el artificioso conflicto entre sexos, y entre las minorías sexuales y los “heteronormativos”, tiende de manera algo más sutil, pero inequívoca, a cuestionar  derechos individuales, como por ejemplo el de educar a los hijos según las propias convicciones o la mera libertad de expresión.

Análogamente, la libertad individual ha degenerado en una enfermiza lucha contra cualquier frustración, confundiendo los derechos con los deseos, con cualquier deseo, hasta el extremo de pretender abolir el principio de realidad. Si una madre embarazada no quiere a su hijo, en lugar de intentar actuar sobre las causas de ese estado subjetivo, se le facilita e incluso recomienda el aborto. Si alguien quiere morir (o sus familiares más próximos se cansan de cuidarle), en lugar de luchar por la vida, de ofrecer ayuda y esperanza, se pretende elevar la muerte a derecho absoluto. Si alguien, incluso un menor de edad, decide que quiere cambiar de sexo, sus deseos son leyes inapelables, y se considera legítimo engañar a la genética mediante tratamientos hormonales e incluso la cirugía.

Por último, la libertad de pensamiento, reducida a uno de sus momentos, que es el necesario criticismo, ha degenerado en autonegación y autoodio, en una aceptación acrítica de cualquier cultura, excepto por supuesto la occidental, que sería la culpable de todos los males. Así es como se produce la más paradójica de las alianzas objetivas: entre quienes dicen luchar contra el patriarcado y los que querrían ver el mundo entero sometido al islam. Es imposible comprender toda la hueca palabrería seudomoralista sobre los movimientos migratorios sin tener en cuenta la amenaza de dicha alianza contra natura.

Es obligado preguntarse por las causas de esa degeneración, de esa mutación de principios nobles en parodias abyectas. En mi opinión, las desviaciones proceden del olvido del sujeto de nuestra definición, o mejor dicho, de su esencia: la criatura humana. No he utilizado el sustantivo por costumbre retórica, sino con toda deliberación. Criatura procede de crear, es decir, se refiere a un ser creado por Dios, de donde dimanan todas sus cualidades, sus derechos inalienables.

Ahora bien, cuando se pierde de vista el origen, esos derechos dejan de tener sentido y legitimidad; se convierten en caprichos, en antojos, en veleidades. Ya no hay derecho a la vida, ya no hay derecho de propiedad, ya no hay libertad de expresión o de educación que estén protegidos ante los advenedizos “nuevos derechos” a la “salud reproductiva y sexual”, a la vivienda o a “amar a quien se quiera”. Los derechos, muerto el Padre, luchan entre sí disputándose la herencia.

El progresismo nos ofrece un relato aparentemente más edificante. Confiesa, es cierto, haber matado a Dios, pero no ve en ello nada reprochable. Pretende basarse en “la ciencia”, convertida en un sustituto del cristianismo. La ciencia nos reveló primero que la Tierra no era el centro del universo, y después que el hombre no era más que una especie animal entre otras, surgidas por un proceso evolutivo en gran parte accidental, de selección de los más aptos.

En realidad, ni la astrofísica ni la biología contradicen ni un ápice la doctrina hebrea de la creación, incluso la refuerzan, como es el caso de la teoría del Big Bang, o el descrédito del mecanicismo aparejado a la teoría cuántica. Pero nuestros antecesores intelectuales se empeñaron en verlo de manera distinta.

Imaginemos un ingeniero automovilístico que, preguntado por su hijo pequeño acerca de su profesión, le responde que él se dedica “a hacer coches”. Cualquier niño de tres o cuatro años vería con sumo orgullo y satisfacción (que diría aquel) la profesión paterna. Pensemos ahora en ese niño, unos años más tarde, ya con doce o trece cumplidos, de visita escolar en una fábrica de automóviles. El hijo del ingeniero podría decirse algo así como: “Ajá, ahora comprendo mucho mejor el proceso de creación de un coche, desde que lo concibe mi padre hasta que llega al concesionario.”

Pero la reacción del preadolescente o adolescente también podría ser esta otra: “Mi padre me engañó, los coches no los hace él, sino que salen de las manos de cientos de trabajadores, muchos de los cuales no saben mucho más que apretar tornillos o realizar soldaduras.” Como el lector habrá adivinado, nuestro excursionista escolar es una metáfora del hombre moderno, particularmente del intelectual, y más en concreto, del fanático darwinista.

El hijo del ingeniero, en la segunda versión, ¿es un niño cortito? No hay razones para pensar tal cosa. Más bien, todo indica que empieza a entrar en una edad contestataria y rebelde. En lugar de tratar de comprender a su padre, tiende a pensar que es su progenitor quien no le comprende, quien no se entera de nada, incluso que es un carca y un hipócrita. (¿Quién no ha pasado por esa fase, en términos más o menos agudos?)

Siguiendo con la metáfora, podríamos decir que Occidente ha tenido una adolescencia muy mala. En un determinado momento empezó a abrigar ideas de rebeldía, de resentimiento contra sus mayores, contra su herencia cultural, y parece haberse enquistado en esa fase. No es que esas ideas fueran totalmente injustificadas, no es que el mundo de los adultos, o la historia europea, estén libres de crítica, ni mucho menos. Pero una crítica que sea incapaz de separar lo valioso de lo equivocado o prescindible, que rechaza el pasado casi en bloque, no merece el nombre de crítica, sino de inmadurez.

Lo que caracteriza a la inmadurez es la resistencia a enfrentarse a los problemas propios de la edad adulta. Se opta por lo fácil: en la situación más extrema, para evitar el sufrimiento, se prefiere una muerte dulce, indolora. O al menos una muerte sin escándalo, pues es difícil meterse en la piel de un paciente en estado vegetativo, que agoniza durante nueve días pasando sed y hambre. Pero el inmaduro prefiere no pensar en ello, sino que ya está organizando sus próximas y merecidísimas vacaciones, liberado por fin de la carga de las visitas hospitalarias. El inmaduro a fin de cuentas es un tremendo egoísta corto de miras. Para él sólo hay derechos, no obligaciones. Solo ve merecimientos, no motivos de agradecimiento.

A veces tendemos a pensar en Occidente como una cultura decadente, senil. Yo quisiera creer en otra imagen más prometedora: que le falta madurar. Si bien es cierto que la alternativa puede equivaler al mismo desenlace de la senilidad, que no es otro que la muerte.

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