El argot progresista

En su aspecto más inmediato, el progresismo se nos aparece como un determinado lenguaje, o más exactamente como un vocabulario, un argot transmisor de conceptos que se introducen en la mente del lector o del oyente sin necesidad de argumentación, o apoyándose en letanías que actúan como sucedáneos  o malas imitaciones del razonamiento.

Un ejemplo muy actual es el término ultraderecha, aplicado a partidos como Vox y otros. En el caso de esta formación, basta un análisis somero de su programa para advertir que no presenta ninguno de los rasgos que en la literatura mínimamente seria permiten hablar de ultraderecha o fascismo. En Vox no hay autoritarismo, ni populismo antilegalista, ni se defiende ningún tipo de discriminación por raza o sexo, sino exactamente lo contrario.

Pese a ello, los medios emplean rutinariamente el adjetivo ultraderechista o el sustantivo metonímico ultraderecha para referirse a Vox. La intención obvia es que se fije en la imaginación colectiva la asociación de ese partido con el fascismo como un hecho indiscutible, una verdad que toda persona instruida admite. Lo cual a su vez permite excluir sus propuestas del debate racional sin asomo de mala conciencia, adoptando una pose de indignación o inquietud moral y hasta presumiendo de demócrata y tolerante.

Ultraderecha es una de esas palabras-mordaza, como lo son las formadas con el sufijo –fobia (xenofobia, homofobia, etc.) y muchas otras. (Machista, racista, etc.) Las palabras-mordaza no se utilizan, la mayor parte de las veces, de modo propiamente descriptivo, sino denigrante o disuasorio, con el indisimulado fin de convertir al adversario político en enemigo público. Así, quien cuestione la ideología de género, o simplemente utilice esta expresión (en vez de “perspectiva de género”) será llamado automáticamente machista u homófobo, sin atender a sus argumentos o datos, o rechazándolos con meras consignas mecánicas.

Pero el argot progresista se compone principalmente de palabras de carácter positivo, cuya función es introducir determinadas concepciones de manera que resulte muy difícil criticarlas o siquiera matizarlas sin que uno aparezca como un monstruo o un cavernícola. Me refiero a expresiones como inclusión, paridad, diversidad, visibilizar, normalizar, solidaridad, sostenible, moderno, avanzar, abierto, digno, social, comprometido, etc., etc. Este vocabulario es el que proporciona al progresismo su mayor fuerza, por lo que vale la pena comentar brevemente unos pocos de estos términos, seleccionados entre los más habituales y representativos.

El subgrupo más influyente de vocablos progresistas lo integran aquellos que orbitan alrededor del concepto de género. Este puede definirse como la idea según la cual las diferencias empíricas entre sexos, y entre la heterosexualidad y las formas de sexualidad minoritarias, son de carácter fundamentalmente cultural. Es decir, se trata de imposiciones de un sistema “heteropatriarcal” que oprime a las mujeres y a las  minorías sexuales. Palabras con las que se elabora la ideología de género son paridad, inclusivo, diverso, empoderar, visibilizar, normalizar

Dicha ideología parte de la premisa de que si los hombres y las mujeres disfrutaran realmente de los mismos derechos y no existiera ni un ápice de discriminación arbitraria, no habría entre ambos sexos más diferencias que las estrictamente fisiológicas. Sentado este postulado, cualquier otra diferencia observable (por ejemplo, la falta de paridad en puestos directivos, en profesiones tecnológicas, en actividades artísticas, etc.) “demuestra” que no existe una misma igualdad de derechos, y que subsisten formas de discriminación más o menos ocultas o insuficientemente reconocidas. “Queda mucho por hacer”, es una de las letanías típicas que casi todo el mundo repite en este contexto.

No es difícil darse cuenta de que semejante discurso descansa en una petición de principio o razonamiento circular. Puedo sostener que cualquier diferencia, más allá de la mera anatomía, es producto de una desigualdad injusta. Pero no puedo pretender que la existencia de esas diferencias son en sí mismas la prueba de mi hipótesis, ni mucho menos que quien no esté de acuerdo conmigo es un malvado o un estúpido.

Sin embargo, el progresismo actúa exactamente así, y lo consigue en gran medida con la elección de un lenguaje que le otorga ventaja emocional. Por ejemplo, a destrozar la lengua castellana con expresiones como “todos y todas” o “portavoza”, se lo llama “lenguaje inclusivo”, lo que implícitamente convierte en “excluyente” a la gramática correcta.

Otros ejemplos muy claros de esa ventaja emocional son palabras como “solidaridad”, “social” o “público”, que pretenden justificar políticas socialistas (es decir, de control estatal) sugiriendo implícitamente que oponerse a ellas es ser insolidario, asocial o un mero defensor de intereses privados y egoístas.

Para no alargarme en exceso, me limitaré a comentar un par de palabras más. La primera es “moderno”, asociada o conectada con términos como progreso o avanzar. Cumple de manera insuperable su función de disuadir la discrepancia, mostrando como ridículo o indeseable a quien se atreva a cuestionarla. ¿Quién puede estar en contra de la modernidad, sino un cerril reaccionario, una especie de oscurantista nostálgico del feudalismo? Moderno se contrapone a medieval, con lo cual se da por sentado que la Edad Media fue de principio a fin una época oscura, y la modernidad una etapa luminosa.

Naturalmente, la Edad Media se asocia con el feudalismo y con la Inquisición, es decir, con la desigualdad y con la ausencia de libertad de pensamiento. De estos dos elementos, sólo el primero marca una distinción real entre modernidad y medievo. La trampa está en la asociación de la igualdad con la libertad. La relación entre ambas es mucho más problemática de lo que nos sugiere la mitología progresista. Porque si existe una época en la que se han producido las mayores violaciones masivas de libertades individuales, a pesar de los avances de la igualdad (aunque no estoy nada seguro de este “a pesar de”), ha sido la Edad Moderna, no la Edad Media. Los tiempos modernos son los de Maquiavelo, el absolutismo, el despotismo ilustrado, Bonaparte, Lenin, Hitler, Stalin, Mao… Comparar las tiranías y totalitarismos modernos con el poder de los reyes medievales y de la Iglesia revela una curiosa distorsión valorativa, como si las miles de víctimas de la Inquisición a lo largo de siglos fueran algo más antonomásico que las decenas de millones de víctimas del comunismo y del nazismo en sólo unas décadas.

La otra expresión que deseo comentar, para terminar, es “cambio climático”. De nuevo, su cristalina intención es colocar en posición incómoda al discrepante. ¿Cómo se puede ser tan ignorante para negar la evidencia del cambio climático? El problema es que cuando se dice cambio climático, se está aludiendo no sólo al hecho del aumento de entre 0,7 y 0,9 grados en la temperatura media de la superficie del planeta registrada desde 1901. Lo que se introduce de contrabando, como si se tratara del mismo hecho simple, es que sabemos exactamente cuál es la causa de ese calentamiento, lo cual nos permite predecir con dogmática precisión las temperaturas futuras y las consecuencias que tendrán para la actividad humana. Pero la ciencia experimental no funciona así. Ningún pronóstico realizado a partir de ninguna hipótesis goza de certeza absoluta…, hasta que no se cumple la fecha de la predicción. Y digan lo que digan algunos de entre los propios científicos. Suponer que éstos son siempre fieles al método científico es tan ingenuo como creer que todos los empresarios son escrupulosos amantes de la libertad de mercado, o que todos los sacerdotes son santos varones.

Se puede dudar de la teoría antropogénica del cambio climático sin por ello negar el hecho del calentamiento global observado. Una cosa es el hecho y otra sus causas. Pero hay que reconocer que el progresismo, interesado en el alarmismo climático para justificar sus políticas de intervencionismo estatal, ha sido enormemente hábil al fundir en la misma expresión el hecho y su explicación hipotética, y al conseguir que incluso sus más vehementes críticos adopten a menudo su lenguaje trucado. Lo mismo sucede con expresiones como “violencia de género”, “muerte digna”, “salud reproductiva”, “conquista social” y muchas otras que ya no tenemos tiempo para comentar hoy.

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