El empirismo del carbonero

Una figura prototípica de las redes sociales (hace veinte o treinta años hubiéramos dicho de la barra de bar) es el empirista radical, aunque él probablemente se autocalifique de cualquier otro modo. Es ese personaje que en un momento dado de la conversación proclama que “yo sólo creo en los hechos”. Y con ello se está refiriendo, como suele ser obvio por el contexto, a su rechazo frontal a toda creencia religiosa, a todo lo que implique creer en realidades no palpables, no sensoriales. A menudo, en un tono levemente faltón, añade que no tiene ningún “amigo imaginario”, sugiriendo con ello que los creyentes somos personas aquejadas de algún tipo de desequilibrio mental, acaso potencialmente peligroso.

El pequeño problema de quien dice creer sólo en los hechos es que rara vez es cierto, aún si fuese posible. Normalmente este escéptico pagado de su gran superioridad intelectual cree en un sinfín de conceptos, como la libertad, la igualdad, la justicia, etc., cuya base empírica o fáctica no es ni mucho menos evidente. Pero incluso aunque fuera un consumado nihilista, dispuesto a deshacerse hasta de la última “superstición humanista”, apuesto a que creerá en cosas tan básicas como que el sol va a salir mañana.

Ustedes me dirán: ¿pero, no es un hecho que efectivamente mañana saldrá el sol, aproximadamente a las seis y media, en estas coordenadas y esta época del año en la que escribo? Pues siento desengañarles, pero eso no es ningún hecho, porque está situado en el futuro. Y todo hecho (participio del verbo hacer, como comido o bebido lo son de sus respectivos verbos) se sitúa por definición en el pasado, aunque sea ese pasado inmediato que solemos llamar presente. Si percibimos los hechos exclusivamente mediante nuestros sentidos (concedamos provisionalmente esta hipótesis), esto descarta automáticamente la existencia de hechos futuros, salvo que admitamos la facultad de la presciencia o profecía. Puedo efectivamente creer que el domingo saldrá el sol, pero desde luego no puedo verlo, constatarlo empíricamente hasta el momento en que suceda. Y entonces ya no será “mañana” sino hoy.

Se dirá: creemos que el sol saldrá mañana porque lo ha hecho cada día desde que tenemos uso de razón, y la experiencia humana de milenios así lo corrobora. Pero esta es una razón psicológica, no una justificación formal de nuestra creencia, como bien señaló el filósofo David Hume, hace más de dos siglos. Que algo se repita millones de veces no es ninguna razón lógica para suponer que volverá a hacerlo una más. Por supuesto, tenemos también teorías científicas que nos aseguran que el sol seguirá brillando todavía unos miles de millones de años más, y que la Tierra seguirá girando a su alrededor al menos por ese tiempo, salvo una catástrofe cósmica muy improbable a corto plazo, de la que cabe esperar que se nos daría algún anticipo mucho antes de veinticuatro horas. Pero esas teorías se basan a la postre en la experiencia humana, todo lo cuantificada y matematizada que se quiera, pero experiencia al fin y al cabo, y por tanto falible. No hay nada esencialmente ilógico en la posibilidad de que los hechos puedan contradecir ninguna teoría.

A donde quiero llegar es que no podemos conocer absolutamente nada basándonos sólo en los hechos desnudos. El conocimiento, por esencia, va más allá del hecho, del dato sensorial. De otro modo es pura vivencia, algo de carácter prerreflexivo. Toda teoría sobre la realidad se basa, además de la experiencia, en un determinado postulado que en sí mismo no puede demostrarse formalmente. Toda razón descansa en algún principio (es decir, primer axioma, postulado, dogma o como queramos llamarlo) que no es deducible racionalmente, salvo que caigamos en una regresión hacia el infinito.

Y ahora, permítanme decirles cuáles son en mi opinión los dos postulados fundamentales en los cuales se basa todo conocimiento. El primero de ellos es que el universo es inteligible, es decir, que se comporta conforme a leyes que no se van a transgredir caprichosamente. Insisto, este principio no se basa en la experiencia, sino que es la condición misma para que podamos extraer leyes de nuestra experiencia. Sólo si tenemos una fe ciega en que el mundo no es absurdo, o no está regido por un espíritu burlón, podemos confiar en una cierta continuidad, en la permanencia de unas leyes inmutables, hasta donde podemos conocerlas, que nos autoricen a efectuar determinadas predicciones y las consiguientes aplicaciones técnicas.

El segundo postulado es que el mundo es contingente, es decir, que podría haber sido de otro modo, y en último extremo, no haber existido siquiera. No todo el mundo admite la necesidad de este postulado, sin embargo en mi opinión es la clave, junto con el anterior, del método científico, por contraposición a multitud de sistemas filosóficos antiguos y modernos. La ciencia, por hipótesis, no considera que existan unas leyes de la naturaleza necesarias, que pudieran deducirse mediante el ejercicio puro del pensamiento, sino que sólo nos es dado conocerlas mediante la observación, lo más rigurosa y objetiva posible. Si quieres saber cómo es la naturaleza, sal afuera a contemplarla y medirla. Quedándote en tu gabinete, sumido en tus reflexiones, no aprenderás nada.

Ahora bien, tanto el postulado de la inteligibilidad o racionalidad del mundo como el postulado de la contingencia proceden, al menos históricamente, de la doctrina hebrea de la Creación. Esta, resumidamente, plantea la existencia de un Ser análogo a la mente humana que habría creado el universo (de ahí que podamos comprenderlo, en alguna medida), y que lo hizo por un mero acto de su voluntad, sin que hubiera ninguna necesidad de ello, ni de que tuviera que ser precisamente este universo y no otro concebible. De ahí que sólo mediante la observación podamos descubrir qué tipo de mundo escogió el Creador, dado que el acceso directo a su mente infinita es inalcanzable para el hombre.

Esa doctrina plantea una serie de fascinantes cuestiones, entre ellas la cuestión de por qué existe el mal. La primitiva religión hebrea dio una respuesta a esta pregunta, formulada en el relato bíblico de la Caída: la desobediencia de Adán y Eva en el paraíso original. Mucho después, el cristianismo asumió y desarrolló este mito (en el sentido más profundo del término: forma de conocimiento prelógico) hasta un nivel insuperable, con la doctrina de la redención por Jesucristo resucitado.

El hombre moderno tiende a ridiculizar el concepto del pecado original contraponiéndolo a la teoría de la evolución e incluso a la moralidad. ¿Cómo podríamos haber heredado una culpa de nuestros antepasados? ¿No es esto algo manifiestamente absurdo e injusto? Además, Adán y Eva jamás existieron, porque el hombre procede de otras especies por un proceso gradual de millones de años, sin intencionalidad alguna.

El pecado original no se entiende cabalmente si nos quedamos en la superficie de una especie de culpa heredada incomprensiblemente, en lugar de lo que este aparente absurdo implica: la unidad fundamental, sincrónica y diacrónica, del género humano, así como el don de la libertad. Libertad que es a la vez don divino y puerta de entrada del mal. Y sin el pecado original, la vida de Jesucristo queda desprovista de cualquier significado trascendente.

Ahora bien, para juzgar el cristianismo, debemos antes decidir sobre el valor de la doctrina de la Creación. El mito de la Caída y el relato evangélico de la Redención constituyen la respuesta más satisfactoria y esperanzadora concebible al problema del mal, siempre y cuando sea cierto el dogma inicial del credo católico, al cual vienen a completar y coronar: “Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra…”

Evidentemente, si Dios no existe, el problema del mal ya no se plantea en esos términos y toda la fe cristiana se desmorona. Pero si negamos la existencia de Dios, ¿por qué deberíamos seguir dando crédito a los postulados de la inteligibilidad y la contingencia del universo? Lo que caracteriza habitualmente al ateo es que quiere prescindir de Dios, pero no de la razón. Y esto es imposible, aunque toda la cultura moderna nos bombardee a diario justo con la idea contraria, que razón y fe son enemigas irreconciliables. Cuando un ateo quiere ser realmente coherente, hasta las últimas consecuencias, desemboca en el salvaje existencialismo de La náusea, cuyo protagonista, alter ego del Sartre de entreguerras, desdeña drásticamente la ciencia y el humanismo enteros. Pero eso son excepciones, aunque reveladoras. Los ateos corrientes, del montón, pontifican sobre las leyes naturales como si fueran sagradamente inviolables, porque sí. No se plantean por qué el universo es inteligible, y a ese cercenamiento de la curiosidad natural lo llaman pomposamente positivismo. Y sobre todo dan lecciones de ética a cada paso, como si tuviera alguna importancia nuestra efímera existencia en un universo cuya duración se mide en miles de millones de años; como si fuéramos eternos. Vaya usted a saber de dónde habrán sacado esa idea supersticiosa.

Uno de los tópicos del escepticismo religioso es la llamada “fe del carbonero”. La del analfabeto o semianalfabeto que no se cuestiona los dogmas que le inculcó la Iglesia en la infancia porque carece de cualquier elemento cultural de comparación. Sin embargo, el escéptico típico no es tan distinto de esta caricatura. Ha comprado una concepción de la ciencia que es básicamente seudorreligiosa, asumiendo determinados dogmas secularizados como si fueran autoevidentes, o peor aún, sin ser consciente de ellos, ni mucho menos del auténtico origen de algunos de ellos. Como católico no puedo tener nada en contra del concepto de dogma en sí mismo; sería una contradicción. Lo que francamente me exaspera es el dogmatismo que no se reconoce, ese pretencioso empirismo de carbonero que fustiga todo dogmatismo pero es ciego ante el que tiene más a mano: el suyo propio.

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6 comentarios sobre “El empirismo del carbonero

  1. Personalmente creo que el día que muera no iré a ninguna parte, y que mi vida no la rige ningún destino divino, ni siento conexión con nada similar. Eso no me impide tener unos valores, apreciar la vida, y disfrutarla aún más si cabe, porque tengo muy presente que ha sido el puro azahar quien me ha colocado aquí. Mi vida se desarrolla en una cultura cristiana, y tampoco tengo ningún problema con ello, ni voy por el mundo cuestionando las creencias espirituales de nadie; y sí efectivamente, hay mucho ateo, o escéptico que se comporta como cualquier fanático de cualquier religión.

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  2. Dice que el universo es inteligible pero no se fía de que el sol salga mañana, cosa que asegura una cosa llamada movimiento inercial, no el capricho de entidad alguna; y cosa que es una proyección de acuerdo con los datos científicos, no una creencia como su Dios hebreo sacado de la chistera.

    El universo (cosa muy mejorable) es comprensible para muy pocos seres en una franja limitadísima de la existencia: para una hormiga o un necio, criaturas divinas de pleno derecho según usted, no lo sería en absoluto. ¿Qué hacemos con ellos?

    El problema del mal es un constructo humano que no invalida que hubiere un creador (dios, Pantera Rosa o psicópatas de toda ralea) racional al que le importamos un pito. Pero claro, es mejor pensar que papaíto se preocupa de nosotros pero no del necio o la hormiga.

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    1. Queda claro que usted cree al menos en dos cosas: (1) en el movimiento inercial como una ley necesaria y (2) que por creer (1) es superior a quien cree en Dios. También queda claro que cae en el antropomorfismo del que hablo en mi escrito, lo que demuestra que no lo ha entendido. Siento no disponer de tiempo para volvérselo a explicar. Quizás en otra ocasión.

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  3. Su error es pensar que yo creo en leyes necesarias: no, es cuestión de evidencia, no de creencia. El Sol saldrá mañana porque una ley testada por el hombre (y no por revelación divina) así lo demuestra. Y si por antropomorfismo se refiere a admitir un creador (igual me da que lo fuera el propio Universo por autorrealización) me cuelgo la etiqueta si quiere, y así somos dos con su más improbable dios hebreo, acadio o hitita, que a saberse. Pero recuerde: que esto lo haya montado X no quiere decir que a X le importemos usted o yo.

    O por lo menos yo, humilde necio u hormiga. 🙂

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    1. Usted es un ejemplo vivo del error que describo. Cree que sus creencias son evidencias, porque eso le proporciona una satisfacción particular. Yo en cambio no pretendo hacer pasar mis creencias por evidencias, sé que no hay demostración formal de la existencia de Dios. Sólo digo que no la hay tampoco de ninguna otra cosa, fuera de la matemática pura, es decir, que la razón se basa en postulados indemostrables, aunque no arbitrarios.

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  4. Si partimos del principio de que no podemos demostrar la racionalidad de la realidad (dado que mañana las leyes de la naturaleza pueden ser distintas de cómo son hoy, y no hay manera de demostrar racionalmente lo contrario), podríamos concluir que todos nuestros conocimientos están basados en postulados indemostrables y por tanto arbitrarios.

    Si extendemos esta tesis a la ética, se podría afirmar que nuestros valores morales son también indemostrables racionalmente, y por tanto (contrariamente a lo que pensaban Sócrates y Platón) puramente subjetivos, sin que nadie pueda demostrar objetivamente la bondad o maldad de ningún valor moral o creencia ética.

    De ello se podría deducir que toda creencia (religiosa, filosófica, moral o política) es arbitraria por indemostrable, de modo que cada cual puede elegir sus creencias y convicciones en función de sus intereses y simpatías, sin que nadie pueda demostrar objetivamente ni la verdad ni la falsedad de las mismas.

    Parafraseando a Spinoza, todo esto se podría resumir diciendo, que no creemos en algo porque lo juzguemos verdadero, sino que juzgamos que algo es verdadero porque creemos en ello (lo que sería una buena definición del escepticismo o relativismo moral).

    Sin embargo, en realidad, hay muy poca gente relativista o escéptica, porque casi siempre presentamos nuestras convicciones de forma razonada, con el fin de intentar persuadir a los demás de su validez objetiva, negando que dependan de nuestros intereses o simpatías, sino de la capacidad de raciocinio que todos compartimos.

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